Un santo que hemos conocido

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Nuevo libro sobre Josemaría Escrivá, en vísperas de su canonización
Roma. Gracias a los medios técnicos actuales y a los nuevos procedimientos de las causas de canonización, es cada vez más frecuente que se proclame a un santo ante personas que llegaron a conocerle y, en algunos casos, a tratarle en vida. Una de esas ocasiones se dará el 6 de octubre, cuando Juan Pablo II canonice al beato Josemaría Escrivá (1902-1975). Una figura que resulta familiar a otros muchos millares de personas gracias a sus obras, a los documentales filmados y a las semblanzas y biografías que se han publicado. A ese elenco se añade ahora el libro de un periodista italiano basado en los documentos inéditos del proceso de canonización (1).

Junto a su trabajo como corresponsal en el Vaticano del diario milanés Il Giornale, Andrea Tornielli es autor de varios libros en los que aborda con rigor y amenidad argumentos a veces complejos, como ha demostrado por ejemplo con su Pio XII. Il Papa degli ebrei (2001). En Escrivá, Fondatore dell’Opus Dei, ofrece un resumen de la vida de Josemaría Escrivá elaborada con el material de las actas del proceso de canonización, especialmente la “Biographia documentata”, presentada por el postulador.

El autor del libro se comporta como el cronista que ante una abundante documentación elige lo que le parece más significativo y eficaz de cara al conjunto del relato. El resultado es un libro relativamente breve, de lectura amena, que para muchos lectores será el primer contacto con Escrivá. El libro muestra la figura del fundador del Opus Dei en buena parte dejando hablar a los testigos que le han tratado.

Quizás el aspecto que más llama la atención sea precisamente la riqueza de la documentación: prácticamente cada una de las afirmaciones y de los episodios están respaldados por la certificación de algún testigo, por lo general de primera mano. No es una característica original, pues la comparte con las demás obras publicadas sobre la vida de Escrivá, pero es algo que el lector agradece, ya que hace que el estilo se aleje de lo que podría sonar a tono hagiográfico. Esa preocupación por el dato pone de relieve, además, un notable “sentido de la historia” de muchos de esos testigos, pues tuvieron la previsión de tomar notas o conservar documentos que con el paso de los años serían de gran valor.

Episodios de la infancia

Si bien para un conocedor de la vida de Josemaría Escrivá el libro no ofrece novedades llamativas, e incluso podría constatar la falta de algunos episodios (algo inevitable en un volumen tan reducido), esta pequeña biografía contiene sin embargo diversos detalles que ayudan a completar a los ojos de lector la figura del nuevo santo. En los epígrafes que siguen nos referiremos a esos aspectos tal vez menos conocidos, como un episodio curioso que se remonta a su primer año de vida: cuando intentaron fotografiarlo desnudo, como era frecuente hacer en una criatura de pocos meses, para una foto destinada al álbum de familia, tuvo tal explosión de llanto que hasta el fotógrafo se rindió, de modo que sólo fue posible retratarle cuando su madre le puso un vestidito.

Tanto en este como en otros casos, el autor del libro se limita a narrar, sin pretender sacar “enseñanzas” de cada episodio. A veces, lo que hace es citar el comentario de la “Positio” (uno de los documentos de la causa de canonización), como cuando se refiere al hecho de que el pequeño Josemaría solía esconderse para evitar besar a las amigas de su madre. “Hay que decir, para justificar al niño -se escribe en la “Positio”, no sin sentido del humor-, que a veces el besuqueo de las señoras de visita era en verdad excesivo y no exento de inconvenientes: una lejana pariente de la abuela, por ejemplo, anciana y con un principio de bigote, le pinchaba sin piedad cada vez que lo besaba”.

Inspiración divina

En otras circunstancias también recurre a la glosa contenida en la “Positio”, pues ayuda a comprender mejor el significado de algunos hechos. Es el caso de cuando, en 1932 y en espacio de pocos días, el futuro santo recibe por la calle dos fuertes balonazos en plena cara, no ciertamente fortuitos. “El dicho de que no hay dos sin tres debe de valer también en el infierno, en cuanto que se verificó puntualmente un tercer episodio”, se lee en la “Positio”. En el relato autobiográfico de este hecho, el fundador concluye que al recibir ese tercer balonazo… se echó a reír. “Es muy probable -comenta la ‘Positio’- que el diablo carezca de sentido del humor”.

