Tercera Cultura: un caso de miopía

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Circula en libros y en Internet una plataforma en defensa y difusión de una Tercera Cultura, que, en principio, superaría la división entre humanistas y científicos. Pero, aparte de que se decide enseguida por lo empírico, quienes defienden esa presunta solución dan síntomas de una extraña miopía.
El declive de los intelectuales humanistas o, si se quiere, su traición, según Julien Benda (cfr. Aceprensa, 10-12-2008), ha dado lugar a que algunos científicos con ínfulas intelectuales (no la mayoría de los científicos, pacíficamente dedicados a la propia especialidad) se crean capacitados para decidir, como última palabra, sobre lo humano y lo divino.

El conocido libro del novelista y científico C .P. Snow (1905-1980), Las dos culturas y la revolución científica, de 1959, con revisión en 1963, deploraba la falta de entendimiento entre intelectuales “literarios” e intelectuales “científicos”, aunque inclinando la balanza a favor de estos últimos. Defendía una “tercera cultura” de síntesis…

Que es lo que promueve en Estados Unidos un editor científico, John Brockman, pero, una vez más, ninguneando a los “literarios” y fomentando que los “empíricos” escriban sus propios libros de divulgación, dando a conocer la verdadera visión del cosmos y del hombre. En una entrevista que se puede leer en Internet, dice Brockman: “La Tercera Cultura está formada por personas del mundo empírico que utilizan las herramientas y los desarrollos de la ciencia para explicar qué y quiénes somos. La ciencia es la única noticia.” Así, sin más.

Una plataforma

En España se presentó en noviembre de 2008 una web con ese nombre de Tercera Cultura, para divulgar el gran mensaje. En ella se pueden leer cosas de este estilo: “Incluso las sociedades llamadas democráticas recuperan su compromiso con la fe revelada. Se habla, por ejemplo, de políticas basadas en la fe o de una laicidad positiva que desvirtúa el verdadero laicismo. (…) Líderes de la opinión pública, gobernantes e intelectuales llaman constantemente a prodigar un respeto por lo sagrado que a veces oculta miedo y servidumbre ante al terror”.

Se roza el ridículo cuando se afirma: “Auspiciados por líderes supuestamente progresistas, El Vaticano y Riad (Arabia Saudita) aúnan fuerzas en una nueva Santa Alianza contra el terrorismo, pero también contra el secularismo y los valores clásicos de la Ilustración. (…) Necesitamos liberar el proyecto de la Ilustración de la humillación teocrática”.

En la pomada española están, entre otros, Fernando Savater y Eduard Punset. No se acaba de aclarar si están a favor de ese “humanismo secular” que terceracultura.net defiende de este modo: “El humanismo secular es una corriente del pensamiento ético que pretende apoyarse en la ciencia y la razón crítica, como alternativa a la fundación trascendente o mística de los valores. El humanismo secular se funda en un compromiso con la vida humana cuyo sentido no radique en un ilusorio “más allá”, sino en el vínculo con las demás personas y en el conocimiento de la naturaleza”.

La compulsión de clasificar

De lo primero que hay que extrañarse es de la pervivencia de una antigua manía: la compulsión por clasificar y periodizar. Tiene eso una componente utópica, como en Gioacchino di Fiori (1132-1202), que dividió la historia en la edad del Padre, la del Hijo y, la futura y perfecta, la del Espíritu Santo. Cosa que se transforma, en el positivista siglo XIX, en la “ley de los tres estadios”, de Auguste Comte (1798-1857): estadio teológico, estadio metafísico y estadio científico o perfecto. Estadio científico: no dicen más Snow, ni Brockman ni los de la Tercera Cultura. La primera cultura, ya pasada, sería la religiosa, y mística; la segunda cultura, también ya depauperada, es la filosófica y literaria; pero la tercera cultura, radiante, definitiva y que todo lo explica, es la científica.

Para esta Tercera Cultura los verdaderos intelectuales son los científicos; no en vano ponen como frontispicio de la web la frase de Darwin de que “el conocimiento del babuino hará más por la metafísica que Locke”, lo que sólo demuestra que Darwin tenía una muy escasa idea de lo que es metafísica, además de ignorar que hay mejores metafísicas que la de Locke.

Seguir preguntando

En todos estos planteamientos la primera pregunta que surge es: ¿y ahí se acaba todo? ¿qué pasa con la cuarta edad, el cuarto estadio, la cuarta cultura? ¿Por qué no la quinta, ya que “no hay quinto malo”? ¿Quién tiene la capacidad de situarse por encima de la historia y decir el resumen de lo ocurrido a la vez que se vaticina el futuro? ¿Cómo saben ustedes que aquí se termina la historia y que no habrá más “estadios”?

No hay duda de que la ciencia experimental, las ciencias naturales aportan mucho al conocimiento del mundo, y del hombre, y que, gracias a sus aplicaciones, la vida humana ha mejorado de forma asombrosa; pero, por ejemplo, esas ciencias no tienen nada que decir ante la pregunta de qué sentido tiene la vida humana, por qué el corazón humano, conociendo el bien, se inclina tantas veces por el mal, por qué son masacrados inocentes, por qué sigue habiendo esclavos… A lo más que llegan esas ciencias es a afirmar que la vida humana es algo accidental en el Universo, que se dio por azar, donde el azar no es más que el nombre que ponemos a la ignorancia.

Modestos ante la historia

Además, ¿por qué enfrentar? Si somos modestos ante la historia, ambiciosamente modestos en nuestras pretensiones de verdad, sabiendo que cada puerta que abre la ciencia da lugar a otros muchos desconocimientos, lo racional y lo moral, lo humano, es no oponer unos conocimientos a otros, sino manejar, si se puede, toda la gama de posibilidades, todos los métodos, todas las aproximaciones a la verdad, a la bondad y a la belleza.

Hay dos tipos de espíritus, decía ya Pascal: el espíritu de geometría y el espíritu de finesse, o finura de espíritu. Es el primero el que encasilla, clasifica, racionaliza y, si se desvirtúa, puede llegar hasta lo patológico, excluye, condena. El segundo se da cuenta, como en Shakespeare, de que “hay más cosas entre el cielo y la tierra de lo que enseña, Horacio, tu filosofía” (o tu ciencia). La realidad, que nunca podrá será estudiada hasta sus últimas implicaciones, no tiene aristas rectas y rígidas, sino flecos. El racionalista no sabe qué hacer con ellos, pero el que posee el espíritu de finura ve en ellos los símbolos de algo más que lo inmediato; un algo más que se expresa tanto en el arte como en los primeros atisbos de la religión.

Estos de la Tercera Cultura no tienen la ocurrencia de atacar al arte, o de decir que está superado, porque exista una ciencia avanzada. Pero la toman en especial contra la religión, porque es ahí donde está el secreto de su apenas disimulado odio.

Siempre es triste ver la miopía autoproclamarse como la más profunda visión. Pero no hay peligro de que la religión sufra por estos cortos de vista de la Tercera Cultura. Como ya señaló Henri Bergson, la religión es algo que permanece porque “pertenece a la misma estructura del ser humano”.

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