El 10 de agosto de 2019, el magnate financiero Jeffrey Epstein apareció ahorcado en su celda del Centro Metropolitano de Manhattan. Casi un año más tarde, en medio de la crisis mundial del coronavirus, Netflix estrenaba este documental. Tras la frustración de las víctimas por no poder celebrar el juicio como estaba previsto, esta producción puso cara y voz a una red de prostitución de menores en la que estaban involucradas las más altas esferas del poder político, mediático, judicial…
Joe Berlinger, el productor de esta docuserie, ya había puesto el foco en otros personajes históricos marcados por los delitos más perversos, como los asesinos Ted Bundy, Jeffrey Dahmer o John Wayne Gacy, o incluso Adolf Hitler, en Hitler y los nazis: La maldad a juicio (2024), probablemente su mejor trabajo. Desde el primer minuto de esta docuserie sobre Epstein se nota su predilección por el thriller, género del que toma prestadas diferentes herramientas narrativas que hacen más atractivo y dinámico el relato de un caso marcado por años frustrados de demandas y resoluciones anuladas.
Las declaraciones de las víctimas son el principal vehículo dramático de la narración, junto con las de sus abogados. La acumulación de estos testimonios acaba siendo reiterativa, al contar un funcionamiento casi idéntico del clan Epstein. Sin embargo, la directora del documental, Lisa Bryant, acierta al hacer preguntas no tan dirigidas a los detalles de los sucesos, sino a la repercusión moral en las vidas de estas menores. Ahí surge una de las claves que hacen esencial este documental: la complicidad de la perversión a partir del chantaje financiero. Resulta abrumador cómo el poder económico de una persona es capaz de impulsar una red tan degradante y numerosa; incluso hay una menor que, pese a no ceder a los servicios que se le piden, sí se presta a presentar a amigas suyas, más de 20, que terminan accediendo a esas peticiones por dinero.
Evidentemente, la docuserie también habla de otros cómplices mucho más famosos, entre ellos el príncipe Andrés, Bill Clinton, Kevin Spacey o Donald Trump, pero está claro que ese tipo de acusaciones pueden resultar insatisfactorias al estar menos actualizadas y apoyadas en los millones de documentos filtrados a la prensa en los últimos años. La ventaja es que la serie no se centra solo en los aspectos más morbosos (aunque hay declaraciones e imágenes descarnadas), sino que pretende hacer un análisis de la corrupción con una hondura considerable. Y ese retrato del monstruo que se alimenta del miedo y la codicia de centenares de víctimas, depredadores y cómplices es lo suficientemente elíptico y documentado para resultar eficaz e impactante.
Seguro que habrá más docuseries sobre Epstein, pero esta producción hay que valorarla como un intento inicial bastante completo en su cronología y documentación, con un profundidad psicológica del maltrato y la humillación mucho más elaborada que en la mayoría de títulos de este perfil.