Dictamen sobre Dios

José Antonio Marina

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Anagrama. Barcelona (2001). 273 págs. 13,82 €.

José Antonio Marina se ha convertido en un ensayista destacado dentro del panorama español, al ser un autor con un pensamiento propio, un estilo desenvuelto y amplia erudición. Este Dictamen sobre Dios tiene deseos de síntesis brillante y puede situarse dentro del género de la crítica religiosa. Es decir, trata de pensar cómo se justifican racionalmente las religiones. La primera parte (“Negación de la teología”) contiene la usual descripción de las fuentes y evolución histórica de las religiones; a esta añade una segunda parte de lo que llama “Teología afirmativa”, donde pide “religiones de segunda generación”, más preocupadas por las propuestas éticas que por la teología.

Las tesis fundamentales del ensayo pueden resumirse así, siguiendo el hilo que marca el autor (p. 227): 1) Las religiones contienen sólo verdades privadas, mientras que la ética y la ciencia pertenecen al círculo de las verdades públicas, compartidas, y poseen un valor superior a las primeras. La religión es el único cauce del conocimiento de Dios, al que no se puede acceder racionalmente. 2) Es posible un saber de Dios (un “Dios” inmanente al mundo, sin una distinción clara) a partir de la percepción de la existencia, pero es innecesario para garantizar el orden social. 3). Históricamente, las religiones evolucionan hacia la ética, que nace de ellas y acaba por llegar a ser más valiosa que el instrumento cultural -la religión- que la dio a luz. 4). Esa ética (o moral transcultural, universal) suple el papel que tuvieron las religiones y protege a la persona y su dignidad.

Marina percibe que una apertura a un sentido de la totalidad sin reduccionismos conecta casi connaturalmente con un sentimiento religioso del absoluto, que él aprecia en las religiones orientales. Pero no se ve cómo ese Dios puede distinguirse del mundo. Cuando lo que se afirma es que el espíritu se resuelve en la materia, por mucho que se ensalcen las posibilidades de ésta (Marina habla de un “materialismo transfigurado”, no grosero), no parece que quede sitio para una posible realidad que trascienda lo material.

Su intención de fondo es resituar la religión dentro de las fronteras de la ética, la misma de Hans Küng en su Projekt Weltethos. Este es claramente el objetivo del ensayo y el centro de sus conclusiones. Pero no acaba de justificar el fundamento de esa verdad ética universal frente a la verdad religiosa. Se puede aceptar fácilmente que hay una evolución positiva a lo largo de la historia en relación con la comprensión ética, como también la hay en la comprensión de la religión. Pues lo que avanza es el pensamiento en general, no sólo la ética en detrimento de la religión. Pero las visiones éticas varían casi tanto como las religiosas. Y ¿cuál sería esa ética a la que debe someterse la religión?

Es de agradecer que Marina piense sobre la religión con el deseo de ser ecuánime y respetuoso. Ahora bien, leído el ensayo con ojos cristianos, cabría objetar a Marina que sólo trate tangencialmente la figura de Cristo y que nunca acuda a lo que la Iglesia católica dice sobre sí misma (Vaticano II, Catecismo de la Iglesia Católica, etc.). Tampoco conoce la encíclica Fides et ratio, documento de suficiente nivel que merecería haberse confrontado con numerosas tesis de este libro. Esta selección de fuentes, así como sus afirmaciones sumarias sobre autores importantes, como Zubiri, Ortega o Von Balthasar, o sobre el propio Tomás de Aquino, al que presenta como partidario del ontologismo, hacen poco consistentes las conclusiones del presente estudio.

Como ha dicho Olegario González de Cardedal, “siendo como es generosa la intención del autor, entristece su simplificación de problemas que han tenido sin aliento a la filosofía, a la religión, a la humanidad entera” (ABC Cultural, 9-II-2002).

Juan Domínguez