“Fratelli tutti”: un elevado concepto de la solidaridad y de la política

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Giacomo Conti (1813-1888), “La parábola del buen samaritano”

Giacomo Conti (1813-1888), “La parábola del buen samaritano”

 

La nueva encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social, propone un ideal muy alto. Y sugiere vías para ir realizándolo en los distintos ámbitos de la convivencia, del local al internacional, por medio de actitudes personales y en particular, de la política.

Como la encíclica anterior, Laudato si’, también esta es de doctrina social y toma el título de una expresión de S. Francisco de Asís, en quien se inspira. También parte de la Declaración de Abu Dabi (“Documento sobre la fraternidad humana, por la paz mundial y la convivencia común”), que el Papa firmó el año pasado junto con el Gran Imán Ahmad Al Tayyeb. Y toma pie también de la pandemia de covid-19, que se declaró cuando Francisco estaba redactando el texto.

El Papa señala que en Fratelli tutti vuelve a proponer ideas que ha expresado ya repetidas veces, pero ahora situándolas en un contexto más amplio. En efecto, gran parte del documento consiste en fragmentos de escritos y alocuciones suyas. Aquí reproducimos palabras del Papa en la encíclica sin precisar si son nuevas o citas de textos anteriores.

La encíclica, de unas 155 páginas en formato libro, consta de ocho capítulos. Resumimos con cierta amplitud los capítulos V y VI, y más condensadamente los restantes.

Sombras y esperanza

El cap. I (“Las sombras de un mundo cerrado”) se detiene en las tendencias que en el mundo actual son contrarias a la fraternidad humana. Entre otras, considera los nacionalismos cerrados, el rechazo a los inmigrantes, el individualismo, la polarización, las guerras… Pero en la pandemia se han manifestado también de manera extraordinaria las energías de las personas para el bien, en tantos comportamientos solidarios y heroicos (n. 54). De manera que sería un engaño rendirse pensando que no hay remedio (n. 75), pues tenemos motivos de esperanza (n. 77).

El cap. II (“Un extraño en el camino”) es una meditación de la parábola del buen samaritano, que sirve de guía para reflexionar acerca de las actitudes en que se manifiesta la fraternidad.

El cap. III (“Pensar y gestar un mundo abierto”) destaca lo que la fraternidad aporta a la libertad y a la igualdad. Sin fraternidad, que lleva a la ayuda mutua y al diálogo, “la libertad enflaquece, resultando así más una condición de soledad, de pura autonomía” (n. 103). “Tampoco la igualdad se logra definiendo en abstracto que ‘todos los seres humanos son iguales’, sino que es el resultado del cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad” (n. 104).

La actividad de los empresarios es “una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos”

Francisco recuerda, a propósito de esto, uno de los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia: el destino universal de los bienes, del que se deriva el de la función social de la propiedad. Lo afirma con palabras de Juan Pablo II en Centesimus annus (n. 31) y añade: “El derecho a la propiedad privada solo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad” (n. 120).

Más adelante, subraya “el sentido positivo que tiene el derecho de propiedad: cuido y cultivo algo que poseo, de manera que pueda ser un aporte al bien de todos” (n. 143). Por la misma razón, elogia la “actividad de los empresarios”, que describe como “una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos”.

Inmigrantes

El cap. IV (“Un corazón abierto al mundo entero”) trata principalmente de las migraciones y la cooperación internacional.

La fraternidad con los inmigrantes se expresa en unos esfuerzos que Francisco resume en cuatro verbos: “acoger, proteger, promover e integrar” (n. 129), y propone concretarla en medidas como “incrementar y simplificar la concesión de visados”; “abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables”; dar a los inmigrantes “libertad de movimiento y la posibilidad de trabajar”; “favorecer la reagrupación familiar”, etc. (n. 130).

Hay una fraternidad entre pueblos. Francisco subraya que “la ayuda mutua entre países en realidad termina beneficiando a todos” (n. 137), y esto es más cierto que nunca en “un mundo tan conectado por la globalización” (n. 138). Ahora bien, su planteamiento no es meramente utilitarista: como en las relaciones interpersonales, también en el ámbito internacional la solidaridad incluye gratuidad. “La verdadera calidad de los distintos países del mundo se mide por esta capacidad de pensar no sólo como país, sino también como familia humana” (n. 141).

