China 2001: la cuarta revolución. Del aislamiento a superpotencia mundial

Ramón Tamames

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Alianza. Madrid (2001). 146 págs. 5,20 €.

En noviembre del año pasado China logró su ansiado propósito de ingresar en la Organización Mundial del Comercio. Este hecho, sin duda histórico, no se había producido aún cuando el economista Ramón Tamames terminó este libro, pero está continuamente presente la información precisa y detallada que ofrece. De hecho, el autor presenta el año 2001, fecha de un ingreso que se presentía inminente, como el del inicio de la cuarta gran mutación de China en menos de un siglo, tras la república de Sun Yat Sen, el comunismo maoísta y las reformas de Deng Xiaoping. El ingreso en la OMC supone, según el autor, la definitiva entrada de China en la globalización y, por tanto, la progresiva liberalización de muchos aspectos del sistema económico y social chino. China abre su economía de modo gradual y un tanto cauteloso, pero al final todo habrá de someterse a las reglas de la organización mundial: la banca, la bolsa, los derechos de propiedad, los fletes, la libre circulación de capitales…. Un ejemplo tan sólo de los cambios en ciernes: presumiblemente los bancos extranjeros podrán operar libremente a partir de 2005. Las abundantes referencias estadísticas no impiden, sin embargo, a Tamames hacer consideraciones más profundas, pues se identifica con el optimismo racionalista de Sobre la paz perpetua de Kant. El filósofo prusiano creía que cuando los países europeos establecieran estrechos vínculos comerciales, imposibles de romper sin ocasionar graves cataclismos, se acabarían las guerras entre ellos. Es el mismo discurso planteado por Adam Smith en La riqueza de las naciones: el comercio libre, estimulador de la productividad y la competitividad, traerá la paz mundial.

Con todo, Tamames tiene que reconocer que no existen indicios de apertura política en China y que el XVII congreso del PCCh (otoño de 2002) traerá la anunciada sustitución de líderes: seguramente Hu Jintao sustituirá a Jiang Zeming, pero es posible que éste, al igual que Deng en su momento, continúe dirigiendo la política entre bastidores. Pese a todo, el autor muestra su esperanza de que la democracia acabará llegando a China y aduce un ejemplo que conoce muy bien: la España de Franco a partir del Plan de Estabilización también promovió la apertura económica, paso indispensable para la posterior apertura política. Prevé, en consecuencia, que serán los propios comunistas chinos los que un día no lejano impulsarán desde arriba las reformas, so pena de verse desplazados por una naciente burguesía y una sociedad civil que despierta poco a poco.

Antonio R. Rubio

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