Un catecismo bien hecho

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Alain Besançon, profesor de la Escuela de Altos Estudios de París, escribe en Commentaire (nº 61, Primavera 1993) un artículo acerca del Catecismo de la Iglesia Católica. Seleccionamos algunos párrafos en los que habla del lenguaje del catecismo, y de cómo debe entenderse el pluralismo teológico.

Una de las razones del éxito del catecismo es sencillamente que este libro está bien hecho. Es preciso saber, para juzgarlo correctamente, que en nuestro tiempo, en materia religiosa, lo contrario de lo verdadero no es lo falso sino lo insignificante. O por decirlo de otra forma, la herejía no consiste ya principalmente en contradecir tal o cual punto de la doctrina, sino en sacarlo de la esfera intelectual en la cual presenta un sentido interesante. Nuestra época parece menos capaz de articular herejías, lo que exige un esfuerzo intelectual, que de rebajar la ortodoxia al grado de futilidad e insipidez donde pierde sus contornos.

El medio para reducir todo a nivel cero es la verborrea, la vacuidad del lenguaje, ese modo de agostar la palabra por el que los latiguillos lingüísticos sustituyen al pensamiento, dan el pego para ocultar la ausencia de ideas, y constituyen poco a poco la “lengua de madera” del ambiente católico. En resumen, la herejía de la insignificancia se manifiesta en el desastre estilístico, y, a la inversa, el buen lenguaje es la piedra de toque de una intuición ortodoxa. La sobria majestad del título, Catecismo de la Iglesia Católica, en vez de, por ejemplo, En el corazón del Amor sin límites o de Vivir el diálogo con el Otro, sugiere una voluntad de romper con la “lengua de madera”. En conjunto, con altibajos, naturalmente, la redacción es buena, y siempre cuidadosa de la precisión de las palabras. (…)

Una objeción frecuentemente dirigida, no sólo contra este catecismo, sino contra la idea misma de catecismo es que echa un cerrojo sobre la “investigación”, que bloquea la vida intelectual de la Iglesia. Hay ahí, me parece, un equívoco.

Un catecismo recoge, por citar la fórmula de Vicente de Lérins, “ut id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est” (lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos). Por eso no se pronuncia sobre tal o cual punto de controversia exegética, ni sobre tal o cual escuela teológica. No cita más que autoridades ratificadas inmemorial y unánimemente por la tradición eclesiástica.

Las diversas teologías no tienen valor a no ser que se conformen al depósito de la fe, si lo redescubren más “inteligentemente”; no tienen la misión de modificarlo. El “pluralismo teológico” es una reivindicación moderna. De hecho, ha estado siempre en vigor, y nunca la Iglesia ha concedido el monopolio a un determinado sistema. En la Iglesia latina, las dos ramas platónica y aristotélica del pensamiento han encontrado su expresión teológica clásica con Agustín y Tomás (los dos abundantemente citados en este catecismo). Pero también hay lugar para Anselmo, Buenaventura, Duns Scoto, Suárez y otros muchos que son perfectamente lícitos y que pueden ser seguidos mientras no se separen del depósito de la fe tomado en su totalidad.

Pero en nuestros días el lema “pluralismo teológico” significa de hecho “pluralismo dogmático” y libertad de contradecir o de privar de sentido ciertos puntos que, sin embargo, han sido creídos en todas partes, por todos y desde siempre. Indudablemente, el catecismo obstaculiza tal intento. El cristianismo católico está, a los ojos de la razón, erizado de dificultades. Dificultades bien reales, aunque, como observaba Newman, a los ojos de la fe, “mil dificultades no hacen una sola duda”. Ante el pluralismo dogmático, hay que dar la vuelta a la fórmula, y el catecismo subraya en suma que mil dudas no han resuelto nunca una sola dificultad.

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