Mirar a los santos para enriquecer la teología

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Duración lectura: 13m. 36s.

Simposio teológico sobre las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá
Roma. El imprescindible trabajo científico de los teólogos es siempre relativo a la experiencia real de los santos, que han alcanzado las altas cumbres de la intimidad divina. Esta reflexión del Card. Ratzinger enmarca el simposio teológico que ha tenido lugar en Roma, del 12 al 14 de octubre, en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. El objetivo de este encuentro teológico, organizado por el Ateneo Romano de la Santa Cruz, era ofrecer una aportación científica para profundizar en el mensaje del Fundador del Opus Dei, en el marco de las celebraciones que siguieron a su beatificación.

Durante los tres días de la reunión, los ponentes dirigieron su atención a tres temas generales de especial importancia en el mensaje del Beato Josemaría Escrivá: la vocación a la santidad, la vida espiritual y la santificación del mundo.

Los ponentes principales fueron los profesores Fernando Ocáriz, del Ateneo Romano de la Santa Cruz; William May, del Instituto Pontificio Juan Pablo II para la Familia (Washington); Georges Cottier, secretario de la Comisión Teológica Internacional y teólogo de la Casa Pontificia; Jutta Burggraf, del Instituto Internacional de Estudios sobre Matrimonio y Familia (Kerkrade, en Holanda); Antonio Aranda y José Luis Illanes, de la Universidad de Navarra; Giuseppe Dalla Torre, rector de la Universidad LUMSA (Roma); y Jean-Luc Chabot, de la Universidad de Ciencias Sociales de Grenoble (Francia). Cada una de las jornadas concluyó con una mesa redonda en la que intervinieron otros profesores.

Ámbitos por explorar

El simposio se abrió con el saludo de Mons. Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei y Gran Canciller del Ateneo Romano de la Santa Cruz, y el mensaje inaugural del Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En su saludo a los participantes, Mons. Álvaro del Portillo puso de relieve que si bien han sido numerosos los ensayos publicados sobre la figura y doctrina del Fundador del Opus Dei, aún falta perspectiva histórica para advertir todas las implicaciones intelectuales y teológicas de su mensaje espiritual.

En este sentido, añadió, “las enseñanzas centrales de Mons. Josemaría Escrivá son hoy universalmente conocidas, y algunas han sido acogidas en solemnes declaraciones del Magisterio de la Iglesia. Pero, en su mayor parte, esas enseñanzas se refieren a ámbitos que la teología apenas ha comenzado a explorar”.

El Prelado del Opus Dei manifestó que “acogiendo el deseo del Comité Organizador, elaboraré con mucho gusto una amplia Presentación de las Actas que se publicarán, para ofrecer allí mis reflexiones sobre los temas del simposio”.

En las palabras de saludo pronunciadas al iniciar la audiencia con el Papa, Mons. del Portillo dijo que las jornadas de estudio han puesto de relieve la luz que el mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei proyecta “sobre la comprensión teológica de la vocación cristiana; sobre la llamada que cada cristiano recibe para santificar su propia existencia, consciente del don de la filiación divina y con espíritu de generosa entrega a todos los hombres, en particular a aquellos material o espiritualmente más necesitados”.

El Prelado del Opus Dei añadió que las aportaciones de los trabajos del simposio “han confirmado nuestra persuasión sobre el relieve histórico de la figura del Fundador del Opus Dei y han dado un nuevo impulso a nuestro deseo de continuar difundiendo en la Iglesia los frutos de un carisma fundacional cuya fecundidad aparece ya tangible en tantas partes del mundo y en todos los sectores de la sociedad”. También agradeció al Pontífice la reciente encíclica Veritatis splendor y expresó su felicitación por los quince años de pontificado, que Juan Pablo II cumplía dos días después.

Diego ContrerasJuan Pablo II: Josemaría Escrivá, uno de los grandes testigos del cristianismoEn la audiencia que concedió el 14 de octubre a los quinientos participantes en el simposio, Juan Pablo II pronunció un discurso que traducimos en parte.

La historia de la Iglesia y del mundo se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo, que, con la libre colaboración de los hombres, dirige todos los acontecimientos hacia el cumplimiento del designio salvífico de Dios Padre. Manifestación evidente de esta Providencia divina es la constante presencia a través de los siglos de hombres y mujeres, fieles a Cristo, que iluminan con su vida y su mensaje las diversas épocas de la historia. Entre estas figuras insignes ocupa un puesto eminente el Beato Josemaría Escrivá, el cual, como tuve ocasión de subrayar el día solemne de su beatificación, ha recordado al mundo contemporáneo la llamada universal a la santidad y el valor cristiano que puede asumir el trabajo profesional en las circunstancias ordinarias de cada uno.

