El hombre sin rostro

TÍTULO ORIGINALMan Without a Face

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Javier Vergara Editor. Buenos Aires/Madrid (1997). 368 págs. 2.600 ptas. Traducción: Aníbal Leal.

La autobiografía es un género problemático, porque nadie es buen juez de sí mismo. Por ello, las más fiables son las de carácter testimonial, en las cuales el autor desaparece para dejar a otros ser protagonistas de los acontecimientos que ha presenciado.

No es éste el caso del ensayo autobiográfico escrito por Markus Wolf, jefe del servicio de espionaje de Alemania Oriental (Stasi) durante treinta y tres años. La sospecha de que el libro no tiene una intención meramente informativa se confirma incluso por su propia estructura, que confluye en el juicio al que fue sometido en la Alemania reunificada y que concluyó en 1993 con su condena, anulada dos años más tarde. Lo que Wolf escribe parece una síntesis entre el alegato de su defensa judicial y el intento de prestigiar su propia imagen. Quien fue probablemente el jefe de espionaje más astuto de la Guerra Fría estudió a conciencia la mentalidad del enemigo capitalista. Por eso, cuando habla de sí mismo sabe tocar unos registros que, si no lo transforman en persona “políticamente correcta”, al menos pueden despertar cierta simpatía en el lector.

Su apología se centra en la necesidad de combatir los residuos del nazismo y en echar las culpas al ministro, y argumentar que él, sin embargo, no conocía exactamente las dimensiones de la represión: “Como jefe del servicio de inteligencia exterior, acepto la responsabilidad [política], no la culpa [jurídica], por estos abusos”. La culpa ética y el remordimiento de conciencia consiguiente no son nunca mentados.

En el mejor de los casos, Wolf confiesa que, por mucho que le airasen algunas medidas represivas -sobre todo las dirigidas contra otros comunistas amigos-, él adoptó la actitud cobarde de cerrar los ojos y pensar que su protesta no iba a variar las cosas.

El libro está lleno de silencios y de huecos que advertirá quien repase la historia de la postguerra y otorgue la suficiente importancia a lo que el mismo Wolf describe como sus objetivos: conseguir información y sembrar la desinformación. El autor de este relato confiesa su fe sin fisuras en el comunismo, su convicción de que es imposible un control democrático de los entes de espionaje y su determinación de obedecer cualquier orden del Partido. El lector podrá percibir muchas veces que se halla frente a un hombre maquiavélico, que -aunque dice no haber manchado sus manos con sangre- confiesa haber manipulado la existencia de miles de personas, a menudo con consecuencias trágicas. Con esos antecedentes, ¿qué credibilidad histórica merecen estas páginas, que parecen tan sólo un elenco de anécdotas?

Markus Wolf apunta en el epílogo que la información sobre las intenciones del enemigo evitó una guerra nuclear; que el espionaje es necesario para lograr que se cumplan los tratados internacionales y para luchar contra el terrorismo o el narcotráfico. Pero nunca dilucida si esos fines justifican los medios indeseables que él utilizó y propagó.

José Miguel Odero

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