Pío XII y los niños judíos

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Roma. La polémica periodística acompaña desde hace años, con una regularidad que sorprende, el proceso de beatificación de Pío XII. El último episodio no tuvo por tema sus silencios sobre el Holocausto, sino las “escalofriantes órdenes” que transmitió en 1946 al nuncio en París, Mons. Angelo Roncalli (futuro Juan XXIII), a propósito de los niños judíos que recibieron el bautismo en el seno de las instituciones o familias católicas que los acogieron durante la persecución nazi en Francia.

El debate lo desencadenó el historiador Alberto Melloni al publicar en “Corriere della Sera” (28-12-2004) un “extraordinario documento” inédito, encontrado en un archivo francés. Un texto del Santo Oficio que afirmaba, en síntesis, que los niños bautizados no se entregarían a instituciones que no garantizaran su educación cristiana. El punto más crítico decía: “Si los niños han sido confiados [a la Iglesia] por sus padres y los padres ahora los reclaman, se les podrán entregar siempre y cuando los niños no hayan recibido el bautismo”. El historiador glosó el texto subrayando que Roncalli no siguió esas instrucciones y favoreció la vuelta casa de los pequeños. No se dice explícitamente, pero se da a entender que los sentimientos del futuro “Papa bueno” -amigo de los judíos- se rebelaron contra la burocrática e inhumana teología del antisemita Papa Pacelli.

El documento dio la vuelta al mundo y fue publicado por numerosos diarios con títulos como “Salvar a niños judíos, pero ¿a qué precio? Apunte vaticano confirma el rechazo a devolver refugiados bautizados” (“The New York Times”, 9-01-2005). La conclusión de algunos de los participantes en el debate periodístico era neta: ante un documento tan horroroso: la Iglesia no puede beatificar a Pío XII, un Papa que ordenó no devolver a sus familias los niños judíos bautizados. Daniel Jonah Goldhagen llegó a calificar de criminal el comportamiento de la Iglesia de entonces y de ahora (“Corriere della Sera”, 4-01-2005). Al margen de esas y otras pocas muestras de fanatismo, el tono de la polémica fue serio y respetuoso.

Al final salió a la luz que el texto incriminado era parcial, no provenía del Santo Oficio, y tenía un sentido contrario al sugerido por Melloni. Pero, como suele suceder en estos casos, la publicación del documento completo -llevada a cabo por otro diario (“Il Giornale”, 11-01-2005)- tuvo mucho menos eco. Al texto francés divulgado en un primer momento se añadían otros dos folios en italiano, en los que sí consta la procedencia de Roma (mientras que el anterior probablemente fue elaborado por la nunciatura de París). En la nota italiana no aparece la frase polémica mencionada en el apunte francés, sino que se dice textualmente: “Otra cosa sería si los niños fueran solicitados por los parientes”. Una frase que cabe interpretar como si el Santo Oficio indicara que las dificultades se debían plantear no a las familias sino a las organizaciones judías que solicitaban -sin vínculos de parentesco- a los niños. (La documentación se puede consultar en www.vaticanfiles.net).

La prensa y la investigación histórica tienen ritmos distintos. El ansia de “scoop” periodístico llevó al historiador no solo a usar un lenguaje demasiado emotivo sino también a descuidar algunas normas de prudencia profesional, más necesarias si cabe en un tema tan delicado. Publicar un fragmento sin un mínimo análisis crítico ha provocado que al ya abundante imaginario sobre la actuación del Papa Pacelli se añada ahora el espectro de ladrón de niños. Es muy probable que, entre miles de niños salvados y luego devueltos a sus familias de origen, existan algunos casos controvertidos a propósito de la restitución de los niños bautizados. Pero si algo demuestra el documento es que fueron muchos los judíos que se refugiaron en instituciones católicas durante la Segunda Guerra Mundial, y que Pío XII estaba bien al tanto de la situación. Un dato que estorba, pues no cuadra con la imagen de un Papa antisemita.

Diego Contreras

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