Benedicto XVI. Guía para perplejos

Nuevo Inicio.
Granada (2011).
291 págs.
25 €.
Traducción: Sebastián Montiel.

Como afirmó el marido de la autora, si su anterior libro sobre Ratzinger era para ratones (ver Aceprensa, 22-07-2009), este es un «Ratzinger para ratas» (de biblioteca, se entiende). En estas páginas, la teóloga australiana recoge una serie de consideraciones histórico-teológicas sobre el lugar de la teología de Ratzinger en el contexto intelectual contemporáneo. Es de agradecer la claridad y sencillez con que acomete esta empresa. En primer lugar, Rowland recuerda las raíces románticas (y no solo: también Buber, Guardini, Pieper, Lubac, Balthasar) de su teología, a la vez que la tendencia estética y litúrgica de su pensamiento, lejano de todo jansenismo. En lo que se refiere a los principios de la hermenéutica bíblica, alude al rechazo de la visión suareciana del desdoblamiento entre revelación y tradición, siguiendo una tradición interpretativa que iría desde la Escuela de Tubinga a Blondel y Congar.

En el capítulo titulado “Las virtudes teologales”, Rowland aborda la dimensión unitaria de la verdad, el amor y la esperanza en el pensamiento ratzingeriano. Después explica la relación entre ser y tiempo, ontología e historia en la propuesta de Ratzinger. Resuelve este nudo gordiano de la filosofía y la teología contemporáneas, sin renunciar a ninguna de las legítimas instancias de cada dimensión complementaria, sin pretender por ello caer en desequilibrios o absorciones. Se aprecia aquí el fuste filosófico y el buen conocimiento de la historia del pensamiento por parte de la autora. Recuerda de igual manera la teología de las religiones del teólogo alemán, así como la centralidad de Jesucristo en la salvación, las relaciones entre fe y razón, y la primacía del logos sobre el ethos. También se resumen en las siguientes páginas las ideas respecto al ecumenismo expuestas por Ratzinger, que explican muy bien la situación eclesial y ecuménica en la actualidad.

Resultan también interesantes las relaciones que establece con el pensamiento del ámbito anglosajón. Es digno de mención el método que emplea la autora: entiende la teología de Joseph Ratzinger antes de ser elegido a la sede de Pedro en continuidad con el magisterio de Benedicto XVI. Si bien lógicamente no todo tiene un valor magisterial, sí que advierte una coherencia en todo el pensamiento del teólogo alemán. Frente a la conocida tesis de un primer y segundo (o tercer) Ratzinger, Rowland apuesta por una continuidad en sus ideas, no exentas de las lógicas evoluciones en unos presupuestos comunes y estables. En fin, la línea –el hilo de oro– que une toda la teología de Ratzinger sería la unidad. Por el contrario, “la separación entre espiritualidad y dogma, liturgia y escritura, los dones del Espíritu Santo y las virtudes teologales de una ética convertida en mera casuística son parte del empobrecimiento de la cultura católica contemporánea”.

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