Una visita en medio de un tenso debate sobre la laicidad

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El viaje de Juan Pablo II a Francia
París. Sólo un país como Francia, que ha hecho de la laicidad una convicción y una bandera, puede apasionarse por un bautismo celebrado hace mil quinientos años. Pero si se trata del bautismo de Clodoveo, rey de los francos, y es el propio Juan Pablo II quien intervendrá en la conmemoración, siempre hay grupos dispuestos a afirmar que “la laicidad está amenazada”. Más allá de la polémica periodística, el viaje de Juan Pablo II a Francia, del 19 al 22 de septiembre, pretende mantenerse en una dimensión estrictamente pastoral.

Todos se acuerdan en Francia del primer viaje del Papa en 1980. De aquella visita, dos afirmaciones del Santo Padre siguen sobre todo grabadas en las memorias. La primera la pronunció en el aeropuerto de Le Bourget, durante la misa dominical, ante medio millón de personas, que se congregaron allí a pesar de las campañas de prensa que habían tratado de disuadir a los fieles y a pesar de las inclemencias del tiempo. “Francia, ¿qué has hecho de las promesas de tu bautismo?”, preguntó el Papa.

Un viaje que dejó huella

Era la voz del pastor que llamaba a la puerta de las conciencias, una invitación a la conversión, al esfuerzo apostólico por recristianizar la sociedad. Así lo entendieron todos, e incluso aquellos que no compartían la fe de los católicos no se impresionaron mucho. Tampoco pasó inadvertido a nadie que ese día el Papa quisiera recordar a Francia su papel de “hija mayor de la Iglesia”. Y en los años siguientes hubo una buena prueba de obediencia a la llamada del Papa: las iniciativas apostólicas fueron numerosas y, aunque el estado de salud del catolicismo francés no está exento de enfermedades y peligros de recaídas, nadie negará que se respira un nuevo dinamismo.

La segunda frase que sigue igualmente grabada en la memoria colectiva, y en particular de los jóvenes, fue pronunciada en un contexto inolvidable: el del Parque de los Príncipes, generalmente conocido por sus finales de rugby o de fútbol, y transformado aquel día en recinto de juventud y de fe viva.

Un contexto inolvidable porque era la primera vez, en el curso del reciente pontificado de Juan Pablo II, que se organizaba una reuión de ese tipo. Inolvidable también porque nunca se hubiera podido imaginar el giro que tomó esta velada: a pesar de la sorprendente petición de los organizadores de acoger al Papa en un ambiente de oración más bien silenciosa, puntuada en todo caso por algunos cánticos, fue un verdadero delirio: todo era ocasión para los aplausos, y los sondeos de opinión se habrían equivocado si se hubieran aventurado a pronosticar qué palabras iban a encontrar más aprobación entre los 50.000 jóvenes que se aglomeraban en las gradas. Entre los temas abordados, el Papa fue particularmente aplaudido cuando dijo: “La permisividad moral no hace feliz al hombre; la sociedad de consumo no hace feliz al hombre; nunca lo ha hecho”.

Nadie duda que las ideas convencionales de moda sufrieron una fuerte sacudida, y que la fe y el entusiasmo de los jóvenes presentes fueron considerablemente reforzados. Los vendedores de la sociedad de consumo no se rindieron, desde luego, pero probablemente tuvieron que revisar su estrategia y sus argumentos de venta.

En cualquier caso, el éxito de esta primera visita del Papa al país de Voltaire influyó en la organización de los sucesivos viajes de Juan Pablo II a distintas ciudades del Hexágono y de los departamentos franceses de ultramar en 1983, 1986, 1988 y 1989. Y ahora, un sexto viaje que durará del 19 al 22 de septiembre.

Aquellos jóvenes del Parque de los Príncipes tienen hoy entre 34 y 40 años. La mayoría son padres y madres de familia, y todavía son muchos los que desean volver a encontrarse reunidos en torno al Papa. Así lo han dicho y se han inscrito en las innumerables diócesis, parroquias, capellanías y movimientos de jóvenes que se han movilizado para la ocasión. En silencio quizá, pero dispuestos a dejarse oír cuando llegue el momento para manifestar su adhesión a la Iglesia y a su enseñanza.

Los vendedores de la sociedad de consumo siguen también presentes, y los representantes de ideologías partisanas (es decir, poco respetuosas con las opiniones de otros) tratan a su vez de movilizarse. Pero el ruido que hacen es sobre todo mediático, típicamente francés, anticonformista por principio, y probablemente no quedará gran cosa de él dentro de algunas semanas.

Un bautismo celebrado y controvertido

Así ha surgido una sorprendente polémica que invade las columnas de casi todos los diarios y semanarios franceses, a propósito de lo que, a fin de cuentas, sólo constituye una parte del viaje pastoral de Juan Pablo II: su corta visita a Reims para la conmemoración del 1.500 aniversario del bautismo del rey Clodoveo o Clovis. Cada uno da su opinión sobre la oportunidad de esta conmemoración, sobre su sentido o su eventual instrumentalización.

