No estropearás la creación

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Duración lectura: 4m. 5s.

La Conferencia Episcopal de Canadá quiere promover un nuevo debate nacional sobre el ecologismo, a partir de las últimas enseñanzas de la Iglesia católica. Publicada el 8 de abril, la declaración “Building a New Culture: Central Themes in Recent Church Teaching on the Environment” recoge ocho principios extraídos del magisterio de Benedicto XVI y Juan Pablo II.

El ecologismo integral que propone la Iglesia se orienta “a reforzar la alianza entre el ser humano y el medio ambiente, que debe reflejar el amor creador de Dios” (Benedicto XVI). Dada la armonía natural que existe en la creación, los obispos canadienses entienden que la preocupación por el medio ambiente ayuda a comprender mejor otras exigencias morales como el respeto a la vida humana, a la naturaleza del matrimonio y a los más vulnerables de la sociedad.

“Alcanzar una visión comprensiva del designio de Dios sobre la creación y del lugar adecuado que ocupan los seres humanos en la creación hace posible captar la interrelación que hay en diferentes cuestiones morales”, dice Donald Bolen, obispo de Saskatoon y miembro de la Comisión por la Justicia y la Paz de la Conferencia Episcopal, encargada de la redacción del documento.

La preocupación por el medio ambiente ayuda a comprender mejor otras exigencias morales como el respeto a la vida humana o el matrimonio

La declaración no sugiere soluciones técnicas concretas, sino que se mueve en el terreno de los principios. Los obispos proponen un marco de reflexión con el que pretenden alentar a los laicos para que se impliquen en los debates públicos sobre el medio ambiente.

El hombre no es una especie más
Frente a algunos activistas del ecologismo que ven al ser humano como una especie más entre otras, el primer principio de la declaración afirma que “los seres humanos son criaturas hechas a imagen de Dios”. Esto les confiere una dignidad inestimable entre otras criaturas, pero a la vez les compromete a respetar la creación como un don de Dios a toda la humanidad.

El segundo principio afirma la capacidad del ser humano para reconocer un “orden intrínseco” y una ley natural en la creación. Como dijo Juan Pablo II, “la ley inscrita por Dios en la naturaleza y que puede descubrirse por medio de la razón conduce al respeto del designio del Creador, un designio que está ordenado al bien del hombre. Esa ley establece cierto orden intrínseco que el hombre encuentra y que debe conservar. Cualquier actividad que se oponga a ese orden daña inevitablemente al hombre mismo”.

La ley inscrita por Dios en la naturaleza y que puede descubrirse por medio de la razón conduce al respeto del designio del Creador

El tercer principio recoge la enseñanza de Benedicto XVI sobre la “ecología humana” (cfr. Aceprensa, 23-12-2008 y 9-02-2010). Puesto que “la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios”, el hombre ha de “escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente” para reconocer lo que es justo. El ecologismo que defiende el Papa emérito es inseparable “del respeto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, de la defensa de la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, y de una auténtica defensa de los excluidos y marginados de la sociedad”.

Cuidar el mundo para las futuras generaciones
Otro bloque de principios se deriva de la relación del hombre con sus semejantes y la creación. Dado que el medio ambiente no le pertenece, el hombre está llamado a “administrarlo de forma responsable” y a buscar los recursos necesarios para que todo el mundo pueda vivir con dignidad. En esta administración, se ha de tener en cuenta que la protección del medio ambiente “no es solamente un asunto económico o tecnológico: sobre todo es moral”. De ahí que el principio de “solidaridad” (que incluye la preocupación por las futuras generaciones) deba primar sobre el cálculo utilitarista.

El séptimo principio, “creación y espiritualidad”, invita a levantar la mirada a Dios para adorarle y darle gracias por la belleza de lo creado. “Para el creyente –explica Juan Pablo II–, contemplar la creación supone también escuchar un mensaje, escuchar una voz paradójica y silenciosa… La naturaleza se convierte entonces en un evangelio que nos habla de Dios”.

Finalmente, el octavo principio hace un llamamiento a la acción para que los líderes políticos protejan el medio ambiente con medidas concretas, en un clima de “cooperación internacional” y “responsabilidad financiera”, de modo que los costes de implementar las políticas recaigan primordialmente en los Estados que son responsables de haber creado el problema.