María Magdalena, entre la tradición y la ficción

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En la última década ha surgido toda una industria editorial sobre María Magdalena. Pero en vez de ver a la santa como había sido entendida en la tradición cristiana, para esos intérpretes contemporáneos es la «diosa de los evangelios», la «esposa de Jesús», el Santo Grial o la fundadora real del cristianismo. Pero ¿qué nos dicen los escritos de la primitiva cristiandad sobre María Magdalena?

De las mujeres que aparecen en los evangelios la que más relieve tiene, después de la Madre de Jesús, es María Magdalena. Sin duda porque ocupaba un lugar destacado en los recuerdos que se transmitían de la vida de Jesús. Ante todo se la presenta como testigo importante de la muerte y resurrección del Señor. En Mateo, Marcos y Lucas siempre se la menciona la primera de un grupo de mujeres que contemplaron de lejos la crucifixión (Mc 15,40-41 y par.), vieron donde sepultaban a Jesús (Mc 15,47) y, según san Mateo, permanecieron sentadas frente al sepulcro (Mt 27,61). Se cuenta también que el domingo de madrugada María Magdalena y otras mujeres volvieron de nuevo a ungir el cuerpo con los aromas que habían comprado (Mc 16,1-7 y par.), y que entonces recibieron de un ángel la noticia de la resurrección y el encargo de ir a comunicarlo a los discípulos (cfr. Mc 16,1-7 y par.).

San Lucas, y sólo él, da además la información de que muchas mujeres que habían sido libradas de enfermedades y de espíritus inmundos seguían a Jesús en Galilea y le servían con sus bienes, entre ellas María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios (Lc 8,2-3; Mc 16,9).

San Juan narra las cosas de otra forma. La Magdalena aparece al pie de la cruz y se la menciona en último lugar tras la Madre de Jesús, la hermana de ésta, y María, mujer de Cleofás (Jn 19,25). Después cuenta que el domingo, cuando aún era de noche, fue al sepulcro y al ver la losa retirada corrió a comunicarlo a Pedro y al discípulo amado pensando que alguien se había llevado el cuerpo (Jn 20,1-2). Luego leemos que estaba llorando junto al sepulcro, y a continuación viene la escena en la que se le apareció Jesús resucitado, encargándole llevar a los discípulos el mensaje de que subía al Padre (Jn 20,11-18). En san Juan la figura de la Magdalena está cargada de simbolismo y representa a la Iglesia que busca y encuentra a su Maestro resucitado, y puede proclamar «he visto al Señor».

Tres mujeres

De los relatos evangélicos no se deduce que María Magdalena sea la pecadora que según Lc 7,36-49 ungió a Jesús y le secó los pies que había mojado con sus lágrimas. Esta identificación se extendió en la Iglesia latina a finales del siglo VI con san Gregorio Magno. Fue resultado de un proceso de interpretación de los evangelios que no carece de lógica, pero que, ciertamente, no se impone. A partir del año 200 algunos Santos Padres y escritores eclesiásticos, de Alejandría y del norte de África (por ejemplo, Clemente de Alejandría y más tarde san Ambrosio de Milán y san Agustín) identificaron como una sola mujer a las tres que aparecen en los evangelios ungiendo a Jesús: María de Betania hermana de Lázaro (Jn 12,1-8), otra cuyo nombre no se dice (Mt 26,6-13; Mc 14,3-9), y la mujer pecadora de la que habla Lc 7,36-50. El paso siguiente fue la identificación con la Magdalena.

De esta forma se ponían en armonía los distintos relatos evangélicos y se simplificaban las cosas. Con tal identificación no se vituperaba su imagen, sino que incluso quedaba ensalzada: también san Pedro había negado al Maestro, y san Pablo había sido perseguidor de los cristianos, y muchos grandes santos habían sido grandes pecadores antes de su conversión.

Otros escritores, sobre todo en Oriente, mantuvieron la distinción entre las tres (por ejemplo, san Efrén y san Juan Crisóstomo).

Receptora de revelaciones secretas

De la figura de la Magdalena que aparece en los evangelios canónicos deriva la utilización que de ella se hace en otros escritos más o menos posteriores para presentar revelaciones secretas de Jesús. Se trata de obras cuyas enseñanzas son discordantes con las de la tradición apostólica recogida en el Nuevo Testamento, y que pertenecen a algunas de las corrientes gnósticas que se dieron en los siglos II y III. Aunque a veces esas obras se han transmitido con el título de «evangelio», en realidad no pertenecen a ese género literario, ya que ni contienen narraciones acerca de la vida de Jesús, ni sus autores están interesados en ella. Los discípulos suelen aparecer sólo como los que preguntan y como los destinatarios de revelaciones hechas tras la resurrección.