Pero la principal de estas inquietudes de la prensa es la laicidad: ¿este viaje del Santo Padre no corre el riesgo de ponerla en peligro?

El artículo más virulento publicado estos días es sin duda el de Pierre Bergé, ex presidente de la “pera de París, actual consejero delegado de Ives Saint-Laurent Couture, amigo personal del fallecido François Mitterrand y autor del reciente libro L’affaire Clovis.

Según él, esta celebración es inoportuna por algunas razones vagamente históricas, pero sobre todo, escribe, porque es “reveladora de una cosa sencilla pero iluminadora: la Iglesia nunca ha digerido el siglo de las Luces, la Revolución y la República. La Iglesia nunca ha depuesto las armas. Se sirve de todo para atacar la laicidad”. Y para dar una prueba suplementaria, Bergé cita el caso del funeral religioso de su amigo François Mitterrand.

Un buen francés, agrega finalmente, no es el que se considera heredero de 1.500 años de historia, sino alguien que “se adhiere a los verdaderos valores de Francia, es decir, a la República”. Pues, según precisa como último argumento, “los valores de la República y de la Revolución o del siglo de las Luces, sólo se encuentran en Francia”.

¿De qué laicidad hablamos?

Las reacciones no se han hecho esperar. El historiador Pierre Chaunu, miembro del Instituto de Francia, protestante, fue uno de los primeros que salió al paso para resituar este pseudo-debate. El marco sería el de una laicidad que no acepta a la Iglesia, una laicidad que efectivamente no ha digerido que la Ilustración no haya abolido definitivamente esta curiosa institución que es la Iglesia católica. “Lo que llamamos laicidad en Francia -escribe- no es laicidad, sino laicismo: una ideología que consiste en imponer a todos una religión del Estado ateo”. En cambio, recuerda en otro artículo, la laicidad auténtica, abierta, respetuosa, tolerante, a veces traicionada, es un legado de la herencia judeo-cristiana. Deriva de la Alianza (B’rit) y de la palabra de Cristo: “Mi reino no es de este mundo”. En cuanto a la conmemoración del bautismo, “lo que no soportan -sigue diciendo Chaunu- es que se trata de un verdadero bautismo, de un acto religioso. Ahora bien, todas las religiones deben morir, como está escrito en los libros”.

Para Mons. Gérard Defois, actual arzobispo de Reims, Clovis puede ser incluso considerado como un símbolo de unidad, o como inventor de la laicidad francesa, pues supo -dice citando al historiador Michel Rouche- mantener su autoridad política libre de toda injerencia eclesiástica, aun protegiendo a los clérigos y nombrándoles para numerosos cargos.

La reacción de Mons. Jean-Marie Lustiger, cardenal-arzobispo de París, tampoco podía faltar. En un artículo publicado en Le Figaro el 11 de septiembre, comienza recordando que no es extraño que el viaje del Papa o sus declaraciones susciten hostilidad: Cristo mismo vio sus palabras contestadas y deformadas, a veces incluso por los apóstoles. “Los franceses no son más recalcitrantes, indiferentes u hostiles que los apóstoles… El camino a recorrer no le será ahorrado, como a ninguno de nosotros”.

A propósito de la conmemoración del bautismo de Clodoveo, el cardenal recuerda que hay buenas razones para que esté inscrito en la memoria francesa, aunque sólo fuera porque le debemos el nombre del país, Francia, o incluso la elección de su capital, París. Pero, por supuesto, las verdaderas razones de la oportunidad de esta celebración son otras, precisa: “Clodoveo no pertenece a un clan, Juana de Arco a otro, la fundación de la República a un tercero… Cualquiera que sea el juicio que cada uno haga de los episodios de esta historia, la conciencia nacional se construye sobre una memoria común”.

Respecto a los clamores que se levantan para defender una laicidad amenazada, el cardenal hace referencia al reciente episodio de los inmigrantes ilegales que ocuparon durante unos 50 días la iglesia de San Bernardo de París, con el vivo aliento de Alain Krivine, fundador de la Liga Comunista Revolucionaria. Y se asombra porque las mismas personas que “hace unos días invocaban la autoridad moral de la Iglesia para la defensa de causas humanitarias, acto seguido denuncian el complot papista y clerical para controlar el Estado”. A menos que deba pensarse, como declaró el mes de agosto en una entrevista concedida a la edición francesa de L’Osservatore Romano, que haya “una religión republicana que prohíba ser católico, protestante, judío, musulmán… e incluso escéptico”.

Expectación entre los fieles

¿Qué piensan los católicos franceses de todo esto? Hablan las cifras. En la diócesis de Soissons, próxima a la de Reims, las peticiones de entradas para asistir al encuentro con el Papa han sido el doble de las previstas. La diócesis de Reims cuenta ya con 200.000 inscritos (además acudirán otros no inscritos), cuando los más optimistas no esperaban a más de 80.000 personas. La razón de todo esto es el enfoque mismo del viaje pontificio, que será, ante todo, pastoral.

