Churchill

Roy Jenkins

GÉNERO

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Península. Barcelona (2002). 1.134 págs. 29 €. Traducción: Carme Camps.

Esta voluminosa biografía está llamada a ser, al menos en la presente década, una de las referencias indispensables para conocer la vida y la época del más destacado estadista británico del siglo XX. Y es que, pese a algunos intentos revisionistas y desmitificadores de los últimos años, Churchill sigue siendo un modelo para estrategas de la política o de la empresa, tanto dentro de los países anglosajones como fuera de ellos. A esto contribuye en gran medida la profusión de citas, tomadas de sus discursos y artículos, y cuya grandilocuencia y colorido enlaza con los dramas shakesperianos.

Los admiradores del político inglés no quedarán defraudados con la obra de Jenkins, pues no es una de esas biografías distantes, escritas con la frialdad y el criticismo de quien basa su trabajo casi exclusivamente en los archivos. No puede serlo desde el momento en que Jenkins comparte algunas actividades con Churchill: escritor, político, ministro y parlamentario. Tampoco es un obstáculo que Jenkins proceda de las filas del laborismo. Ha escrito en los últimos años documentadas y elogiosas biografías de primeros ministros británicos de distintas tendencias -Atlee, Asquith, Baldwin y Gladstone-. Su balance final es que Winston Churchill es el hombre más extraordinario que jamás haya ocupado el número 10 de Downing Street.

¿Es ésta entonces una biografía encomiástica de Churchill? No, porque Jenkins nunca pierde de vista que está escribiendo la vida de un político y que los políticos son también seres humanos con defectos, independientemente de la decisiva contribución de Churchill a la victoria aliada en 1945. De ahí que en estas páginas no esté ausente el ególatra y el hombre -político o escritor- que busca de continuo el aplauso de quienes le rodean. Está alguien con un acusado sentido de la perseverancia, capaz de mitigar los reveses de la política con una intensa entrega a la escritura y a la pintura.

Esta constancia, en la que acaso se asemeje a De Gaulle, parte de la profunda convicción de haber sido llamado a empresas de gran envergadura en el ámbito político. Ni sus fracasos en política interior -sus derrotas electorales y la pérdida del poder- y en política exterior -desembarco aliado en los Dardanelos, política de contención frente a la revolución bolchevique en Rusia, expedición para desalojar a los alemanes de Noruega-, ni su edad avanzada ni sus achaques físicos privaron a Churchill de su voluntarismo de acusadas raíces historicistas.

Era un apasionado de los estudios históricos y trataba de leer en el libro de la Historia las claves del arte de gobernar o hasta de escudriñar el futuro. En Churchill todo tiene un acusado sentido de la historicidad, paralelo a su no menos profundo sentido del Estado. Su biógrafo, Jenkins, no es un experto en filosofía política pero seguramente acierta cuando afirma que Churchill terminó por rechazar el liberalismo optimista de Gladstone y sustituyó, en consecuencia, a John Locke por Thomas Hobbes. De esta manera se transformó en un campeón de la Realpolitik.

Antonio R. Rubio