Cartas de la prisión y de los campos

Pável Florenski

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Eunsa. Pamplona (2005). 310 págs. 18 €. Traducción: Víctor Gallego.

Pável Florenski (1882-1937) es el llamado Pascal o Leonardo ruso. Científico y matemático, filósofo y pope ortodoxo, inventor e ingeniero, poeta y teórico del arte, lingüista y por supuesto políglota, añadió a su vida un dramático itinerario existencial en campos de concentración de la era soviética. Alexander Solzhenitsin afirmó que Florenski era la figura más grande de las engullidas por el “gulag” de las temibles islas Solovki. “El cielo está siempre gris, nublado, cubierto -escribía-; la naturaleza es bastante triste. […] En mi habitación mi toalla no se seca nunca y las prendas que lavé hace unos días aún no se han secado. En general aquí todo es triste, melancólico, monótono”. No estaba exento tampoco allí de la acometida de los delincuentes comunes, confinados en el mismo campo de concentración. Fue fusilado por los bolcheviques el 8 de diciembre de 1937 en Leningrado y enterrado en una fosa común.

En este volumen -magníficamente traducido e introducido por Víctor Gallego, y editado por la Cátedra Félix Huarte-, se recogen las cartas escritas a lo largo de los cuatro últimos años de su vida desde distintas prisiones en Extremo Oriente y en el “gulag” de las islas Solovki, y celosa y peligrosamente guardadas después por su familia. En ellas habla de casi todo y tan pronto da consejo y consuelo a los suyos, como pide ropa, envía dinero o -dependiendo de su interlocutor- hace anotaciones de geología o botánica, ingeniería, teoría del arte, filosofía o describe sobre su trabajo en la rudimentaria fábrica-laboratorio de extracción de yodo y agar-agar a partir de las algas marítimas que rodean la isla.

Allí aparecen también el frío y el hambre; la nieve, el barro y las nubes; la música de Mozart, los libros de Pushkin o el pensamiento de Goethe; la nada y la maldad humana, pero también la humanidad de otros presos que conviven y trabajan con él. La religión es la gran ausente de estas líneas, sobre todo si se tiene en cuenta que Florenski era un profundo cristiano, que había pasado por un proceso de conversión al acabar sus estudios de ingeniería en la universidad. Esto tiene una fácil explicación, si se tiene en cuenta la censura a la que estaban sometidas todas las cartas.

Sin embargo, se puede adivinar entre líneas una personalidad humana y cristiana de gran espesor. Este epistolario supone una interesante descripción del mundo interior y científico de Florenski: “¿Qué he hecho durante toda mi vida? Indagar el mundo como un todo, como un solo cuadro y una sola realidad […]. Mi padre me decía, refiriéndose a mi escasa inclinación por el pensamiento abstracto y por la investigación particular en cuanto tal: ‘Tu fuerza está allí donde lo concreto se concreta con lo general’. Así es”. Pero también un testimonio estremecedoramente humano, donde la relación con su familia deja lugar a los más encendidos afectos y sentimientos.

Un documento humano, histórico y científico de gran interés; pero también un escalofriante relato sobre la vida en el “gulag” de las islas Solovki.

Pablo Blanco

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