El trabajo de las naciones

TÍTULO ORIGINALThe Work of Nations

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Javier Vergara Editor. Madrid (1993). 318 págs. 1.810 ptas.

Robert Reich, de la Escuela de Administración Pública de la Universidad de Harvard, había adquirido fama de economista político original aun antes de que Bill Clinton le designara ministro de Trabajo. En este libro, publicado en 1991, nos advierte que eso que solíamos llamar economía nacional ya no existe. En un mundo en que el dinero, la tecnología, la información y los bienes atraviesan las fronteras cada vez con más facilidad, las empresas norteamericanas han entrado en una competencia global con el resto del mundo. Más aún, poco les importa si su capital o sus trabajadores son norteamericanos. Hay que dejar de considerar sus éxitos o sus fracasos como los de América. Por eso el papel de la política económica de un país debe centrarse no en ayudar a las empresas, sino en potenciar la capacidad y el nivel de vida de sus ciudadanos.

La pérdida de importancia del marco nacional afecta de modo distinto a las tres categorías de trabajadores que distingue Reich. Los trabajadores dedicados a servicios rutinarios de producción, que deben competir con los de países extranjeros de bajos salarios, salen perdiendo con el cambio. Los que prestan servicios en forma personal -ya sea en la hostelería, el comercio, la limpieza, etc.-, no sufren la competencia del exterior; pero sus oportunidades laborales están amenazadas por la automatización, y sus sueldos, por la abundancia de candidatos. En cambio, el porvenir es risueño para los “analistas simbólicos”, que identifican problemas y proponen soluciones valiéndose de símbolos, ya sean algoritmos matemáticos, argumentos legales, estrategias financieras, técnicas para persuadir o entretener… Este sector, que Reich cifra en el 20% de la población activa, tiene empleos bien remunerados y participa en actividades de alto valor añadido. El número de estos trabajadores va en aumento, si bien Reich les reprocha su tendencia a desinteresarse de los demás y a aislarse en sus barrios propios, sus escuelas o sus hospitales.

¿Qué puede hacer una nación avanzada para adaptar la fuerza laboral a la nueva situación mundial? Ni el proteccionismo ni la vieja política de apoyo a industrias específicas son solución, a juicio de Reich. La preocupación del Estado debe ser invertir en la educación de sus ciudadanos, de modo que éstos alcancen la capacidad que les permita competir. Una solución que nadie discute hoy en día y que las empresas son las primeras en reclamar. El problema arduo -y que no parece depender sólo del dinero- es por qué Estados Unidos no consigue dar hoy una sólida educación básica a buena parte de su juventud.

Sin entrar en este complejo asunto, Reich acierta a exponer los cambios que están ocurriendo en la economía mundial, de un modo que no desalentará al profano.

Juan Domínguez

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