Populismo y liberalismo

El cap. V (“La mejor política”) comienza con una crítica del populismo y el liberalismo actuales. “El desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos” (n. 155).

El carisma de un líder popular “deriva en insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder”. O bien, cuando “busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población” (n. 159).

La política “es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”

“Otra expresión de la degradación de un liderazgo popular es el inmediatismo. Se responde a exigencias populares en orden a garantizarse votos o aprobación, pero sin avanzar en una tarea ardua y constante que genere a las personas los recursos para su propio desarrollo, para que puedan sostener su vida con su esfuerzo y su creatividad” (n. 161). Ganarse el favor y los votos repartiendo subvenciones no es solución: “Ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo” (n. 162).

Por su parte, el liberalismo individualista tiende a despreciar la categoría de pueblo –con los vínculos comunitarios que implica–, porque ve la sociedad como “una mera suma de intereses que coexisten” (n. 163). Así, la fraternidad se desdibuja en las “visiones liberales que ignoran este factor de la fragilidad humana, e imaginan un mundo que responde a un determinado orden que por sí solo podría asegurar el futuro y la solución de todos los problemas” (n. 167).

Pero “el mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal”. Hace falta una “política económica activa”, a fin de “promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial”, en vez de la especulación financiera. Además, “sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica” (n. 168).

La nobleza de la política

Francisco es consciente de la mala fama que en muchos países tiene la política, e insiste en una llamada a rehabilitarla, pues “es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (n. 180). “La política es más noble que la apariencia, que el marketing, que distintas formas de maquillaje mediático” (n. 197). “El político es un hacedor, un constructor con grandes objetivos, con mirada amplia, realista y pragmática, aún más allá de su propio país” (n. 188).

Para Francisco, la política es operante: “Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. (…) Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política” (n. 186).

La política es un trabajo generoso y paciente, que se dirige a metas altas más que a resultados inmediatos. “Los grandes objetivos soñados en las estrategias se logran parcialmente” (n. 195). El gobernante muestra una “gran nobleza” cuando es “capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra” (n. 196).

“Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo”

Francisco tiene también una concepción elevada de la negociación y el compromiso en política. Hay que saber suscitar la colaboración de otros, dar espacio a los diversos puntos de vista. El que gobierna “está llamado a renuncias que hagan posible el encuentro, y busca la confluencia al menos en algunos temas”. Eso es más que una conciliación de intereses: “Es un intercambio de ofrendas en favor del bien común. Parece una utopía ingenua, pero no podemos renunciar a este altísimo objetivo” (n. 190).

Diálogo en busca de la verdad

Esta forma de buscar el entendimiento se amplía en el cap. VI (“Diálogo y amistad social”) a todo el ámbito de la vida social. “Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo” (n. 199). La pena es que “la resonante difusión de hechos y reclamos en los medios, en realidad suele cerrar las posibilidades del diálogo, porque permite que cada uno mantenga intocables y sin matices sus ideas, intereses y opciones con la excusa de los errores ajenos”. Así, “prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso”. Y semejante táctica, “habitual en el contexto mediático de una campaña política, se ha generalizado de tal manera que todos lo utilizan cotidianamente” (n. 201).

Frente a eso, el Papa invita a todos a recuperar la amabilidad. “El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes” (n. 224).

“La inteligencia humana puede ir más allá de las conveniencias del momento y captar algunas verdades que no cambian, que eran verdad antes de nosotros y lo serán siempre”

Ahora bien, el diálogo auténtico no es cuestión solo de buenos modales: es necesario que esté presidido por la busca sincera de la verdad. El Papa insiste en que, si se renuncia a la verdad, se da la primacía a la fuerza. Por eso advierte: “El relativismo no es la solución. Envuelto detrás de una supuesta tolerancia, termina facilitando que los valores morales sean interpretados por los poderosos según las conveniencias del momento” (n. 206). A propósito de esto, Francisco cita la encíclica Veritatis splendor (n. 96) de Juan Pablo II: “No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales” (n. 209).