Cuando acabe el viaje, las miradas no se dirigirán a las polémicas de las semanas precedentes. Se habrá olvidado ya la “campaña de desbautización” lanzada en la diócesis de Tours, que no ha encontrado hasta ahora más que once voluntarios. Ya no se recordará la gestión de Martine Aubry, diputada del partido socialista, hija de Jacques Delors, que logró que el tribunal administrativo anulara la subvención de 1,5 millones de francos que había dispuesto el municipio de Reims para financiar el estrado donde el Papa celebraría la misa. Los colectivos contra la visita del Papa, la red Voltaire, los militantes de Planning Familiar o de Libre Pensée no serán sino un pálido gesto ante el entusiasmo que la visita del sucesor de Pedro habrá suscitado y ante la esperanza que habrá hecho nacer en el corazón de jóvenes y no tan jóvenes.

Pues probablemente sean los jóvenes quienes den el mejor ejemplo de lo que conviene pensar ante tal acontecimiento. Como sucedió en el Parque de los Príncipes hace dieciséis años, se esforzarán en ser los primeros receptores de la confianza que el Pontífice parece depositar en el talento francés.

Ciertamente, explica Mons. Lustiger, algunos jóvenes se dejan llevar por un conformismo que “les impide construir positivamente su personalidad”; pero en este tiempo “dan prueba de más libertad que sus progenitores frente a ese conformismo (…). A veces, con una rudeza que nos sorprende, nos descubren los compromisos de la fe de hoy. Tratan a sus padres como ‘mirones’ y encuentran al Papa combativo. ‘Vamos allá’, dicen”.

Puede que no sigan la corriente de los vientos mediáticos. Pero, como escribía hace tiempo el filósofo Jean Guitton, es tal vez porque han comprendido “que dejarse llevar por el viento es tener destino de hoja muerta”.

Gérard ThieuxLos hechos religiosos en una nación laicaApropósito de la polémica sobre la conmemoración del bautismo del rey Clodoveo, un artículo que suscriben en Le Monde (10-IX-96) dieciséis laicos católicos pregunta por qué una nación laica no puede conmemorar acontecimientos religiosos.

¿Por qué no celebrar un acontecimiento que forma parte de la historia nacional? ¿Porque es un hecho religioso? En tal caso seríamos la única nación europea que no lo hiciera: incluso la Unión Soviética, cuando todavía tenía un gobierno comunista, celebró con fasto el bautismo de Vladimir, y sus dirigentes se han complacido en afirmar que era el acta de nacimiento de Rusia.

Recientemente, los alemanes no han considerado insólito que su presidente se asocie a las fiestas del 450 aniversario de la muerte de Lutero y reconozca el papel desempeñado por el gran reformador en la afirmación de la nación alemana.

La cuestión es, pues, ésta: ¿conmemorar un acontecimiento religioso es infringir la laicidad, regla aceptada por todos en la relación entre religión y sociedad? O, en otros términos, ¿los hechos religiosos son los únicos que una nación laica no tendría derecho a evocar?

Pero ¿quién no ve que esta prohibición tendría el efecto contrario del que se pretendía con la instauración de la laicidad? Esta tenía por objeto preservar la libertad de las conciencias rechazando un estatuto privilegiado para lo religioso; pero la exclusión de lo religioso supondría discriminarlo. Sería ir contra la experiencia que ha demostrado desde hace un siglo el irrealismo de una separación absoluta: encerrando a lo religioso en la esfera de lo privado individual, se ignoraría la evidencia de que toda convicción, religiosa o de otro tipo, tiene necesariamente una prolongación social y un cierto derecho a expresarse en el espacio público.

El acontecimiento recuerda que Francia es una de las más viejas naciones cristianas: es un hecho histórico indiscutible e irreversible. Por este hecho, el cristianismo forma parte del patrimonio nacional: Francia no sería tal como la conocemos sin este componente de su pasado. De no tenerlo en cuenta, se le amputaría una parte esencial.

Pero esta evidencia no confiere a los católicos ningún derecho a reivindicar monopolio alguno sobre Francia, que pertenece a todos los franceses, cualquiera que sea su familia espiritual. Francia es plural desde hace siglos y todas las tradiciones tienen los mismos títulos a declararse francesas. Los católicos deben guardarse de la propensión a presentar a la Francia cristiana como la única verdadera Francia. Cada francés debe aceptar la historia de su país en su totalidad y vivirla en la indivisión. Este es el sentido mismo de la laicidad.

El acontecimiento controvertido invita también a los católicos a interrogarse sobre su relación con su propia historia. A veces es fuente de conflicto. Un apegamiento incondicional al pasado encierra a unos en una nostalgia estéril que les impide comprender su propio tiempo. A otros, un rechazo sin matices de ese pasado les dicta apreciaciones injustas sobre las generaciones que nos han precedido y les priva de las enseñanzas de su experiencia. Una justa concepción de las relaciones entre Iglesia y sociedad, que evite a la vez la instrumentalización de lo religioso por lo político, la tentación clerical y la renuncia a todo papel público, no puede prescindir de un cierto conocimiento de las lecciones de la Historia.

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