La acción del Espíritu Santo tiene como fin, además de la santificación de las almas, la constante renovación de la Iglesia, para que pueda conseguir eficazmente la tarea que Cristo le ha confiado. En la historia reciente de la vida eclesial este proceso renovador tiene un punto de referencia fundamental: el Concilio Vaticano II, durante el cual la Iglesia, reunida en asamblea en las personas de sus Obispos, ha reflexionado nuevamente sobre el núcleo de su misterio para poder anunciar el Evangelio al mundo de forma que pueda influir decisivamente en la vida de los hombres, en las culturas, en los pueblos.

Los trabajos conciliares, y los documentos que de ellos nacieron, han tenido como característica común la plena conciencia de la salvación operada y obtenida por Cristo. De ahí deriva el sentido de misión que ponen de relieve los textos de la reunión ecuménica y de todo el magisterio sucesivo: este sentido de misión al que me he referido recientemente en la Carta Encíclica Veritatis splendor.

Su contribución al Vaticano II

La profunda conciencia con la que la Iglesia actual advierte que está al servicio de una redención que concierne a todas las dimensiones de la existencia humana ha sido preparada, bajo la guía del Espíritu Santo, con un gradual progreso intelectual y espiritual. El mensaje del Beato Josemaría, al que habéis dedicado las jornadas de vuestro Congreso, constituye uno de los impulsos carismáticos más significativos en esta dirección, que parte precisamente de una toma de conciencia singular de la fuerza irradiadora universal que posee la gracia del Redentor.

En una de sus homilías, el Fundador del Opus Dei observaba: “No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica (…) no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte” (Es Cristo que pasa, n. 112).

Sobre la base de esta viva convicción, el Beato Josemaría invitó a los hombres y a las mujeres de las más diversas condiciones sociales a santificarse y a cooperar en la santificación de los demás, santificando la vida ordinaria. En su actividad sacerdotal, percibía en profundidad el valor de cada alma y el poder que tiene el Evangelio para iluminar las conciencias y despertar un serio y operativo compromiso cristiano en la defensa de la persona y de su dignidad. El Beato escribía en Camino: “Estas crisis mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres ‘suyos’ en cada actividad humana. -Después… ‘Pax Christi in regno Christi’. -La paz de Cristo en el reino de Cristo” (n. 301).

“Perseverar en ese apostolado”

¡Qué fuerza tiene esta doctrina ante la ardua pero atractiva tarea de la nueva evangelización a la que está llamada toda la Iglesia! En vuestro Congreso habéis tenido la oportunidad de reflexionar sobre diversos aspectos de esta enseñanza espiritual. Os invito a continuar en esta tarea, porque Josemaría Escrivá de Balaguer, como otras grandes figuras de la historia contemporánea de la Iglesia, puede ser fuente de inspiración también para el pensamiento teológico. En efecto, la investigación teológica, que desarrolla una mediación imprescindible en las relaciones entre la fe y la cultura, progresa y se enriquece acudiendo a la fuente de los Evangelios, con el impulso de la experiencia de los grandes testigos del cristianismo, entre los que se encuentra sin duda el Beato Josemaría.

No podemos olvidar, por otra parte, que la importancia de la figura del Beato Josemaría Escrivá se desprende no sólo de su mensaje sino también de la realidad apostólica a la que ha dado vida. En los sesenta y cinco años transcurridos desde su fundación, la Prelatura del Opus Dei, unidad indisoluble de sacerdotes y laicos, ha contribuido a hacer resonar en muchos ambientes el anuncio salvador de Cristo. Como Pastor de la Iglesia universal me llegan los ecos de este apostolado, en el que animo a perseverar a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei, en fiel continuidad con el espíritu de servicio a la Iglesia que siempre inspiró la vida del Fundador.

Card. Ratzinger: El teólogo y el testimonio de los santosEn el simposio se leyó el mensaje inaugural del Card. Joseph Ratzinger. Fue una reflexión sobre la teología y los santos, aplicada después al mensaje espiritual del Beato Josemaría Escrivá. Traducimos algunos párrafos.