Valores morales permanentes

La verdad no se reduce a hechos. “Es ante todo la búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes. Esto supone aceptar que la inteligencia humana puede ir más allá de las conveniencias del momento y captar algunas verdades que no cambian, que eran verdad antes de nosotros y lo serán siempre. Indagando la naturaleza humana, la razón descubre valores que son universales, porque derivan de ella” (n. 208).

En cambio, si la ética y la política se asimilan a la física, “no existen el bien y el mal en sí, sino solamente un cálculo de ventajas y desventajas”. En tales condiciones, no hay verdadero diálogo, sino “un consenso superficial y negociador” que lleva a la degradación a base de “nivelar hacia abajo” (n. 210). Ante eso, Francisco subraya que el diálogo está para descubrir la verdad, no para crearla. “En la realidad misma del ser humano y de la sociedad, en su naturaleza íntima, hay una serie de estructuras básicas que sostienen su desarrollo y su supervivencia. De allí se derivan determinadas exigencias que pueden ser descubiertas gracias al diálogo, si bien no son estrictamente fabricadas por el consenso”. Por tanto, “no es necesario contraponer la conveniencia social, el consenso y la realidad de una verdad objetiva”: los tres elementos “pueden unirse armoniosamente cuando, a través del diálogo, las personas se atreven a llegar hasta el fondo de una cuestión” (n. 212).

La permanencia de los valores morales, fundada en la naturaleza humana, anota el Papa, “no establece un fijismo ético ni da lugar a la imposición de algún sistema moral, puesto que los principios morales elementales y universalmente válidos pueden dar lugar a diversas normativas prácticas” (n. 214). De ahí que siempre haya espacio para el diálogo.

Trabajar por la paz

“La paz social es trabajosa, artesanal”, dice Francisco hacia el final del cap. VI. Esto se aplica al tema del cap. VII (“Caminos de reencuentro”), sobre la memoria histórica, la reconciliación y el perdón.

Para hacer justicia y restañar las heridas del pasado, hace falta un trabajo paciente por la paz, que ponga en el centro a las víctimas pero no busque venganza; condición para ello es que se reconozca la verdad (n. 226).

A la vez, perdonar no es dejar pasar: es necesario impedir que los agresores vuelvan a hacer daño (n. 241). Y hay que saber que el perdón es libre: ni depende de que el ofensor se arrepienta, ni puede ser impuesto a la víctima (n. 246).

Perdonar es no dejarse dominar por el mal, renunciar a la venganza; pero no es olvidar (n. 251). Con los crímenes pasados no basta “pasar página”: hay que conservar la memoria de los horrores, y no solo los de una parte (n. 253); y también es necesario recordar a aquellos que resistieron al mal (n. 249).

En el mismo capítulo, Francisco trata de la guerra y de la pena de muerte. Aunque subsiste el derecho a defenderse de una agresión militar con los mismos medios, señala que hoy está prácticamente excluido el caso de que un país pueda iniciar una “guerra justa”, por la desproporción de los daños que causan las armas y métodos actuales (n. 258).

Sobre la pena de muerte, recuerda lo que Juan Pablo II afirmó en la encíclica Evangelium vitae (n. 56) y fue recogido luego en el Catecismo de la Iglesia católica. “No es posible pensar en una marcha atrás con respecto a esta postura –dice Francisco–. Hoy decimos con claridad que ‘la pena de muerte es inadmisible’ y la Iglesia se compromete con determinación para proponer que sea abolida en todo el mundo” (n. 263). También anota que “la cadena perpetua es una pena de muerte oculta” (n. 268), al excluir la posibilidad de rehabilitación.

La religión no es violenta

El cap. VIII y último (“Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo”) alienta al entendimiento entre los creyentes, pero –como advirtió con respecto a la busca del consenso social– precisa que el diálogo interreligioso no es sincretismo (n. 282). Como todos han de poder mantener y ver respetadas sus propias convicciones, es imprescindible la libertad religiosa efectiva: “Los cristianos pedimos que, en los países donde somos minoría, se nos garantice la libertad, así como nosotros la favorecemos para quienes no son cristianos allí donde ellos son minoría” (n. 279).

Finalmente, la encíclica remite al Documento de Abu Dabi, para reiterar que las religiones no incitan a la violencia ni la justifican. Quienes invocan la fe para agredir a otros se desvían de las enseñanzas religiosas, y las interpretan torcidamente en favor de fines espurios.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares