Rusia: tras la explosión de religiosidad, el reflujo

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Duración lectura: 3m. 46s.

Larry Uzzell, norteamericano de ascendencia rusa y religión ortodoxa, es el nuevo director de Keston College, organización con sede en Oxford que desde hace décadas estudia la situación religiosa en los países del antiguo bloque soviético. En una entrevista concedida a The Catholic World Report (San Francisco, noviembre 1998) hace un repaso de la evolución de las Iglesias cristianas en Rusia desde la disolución de la URSS.

Las numerosas confesiones, bautismos y confirmaciones que siguieron al hundimiento de la URSS se han frenado, dice Uzzell. “Gran parte de ese fenómeno fue la satisfacción de lo que un economista llamaría una demanda reprimida. Por diversas razones, esa explosión ha pasado, y ahora podemos ver el grado de éxito que tuvo la secularización de Rusia emprendida por los bolcheviques: mucho mayor de lo que pensábamos a principios de esta década. (…) Los índices de asistencia a la iglesia son hoy en Rusia comparables a los de un país como Suecia. Menos del 5% de la población de origen ruso y menos del 5% de los polacos y demás católicos acuden con regularidad a los actos de culto. Igual ocurre, más o menos, con las otras religiones tradicionales en Rusia”.

Los protestantes venidos del extranjero no han tenido mejor fortuna. Aunque los misioneros evangélicos, procedentes en su mayoría de Estados Unidos, son muy activos y han llamado mucho la atención, a fin de cuentas han logrado pocas conversiones. “La mentalidad rusa es muy reticente al protestantismo, y en especial al protestantismo de estilo norteamericano -explica Uzzell-. Los rusos tienen una idea de la religión muy litúrgica, muy formal, muy estética. (…) Creo que, a largo plazo, la forma de protestantismo con más posibilidades en Rusia sería una especie de luteranismo, una variedad de protestantismo más litúrgica.

“Pero en Rusia, los luteranos, al igual que los católicos, tienen una desventaja: llevan una fuerte carga política. Cuando el ruso medio piensa en los luteranos, piensa en Alemania, con el enorme peso histórico que eso implica. Cuando el ruso medio piensa en los católicos, no piensa en el Filioque o en ninguna otra diferencia doctrinal entre el catolicismo y la ortodoxia: piensa en el ejército católico polaco que ocupó Moscú a principios del siglo XVII. Y recuerda esa invasión de modo tan vivo como si hubiera sido ayer”.

En cuanto a la Iglesia ortodoxa rusa, Uzzell destaca que la jerarquía apenas ha cambiado desde la era soviética. Los obispos actuales lo son porque en su día recibieron el placet del KGB. “En ese sentido, la Iglesia ortodoxa rusa, en los niveles jerárquicos superiores, es probablemente la institución más soviética que queda en Rusia. (…) Hay muchas cosas positivas en el ámbito de las parroquias: catequesis, beneficencia, etc. Pero en la jerarquía subsiste una mentalidad hondamente arraigada. Son personas que se comportan como si fueran funcionarios, que en realidad no ven diferencia entre ser obispo y ser el responsable de un ministerio o de un organismo oficial”.

Uzzell cree que la unión entre católicos y ortodoxos está aún lejos. Una razón poderosa, a su juicio, es que ninguna de las dos Iglesias tiene la necesaria unidad interna. “Cuando los católicos intentan dialogar con los ortodoxos, se encuentran sin interlocutor claro. ¿Con quién están dialogando: con Moscú o con Constantinopla? Hay tantas discrepancias dentro del ámbito ortodoxo, que mientras no se diriman y la ortodoxia no presente un frente único, los católicos no podrán alcanzar ningún acuerdo duradero. Si una parte de la ortodoxia llegara a encontrar un lenguaje común con Roma, el resultado sería el mismo que el del Concilio de Florencia, hace quinientos años: sólo un nuevo cisma en la Iglesia ortodoxa”.

De modo paralelo, opina Uzzell, “el catolicismo tiene que decidir si es la Iglesia de Juan Pablo II o la Iglesia de las monjas liberales de California. En muchos aspectos, si uno desciende un par de escalones desde la autoridad suprema de la Iglesia católica -especialmente en Europa occidental y en Norteamérica-, encuentra una institución menos tradicional que al inicio del pontificado de Juan Pablo II. Esa crisis de identidad en el interior de la Iglesia católica hace que resulte difícil a los ortodoxos hacerse idea de con quién dialogan”.

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