El teólogo debe ser hombre de ciencia, pero también, y precisamente en cuanto teólogo, hombre de oración. Debe estar atento no sólo a la marcha de la historia y al desarrollo de las ciencias, sino también -y todavía más- al testimonio de quien, después de haber recorrido hasta las últimas consecuencias el camino de la oración, ha alcanzado, estando todavía sobre la tierra, las altas cimas de la intimidad divina. Es decir, al testimonio de cuantos, en el lenguaje ordinario, indicamos con el calificativo de santos. Los santos dan testimonio de que la comprensión de Dios es el punto de referencia del pensamiento teológico, punto que garantiza su precisión. El trabajo de los teólogos es, en este sentido, siempre “secundario”, relativo a la experiencia real de los santos. (…)

Es oportuno, mejor todavía, necesario, que en cuanto teólogos escuchemos la palabra de los santos para recoger su mensaje. Un mensaje que es múltiple, porque los santos son distintos y cada uno ha recibido su carisma particular; pero al mismo tiempo unitario, porque todos los santos nos remiten al único Cristo: nos unen a Él y nos ayudan a profundizar en su riqueza.

En esta sinfonía múltiple y unitaria en la que, como habría dicho Möhler, consiste la tradición cristiana, ¿qué acento aporta el Beato Josemaría Escrivá? ¿Qué impulso, por tanto, recibe la teología de su luz? No me toca a mí responder ahora a estas preguntas: los relatores del simposio aportarán sus reflexiones personales, a las que se unirán las de todos aquellos que, participando del espíritu del Beato Josemaría Escrivá y en conexión con su mensaje, se dediquen a la enseñanza y a la investigación teológica con el pasar de los años.

Un Cristo cercano

Hay, sin embargo, una realidad que salta a los ojos apenas uno se asoma a la vida de Mons. Escrivá o entra en contacto con sus escritos: un sentido muy vivo de la presencia de Cristo. “Enciende tu fe. -No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive! ‘Iesus Christus, heri et hodie: ipse et in saecula’ -dice San Pablo-. ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!”, escribe en Camino (n. 584). Este Cristo vivo es además un Cristo cercano, un Cristo en el que el poder y la majestad de Dios se hacen presentes a través de las cosas humanas, sencillas, ordinarias.

En el Beato Josemaría Escrivá se puede hablar, por tanto, de un cristocentrismo acentuado y singular, en el que la consideración de la vida terrena de Jesús y la contemplación de su presencia viva en la Eucaristía conducen al descubrimiento de Dios y a la iluminación, a partir de Dios, de las circunstancias del vivir cotidiano.

“Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros -leemos en una de sus homilías-, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades -continúa-, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, el resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo” (Es Cristo que pasa, n. 14).

Buscando a Dios en lo cotidiano

Dos consecuencias se desprenden de estas consideraciones de la vida de Jesús, del profundo misterio de la realidad de un Dios que no sólo se ha hecho hombre sino que ha asumido la condición humana, hecho en todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr. Heb. 4, 15). Ante todo, la llamada universal a la santidad, a cuya proclamación el Beato Josemaría contribuyó notablemente, como Juan Pablo II recordaba en la solemne homilía durante la Misa de beatificación.

Pero también, para dar consistencia a esa llamada, el reconocimiento de que se llega a esa santidad, bajo la acción del Espíritu Santo, a través de la vida cotidiana. La santidad consiste en esto: en vivir la vida cotidiana con la mirada fija en Dios, en plasmar nuestras acciones a la luz del Evangelio y del espíritu de la fe. Toda la comprensión teológica del mundo y de la historia proceden de este núcleo, como atestiguan, de modo preciso e incisivo, muchos textos del Beato Escrivá.

“Este mundo nuestro -proclamaba en una homilía- es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía de lo creado. Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que -por obra del Espíritu Santo- tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Gal 4, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios, liberar el universo entero del desorden restaurando todas las cosas en Cristo, que las ha reconciliado con Dios” (Es Cristo que pasa, n. 183).

En este espléndido texto se traen a colación las grandes verdades de la fe cristiana (el amor infinito de Dios Padre, la bondad originaria de la creación, la obra redentora de Jesucristo, la filiación divina, la identificación del cristiano con Cristo…) con el fin de iluminar la vida del cristiano, y más en particular, la vida del cristiano que vive en medio del mundo, comprometido en las múltiples y complejas ocupaciones seculares. Las perspectivas dogmáticas de fondo se proyectan sobre la experiencia concreta, y ésta, a su vez, empuja a volver a ver con una nueva preocupación el conjunto del mensaje cristiano. Se produce así un movimiento en espiral en el que la reflexión teológica se ve implicada y estimulada.

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