Diagnóstico sobre la familia

Juan Manuel Burgos

GÉNERO

Palabra. Madrid (2004). 205 págs. 12 €.

Para Juan Manuel Burgos, autor de algunos libros sobre filosofía personalista, el movimiento pro familia adolece de «debilidad cultural». Es más o menos fuerte como fenómeno asociativo y realiza una importante labor asistencial; pero no ha llevado a cabo un esfuerzo intelectual suficiente para hacer la apología de la familia. El autor quiere contribuir a poner remedio con este diagnóstico que es también aliento para la acción.

A fin de suministrar armas para la empresa, afronta las ideologías antifamiliares: marxismo, feminismo radical, el movimiento de la revolución sexual. Todas, cada una a su modo, presentan la familia como una institución opresora, nacida de una cultura impuesta por los poderes dominantes. Burgos muestra que no hay prueba de que la familia haya sido «inventada»: ha existido siempre y en todas partes como comunidad de padres e hijos, fundada en el compromiso mutuo, estable y socialmente reconocido, de hombre y mujer.

Lo que se ha inventado son distintos «modelos de familia», según las formas de realizar esos rasgos esenciales. Pero esto no significa que la familia sea infinitamente plástica, hasta el punto de poder excluir, por ejemplo, la diferencia sexual entre los esposos. Uno de los modelos, que atraviesa una crisis, es la llamada a veces en Occidente «familia tradicional», en que solo el marido tiene trabajo profesional y la mujer se limita a las tareas domésticas. Pero tal crisis no es de la «familia». En primer lugar, esa modalidad no es tan tradicional. Apareció en el siglo XIX creada por la burguesía, cuando la familia dejó de ser una unidad de producción económica y se operó una fuerte privatización del hogar. Se consideraba un ideal, al que el proletariado urbano no pudo acceder en sus primeros tiempos y que se difundió más tarde, con la expansión de las clases medias. El autor ilustra el surgimiento del fenómeno con la historia de la familia Cadbury en Inglaterra, fundadora de un negocio que aún subsiste.

Este modelo está en decadencia por la prolongación de los estudios, la transformación de las condiciones de vida y la masiva incorporación de las mujeres al trabajo asalariado. Pero no es esa la crisis de la familia occidental, que viene en parte de esos mismos fenómenos, en parte de la influencia de las ideologías antifamiliares y también, anota Burgos, de la descristianización. La crisis se manifiesta en el descenso de bodas y la extensión de las uniones de hecho, la baja fecundidad, la multiplicación de divorcios. Con estadísticas bien seleccionadas, el autor muestra la dimensión del problema y la gravosa factura que pasa a la sociedad.

Se impone, entonces, un esfuerzo cultural para reavivar la estima por el compromiso conyugal, la valoración de los hijos, el recto sentido humano de la sexualidad, la trascendencia social del matrimonio. Las familias tienen que resistirse a ser reducidas a un asunto privado entre adultos; han de embarcarse en un empeño político para que se reconozca su personalidad social ante el Estado. Burgos proporciona pistas para el esfuerzo de pensamiento que requiere la batalla, presentando estudios y líneas de reflexión actuales a favor de la familia. Su diagnóstico, parco en lamentos y rico en análisis, indica así posibles terapias.

Rafael Serrano

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