Mons. Rino Fisichella: “Una antropología cristiana no puede prescindir de la llamada del hombre a la santidad”

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Entrevista

Pamplona. Mons. Rino Fisichella es rector de la Universidad Pontificia del Laterano y presidente del Instituto Juan Pablo II para el Estudio del Matrimonio y la Familia. Ha ofrecido la conferencia de apertura del V Simposio Internacional Fe cristiana y Cultura contemporánea, “Cristianismo en una cultura postsecular” (Pamplona, 20-21 de octubre), que organiza anualmente el Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra.

— Algunos ven en la proliferación de movimientos como el espiritualismo esotérico o la New Age un resurgir del sentido religioso; otros, por el contrario, ven aquí una peligrosa “religión sin Dios”. ¿Cómo valora Ud. la presencia de estos movimientos?

— Esto muestra, en efecto, que hay en el hombre de hoy una búsqueda de lo sagrado y del sentido religioso de la existencia. El hombre, pese al movimiento de la modernidad en el sentido contrario, es esencialmente religioso, está llamado a la comunión con Dios, y esta religiosidad aflora pese a todo. Pero estos movimientos hay que orientarlos adecuadamente. En ellos prima la emotividad, y en lugar de ser un encuentro del hombre con Dios, es el sueño del hombre con la ilusión de Dios, con una proyección humana de Dios. Sólo en Cristo puede el hombre encontrarse con Dios, y para ello el hombre ha de salir de sí, de sus ensoñaciones, al encuentro de una verdad que no está hecha a su medida, pero que colma todas sus aspiraciones. Esto es lo que la Iglesia ha de proclamar.

— En una reciente intervención, Ud. afirmó que “la teología es misionera por definición”. La imagen que da la teología es sin embargo muy diferente, como un ámbito de erudición alejado del cristiano de a pie.

— La teología es un elemento esencial para la vida de la fe y de la Iglesia, pues es lo que hace que, hasta cierto punto, entendamos lo que creemos, y permite así que el acto de fe sea máximamente libre. La teología tiene que empapar la vida de todo cristiano. Cierto que hay varios niveles de teología, con mayor o menor grado de cientificidad. Porque la teología es ciencia, ciencia de la fe, pero ciencia. Y esto le permite dialogar con otras ciencias.

La teología es comprensión, mediación de la fe con la inteligencia. Los cristianos han de hacerla suya, para poder profundizar en los misterios de la fe, pero también para “dar razón de su esperanza” a quienes no creen, y poder también confrontar la fe con los progresos de la ciencia y la cultura. La teología es misionera porque es parte de la Iglesia, y puede ayudar mucho a la Iglesia a presentar la fe a quienes no creen. La teología está al servicio de la evangelización, y no al revés, y ha de asumir los problemas y dilemas del hombre actual, para darles una respuesta no prefabricada, sino proveniente de una constante profundización en la fe.

— A la vez, parece que urge también disponer de una antropología cristiana, que facilite el diálogo con las culturas. ¿Esta antropología cristiana, está ya elaborada, o está sólo en germen?

— La Iglesia, desde su origen, siempre ha formulado una visión del hombre. Los Evangelios nos presentan la antropología del hombre nuevo, y qué le ocurre al hombre cuando se aleja de Dios. En las Escrituras tenemos los elementos y las directrices para elaborar una antropología cristiana, cuyo núcleo es que el hombre es imagen de Dios. Esto tiene unas implicaciones teológicas y antropológicas decisivas. Nos habla, ante todo, de la capacidad del hombre de superar sus limitaciones con la gracia, que va configurando y perfeccionando esa imagen; pero, a la vez, nos hace tomar conciencia de nuestra limitación, de que somos imagen de Dios, no Dios.

Los Padres de la Iglesia han explicitado en gran medida esta antropología cristiana. Pensemos por ejemplo en San Agustín. En el pensamiento de la patrística está acumulada una gran riqueza, como lo está en la Escolástica, en santo Tomás, riqueza que ha de ser recuperada y aplicada en la elaboración actual de una antropología cristiana.

Me parece, sin embargo, que lo decisivo para la antropología cristiana es la vida de los santos, y hay que tenerlo presente al elaborar una antropología cristiana. No se puede pensar una antropología o una ética cristiana que prescinda de la llamada del hombre a la santidad. Esto es algo constitutivo en el hombre. Los santos hacen visible, presente, la vida de Dios y de la gracia. La vocación a la santidad no es algo añadido al hombre, es la vocación humana misma, la vocación a ser plenamente hombre. El hombre es la posibilidad de la comunión con Dios. Éste es el núcleo del cristianismo, y el núcleo, a mi parecer, de la antropología y la ética cristianas.

Me parece importante que en una universidad haya un Instituto de Antropología y Ética -como ocurre aquí en Navarra-, porque permite a las demás facultades articular una visión unitaria desde la antropología y la ética cristiana, pero también a la inversa, porque permite dar mayor cohesión a la antropología y a la ética desde otras especialidades. Los diversos saberes se encuentran hoy muy dilatados y fragmentados. En este sentido, buscar la unidad del saber desde la antropología y desde el comportamiento del hombre, la ética, me parece una intuición muy original y un proyecto muy importante, que ha de ir consolidándose científicamente.

David Armendáriz Moreno

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares