Civilizados, bárbaros y salvajes en el nuevo orden internacional

Antonio Remiro Brotons

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McGraw-Hill. Madrid (1996). 222 págs. 2.360 ptas.

A lo largo del siglo XIX se utilizaron ampliamente una serie de manuales de Derecho Internacional en los que bajo las denominaciones de civilizados, bárbaros y salvajes se caracterizaba respectivamente a las naciones occidentales europeas, a las semi-occidentales (como América Latina) y, por último, a los países de Asia y África. Partiendo de esta distinción, se pretendía justificar el colonialismo europeo, por su superioridad respecto a la barbarie o salvajismo de esos otros territorios.

En esta obra, Antonio Remiro Brotons, catedrático de Derecho Internacional en la Universidad Autónoma de Madrid, trata de explicar cómo la práctica y la lógica de las relaciones internacionales de este fin de milenio siguen la misma retórica que el siglo pasado. A diferencia de la teoría del choque de civilizaciones propuesta inicialmente por el profesor de Harvard Samuel Huntington, el autor no cree que las relaciones internacionales deban plantearse en términos de civilizaciones, tras los que se ocultan concepciones de superioridad y dominación. Remiro Brotons acusa -magistralmente, por cierto- al paradigma huntingtoniano de estar recuperando, con otras palabras, el lenguaje decimonónico de civilizados y salvajes, para servir de justificación teórica a los intereses de los Estados desarrollados del Primer Mundo en sus futuras intervenciones en el resto del planeta. Para fundamentar esta crítica, el autor va desgranando con amplio conocimiento aspectos y conceptos en los que se manifiesta la práctica de las relaciones internacionales (desarme, derechos humanos, nuevo orden mundial, globalización, FMI, reforma de las Naciones Unidas, etc.). Remiro Brotons los presenta de una forma nueva, que la mayoría de las veces tiene poco que ver con lo que nos cuentan los grandes medios de comunicación. Destaca en este libro, por lo poco habitual en este tipo de materias, el lenguaje ameno y no exento de gracia, que hace que se lea con mucho interés y facilidad.

Se puede echar en falta, como en la mayoría de obras que cuestionan seriamente la situación del mundo de la postguerra fría, la aportación de algún atisbo de solución. En ocasiones queda la impresión de que hay un abuso de crudo realismo en el análisis de la situación actual y un déficit de confianza en el ser humano.

Enrique Abad

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