Otras veces, el autor acude al comentario de alguno de los teólogos que estudiaron las actas del proceso. Así hace por ejemplo, después de relatar las circunstancias en que nació el Opus Dei, cuando el fundador vio, a una hora y en un día precisos, cuál era la voluntad de Dios: que dedicara su vida a proclamar la llamada universal a la santidad en la vida ordinaria. “Considero que no se puede dudar de la veracidad del Siervo de Dios cuando habla del origen sobrenatural de su carisma específico, que comporta un mensaje espiritual y una Obra que lo difunde y lo vive”, afirma uno de los teólogos. “Una confirmación interna procede de la evidente y sorprendente falta de un verdadero desarrollo teorético de su pensamiento: todo aparece ya perfectamente dado y completo desde los primerísimos textos. Los sucesivos no representan nunca una novedad, un enriquecimiento sustancial. Nos encontramos ciertamente ante una inspiración que le viene dada”.

Saber perdonar

De los años de la Guerra Civil española es un recuerdo de Álvaro del Portillo, su sucesor al frente del Opus Dei y una de las fuentes esenciales de la biografía, en cuanto que estuvo a su lado durante cuarenta años. Se trata de una anécdota pequeña que se remonta a los meses en los que se encontraban refugiados en la sede de la Legación de Honduras en Madrid. Allí, el futuro santo celebraba la misa diariamente y custodiaba la Eucaristía en un mueble. “Un día, mientras estábamos rezando en aquella habitación, nos dimos cuenta de que algunos niños pequeños, también refugiados en la Legación, se acercaban al ojo de la cerradura del mueble y enviaban besos al Señor. El Siervo de Dios se conmovió profundamente”.

De su esfuerzo a favor del perdón y la reconciliación tras la contienda es sintomático el suceso que el propio Escrivá relata en una larga carta dirigida muchos años después a Pablo VI. “Vino a verme una persona muy conocida en España, a quien los comunistas habían asesinado muchos parientes en el cruce de un camino rural. Aquella persona quería levantar una gran cruz precisamente en aquel lugar, como recuerdo de sus caídos. Yo le dije: ‘No debes hacerlo porque lo que te mueve es el odio hacia los asesinos y aquella cruz te sirve sólo para perpetuar el odio: no será la Cruz de Cristo sino la cruz del diablo’. La cruz no se hizo: mi interlocutor supo perdonar”.

Defensa de la libertad

Otro rasgo bien documentado se refiere a las ideas del futuro santo sobre la libertad en las cuestiones temporales, y concretamente en la política, de los miembros del Opus Dei y de todos los laicos. Se recoge, por ejemplo, el testimonio de Juan Bautista Torelló, que relata una conversación de 1941 en la que contó al fundador que pertenecía a una organización clandestina antifranquista y catalanista. “El Siervo de Dios, después de haberme recordado que en la Obra cada uno podía tener la opinión política que quisiera, asumiendo la responsabilidad personal, y que por tanto no tenía necesidad de habérselo contado, añadió: ‘Como ya me lo has dicho, sí que te quiero dar un consejo: procura que no te arresten, porque con los pocos que somos no nos podemos permitir el lujo de tener a uno de nosotros en la cárcel’”.

La defensa de esa libertad sería motivo de problemas con la autoridad civil. En 1947, el ministro de Asuntos Exteriores español prohibió arbitrariamente el ingreso en la carrera diplomática a algunos miembros del Opus Dei que superaron las oposiciones. En 1953, el profesor Rafael Calvo Serer se vio obligado al exilio por un artículo publicado en Francia en el que criticaba al gobierno español.

Sobre este segundo hecho, “el Siervo de Dios no tenía nada que objetar -observa Álvaro del Portillo-, porque se trataba de cuestiones en las que él no entraba, ya que afectaban exclusivamente a sus hijos en cuanto ciudadanos libres y responsables de sí mismos. Pero entre las injurias lanzadas contra ese miembro de la Obra dijeron que ‘era una persona sin familia’. Nuestro fundador reaccionó como un padre que defiende a sus hijos. Fue a ver de inmediato a Franco y fue recibido en seguida; sin entrar en la cuestión de las divergencias políticas, afirmó con mucha claridad que no podía tolerar que de uno de sus hijos se dijese que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre…”.

