El pontificado romano en la historia

José Orlandis

GÉNERO

Palabra. Madrid (1996). 335 págs. 3.400 ptas.

En el diálogo ecuménico, la potestad del Papa constituye motivo de tropiezo para los no católicos. De ahí que en la encíclica Ut unum sint, Juan Pablo II se comprometa a buscar nuevas formas de ejercer el primado que contribuyan a remover el obstáculo. Como con respecto a las demás cuestiones que separan a las Iglesias, el Papa insta a mirar al primer milenio, cuando tampoco el pontificado romano era fuente de divergencias. Por todo eso resulta muy tempestivo el estudio de José Orlandis, reconocido especialista en historia de la Iglesia.

El autor explica las modalidades que tuvo el ejercicio del primado papal en las distintas épocas y en los diversos territorios cristianos. Tener en cuenta la circunstancia histórica es muy importante. La imagen de la función primacial estuvo distorsionada durante largo tiempo, por subrayarse más el aspecto de la suprema potestad que el del servicio. En un primer momento, debido a la fase del vacío de poder tras la caída del Imperio romano de Occidente. Después, cuando la cristiandad medieval se planteó durante siglos si la supremacía era de la cabeza temporal o de la espiritual. El sistema de teocracia papal hizo crisis en el siglo XIV; las intervenciones del siglo XV en la concesión de tierras ultramarinas eran ya anacrónicas.

El libro tiene la virtud de aunar la sabia erudición con la claridad. Y el especialista no queda defraudado ante el esfuerzo de síntesis, tan bien logrado. Quizá por esta razón no hay citas bibliográficas, aunque el autor dialoga con especialistas de las diversas épocas. Al final se ofrece una cronología de los papas, una breve bibliografía comentada y un índice onomástico y temático.

La doctrina del primado queda claramente expuesta en cada una de las fases históricas, así como su recepción por parte de la Iglesia. Puede afirmarse que los obispos de Roma siempre tuvieron conciencia y fueron considerados como los legítimos sucesores del apóstol Pedro en su singular ministerio. Por supuesto, hay que tener en cuenta que, al igual que la misma Iglesia, el ministerio petrino -tanto la institución misma como su ejercicio- se ha desarrollado en el tiempo, de acuerdo con la ley del crecimiento. Esto significa que, por una parte, se ha ido dando una progresiva comprensión de esa misión en la Iglesia y, por otra, el ejercicio de la potestad primacial no ha podido sustraerse a las influencias de cada época.

Orlandis muestra que, manteniendo la integridad de la potestad papal, se ha realzado de un modo creciente la función de servicio propia del Primado, que aparece así cada vez más como el instrumento primordial para el logro de la unidad ecuménica. Como ha recordado Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint: «Durante un milenio los cristianos estuvieron unidos por la comunión fraterna de fe y vida sobrenatural, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común, la que moderaba cuando surgían disensiones entre ellas en materia de fe o de disciplina». El autor concluye que el ejercicio del Primado papal, adecuándolo a las nuevas circunstancias, podría servir para recomponer la unidad de los cristianos en el tercer milenio.

Miguel Lluch Baixauli

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