El ganador se queda con todo

Galaxia Gutemberg.

Madrid (2013).

320 págs.

23 €.

Traducción: Casandra Viñuela.

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 3/14

De entre los diferentes temas presentes en los foros internacionales hay dos que, por su trascendencia e impacto, van adquiriendo en la actualidad un mayor protagonismo. Uno de ellos es la escasez de recursos naturales y de materias primas, y el otro el crecimiento y el indudable protagonismo de China en el escenario mundial. Precisamente, Dambisa Moyo, economista y una de las personas más influyentes e incisivas sobre tendencias globales, conecta, en este libro, ambas cuestiones.

A través de un minucioso análisis, el libro expone cómo China ha emprendido una carrera para hacerse con el control, a nivel mundial, de todos los recursos naturales posibles para cubrir las necesidades derivadas de su fuerte crecimiento. Según Moyo, esta estrategia política y económica de China tendrá efectos de gran magnitud a nivel global en los planos económico-financiero, social y, por supuesto, geopolítico.

En este contexto, la autora se pregunta qué está en juego. Y responde que, como mínimo, la competencia por los recursos generará un incremento considerable de los precios de los productos básicos de consumo. Desde alimentos, hasta cualquier producto o servicio relacionado con la energía o el empleo de minerales.

Ante este panorama, China ha tomado, conscientemente, la delantera al resto de países. Tanto es así que ya es líder mundial en la obtención de materias primas duras (metales y minerales), blandas (madera, cereales y otros productos alimenticios) y en el desarrollo de infraestructuras (carreteras, puertos y ferrocarriles) que permiten la extracción y transporte.

En la actualidad China es, respecto a los países desarrollados más influyentes y a los países en desarrollo con mayor riqueza en recursos naturales, si no el principal socio comercial, uno de los más importantes. Su capacidad de inversión genera, en la mayoría de países, esfuerzos manifiestos por atraerla. Su potencia financiera ha convertido a China prácticamente en un monopsonio, es decir en el único comprador, y, como tal, ejerce su poder imponiendo condiciones a sus proveedores.

No obstante, Moyo, experta en estos temas, considera que el impacto de China en los países en desarrollo, en principio los más vulnerables, está siendo positivo. Su objetivo no es colonizar, en el sentido de influir sobre la política de los Estados, sino que está contribuyendo con su inyección de fondos, por supuesto a cambio de recursos, al desarrollo de infraestructuras y servicios y a la generación de empleo.

Moyo no juzga a China, sino que se plantea, en la parte final del libro, cómo se puede relajar la tensión existente sobre los recursos naturales, provocada por un desequilibrio entre la oferta y la demanda. Considera que será difícil hacerlo, ya que la respuesta y el esfuerzo deben ser globales, conjuntos y coordinados.

Esta visión más bien pesimista no es una novedad, ya que desde mediados del siglo XX se viene hablando de la escasez de recursos naturales para hacer frente a las necesidades de una población creciente. Entonces se decía que China sería incapaz de alimentar a su población. Pero desde entonces hemos aprendido que el hombre ha sido capaz de crear recursos con las innovaciones tecnológicas y los descubrimientos de nuevas reservas, y de liberar iniciativas emprendedoras antes anuladas por corsés políticos. Este olvido es la parte más débil del trabajo de Dambisa Moyo.

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