Incomprensiones

Esa concepción de la libertad en lo temporal originó también algunos problemas en determinados ambientes eclesiásticos. Las fuentes del proceso -se lee en la “Positio”- permiten constatar una cierta incomprensión por parte de Mons. Giovanni Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado vaticana desde julio de 1967. El motivo de esa desavenencia hay que buscarlo en que algunas de las abiertas intervenciones del prelado en la política española no eran compartidas por un buen número de políticos, entre ellos algunos miembros del Opus Dei, que lo hicieron notar, “siempre con el máximo respeto por la persona”. “Él no comprendió tal libertad de opinión y se consideró acosado por el Opus Dei”.

Una consecuencia de esa incomprensión es que el fundador no tuvo la posibilidad de ser recibido en audiencia por el Papa durante un largo periodo de tiempo, a pesar de sus repetidas peticiones. Esas divergencias sobre la libertad política, sin embargo, no hicieron cambiar el juicio que el prelado vaticano tenía sobre el futuro santo. No sólo fue a rezar ante sus restos mortales sino que, nombrado arzobispo de Florencia, escribió al Papa pidiéndole que introdujera la causa de beatificación del fundador del Opus Dei. Entre otros aspectos, el cardenal Benelli destacaba cómo de su trato con Escrivá había llegado a la convicción de que le movía el amor a la Iglesia, la preocupación por el bien de las almas, al tiempo que -añadía en su carta- “se ha mostrado siempre fidelísimo a la hora de seguir las directrices de la Santa Sede, a la que profesaba una devoción incondicionada”.

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Precisamente relacionado con su devoción al Papa es otro recuerdo del que luego sería cardenal, Giovanni Chelli. “Durante el periodo de Sede Vacante por la muerte de Juan XXIII sugerí un día alguna hipótesis sobre quién podría ser el sucesor. Monseñor Escrivá cortó en seco mis especulaciones: ‘Si el elegido procediese de una tribu de salvajes con anillos en la nariz y en las orejas, me arrojaría enseguida a sus pies y le diría que toda la Obra estaba incondicionalmente a su servicio’”.

De los años posteriores al Concilio Vaticano II, junto a la satisfacción de ver solemnemente proclamado el mensaje que Dios le había confiado, experimentaba pena por las interpretaciones arbitrarias y los abusos perpetrados en nombre del “espíritu del Concilio” pero -de hecho- en contra de las decisiones y de los textos del Vaticano II. No se preocupaba de que le definieran ni conservador ni progresista: “Le importaba dejarlo claro, ha declarado Vincenzo Montillo: ‘Integrismo, progresismo… A mí me gusta conservar íntegro el tesoro de la fe y progresar en su conocimiento’ (agosto 1967); y no toleraba las etiquetas con las que se pretende enjaular el espíritu”.

Fe y vida

Las incomprensiones en la Curia, que le llevaron durante años a recortar su actividad exterior en los ambientes romanos, no fueron las únicas. El libro da cuenta de las contradicciones que hubo de padecer ya desde los primeros años por obra de algunos eclesiásticos, y también del espíritu con el que las sobrellevó y del apoyo que recibió de la misma jerarquía. Se hace referencia también a los duros padecimientos físicos que le afligieron durante años (diabetes, insuficiencia renal y cardiaca, pérdida de visión, etc., llevadas sin que lo notaran la inmensa mayoría de cuantos le trataban a diario), y a sus alegrías, como cuando realizó -en mayo de 1970- una novena a la Virgen en la Basílica de Guadalupe: el 26 de mayo Escrivá confió a Álvaro del Portillo que “nunca había conseguido alcanzar una intimidad con Dios como en aquellos días que estaba transcurriendo en México”.

Son algunos episodios que ponen de manifiesto lo que afirma el Card. Dionigi Tettamanzi en el prólogo: “La vida, la enseñanza y la obra de Josemaría Escrivá son una verdadera luz en el camino de la Iglesia de nuestro tiempo”. Después de señalar algunos aspectos del mensaje Escrivá, el nuevo arzobispo de Milán concluye: “¿Se puede afirmar acaso que no se siente en nuestro tiempo exactamente esta exigencia de reencontrar la síntesis entre la fe y la vida, entre el Evangelio y la cultura entendida como modo de pensar, de juzgar, de expresar en los comportamientos de cada día la verdad de Cristo, la verdad que es Cristo?”.

Diego ContrerasUna iniciativa con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá

Ver segunda parte de este servicio.

____________________________________________(1) Andrea Tornielli. Escrivá, Fondatore dell’Opus Dei. Piemme. Milán (2002). 190 págs. 9,90 €.

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