Una hija en Tokio parte de la búsqueda de Lily por parte de su padre Jay, un francés que vive en Japón desde hace mucho tiempo. Nueve años lleva ya intentando reencontrarse con su hija, que quedó al cuidado de su madre japonesa tras la separación. A él se le negó la custodia compartida.
Pese a esta premisa, el director Guillaume Senez (Nueve meses -Keeper-, Nuestras pequeñas batallas, En la sombra) evita convertir la película en un drama judicial. Senez rueda con paciencia y contención, sin subrayados innecesarios. Rehúye el melodrama y cualquier sentimentalismo fácil. La emoción se condensa en silencios, miradas y gestos. El ritmo es pausado, a veces muy lento, pero esa lentitud proporciona veracidad al relato y hace visible el desgaste interior del protagonista. Romain Duris sostiene esa tensión con una interpretación ajustada, condensando emociones opuestas en su rostro.
Tokio no aparece como postal exótica ni como distopía, sino como un espacio cotidiano, concreto y a veces hostil. La fotografía de Elin Kirschfink combina luces de neón, estrechez y soledad con sutiles movimientos para crear planos casi claustrofóbicos.
Aunque en algunos momentos esta contención roza lo demasiado calculado, y el simbolismo puede llegar a ser excesivo, Una hija en Tokio logra mantener el equilibrio. A ello contribuyen su sobriedad, su atención al detalle y su capacidad para conmover sin recurrir al énfasis.