No sorprende por tanto que María Magdalena fuera una de las figuras preferidas en tales escritos en cuanto receptora de la revelación secreta, ya que a ella se apareció el Señor tras la resurrección. Normalmente no se la llama María Magdalena, como sucede en los evangelios, sino que se la nombra únicamente como Mariam o Mariamne o Mariham. Esto es signo de que su identidad personal carece en cierto modo de relieve; lo que importa es lo que representa como gnóstica.

Mariam es prácticamente la única mujer que, junto a los apóstoles, escucha las revelaciones secretas de Jesús. Así la vemos en «Evangelio de Tomás», «Diálogo del Salvador», «Pistis Sofía» y otras obras haciendo preguntas al Salvador; a veces más preguntas que cualquiera de los apóstoles.

En el «Evangelio de María», donde sólo ella es la destinataria de la revelación hecha por Jesús al ascender al cielo, se dice que incluso Simón Pedro reconoce en un momento dado que el Señor le ha hablado y le da la razón: porque la amó a ella más que a las otras mujeres. Este recurso a Mariam era una forma de justificar las doctrinas apelando a esas revelaciones.

Frente a la enseñanza apostólica

Otro rasgo que aparece destacado en los escritos gnósticos es la oposición que muestran hacia Mariam los apóstoles, especialmente Simón Pedro. Esto refleja la consideración negativa que algunos gnósticos tenían de lo femenino, al mismo tiempo que han de admitir la condición de discípula de Mariam. Al final del «Evangelio de María» se narra que Pedro y Andrés recriminan a Mariam diciéndole que se ha inventado la revelación que acaba de contarles; pero Leví acusa a Pedro de actuar así por celos.

Estos datos se suelen interpretar como reflejo de una polémica de la Iglesia oficial contra el liderazgo espiritual de la mujer que propugnarían algunos de los grupos que produjeron esas obras. Pero también pueden entenderse como una forma de resaltar, dentro de esos grupos, que la doctrina apostólica transmitida en nombre de Pedro o de otros apóstoles estaba en contradicción con la que ellos exponían en nombre de Mariam.

También aparece Mariam como modelo de gnóstico, especialmente en «Evangelio de Felipe». Este escrito contiene una serie bastante desordenada de enseñanzas del Señor en forma de reflexiones espirituales de cierta amplitud. A pesar de la dificultad de ver en él un sistema coherente, su punto de partida parece ser la doctrina de que el gnóstico alcanza su perfección por la unión de su parte femenina, es decir, su alma, y la parte masculina, o sea, su ángel proveniente del Pléroma o mundo celeste.

Leyendas que ensalzan su figura

En estas representaciones Mariam es modelo del gnóstico precisamente por ser figura feminina. En una ocasión en que se menciona a la Magdalena con este nombre es para hacer notar que es «Mariam», igual que la madre de Jesús y la hermana de esta. Da la impresión de que el nombre de Mariam se convierte en símbolo de seguimiento de Cristo y unión con él. En ese sentido espiritual se habla de Mariam como la que ha alcanzado la perfección gnóstica.

Para expresarlo se dice en otro lugar que el Señor la besó (si esa es la traducción correcta de un verbo, «aspazein», que de por sí significa «saludar») muchas veces. Antes se ha hablado del «beso» como «medio por el que el perfecto concibe y da a luz», es decir, se engendra a sí mismo como gnóstico dentro del grupo; por eso, se dice, «nos besamos unos a otros». Parece que ese «beso»-transposición sin duda del «beso santo» del que habla san Pablo (Rom 16,16; 1 Cor 16,20; etc)- podía formar parte de un sacramento más elevado que el bautismo e incluso que la eucaristía, el llamado en ese evangelio, por analogía a la unión matrimonial, «la cámara nupcial». De él se dice que «no es algo carnal, sino que es puro».

Por todo eso entender ese pasaje como un testimonio histórico de una relación sexual entre Jesús y la Magdalena sería una lectura simplista de ese evangelio, al parecer, de comienzos del siglo III y cuyo tono general es precisamente el alejamiento de la unión sexual. De hecho ningún estudioso serio lo entiende de esa forma.

Muy lejos de aquellas corrientes gnósticas, desaparecidas en el siglo IV, en la Iglesia se fueron creando leyendas encaminadas a ensalzar la figura de la Magdalena. En la Iglesia griega se contaba que después de la resurrección se retiró a Éfeso con la Santísima Virgen y san Juan y que murió allí, siendo después llevadas sus reliquias a Constantinopla. En Francia a mediados del siglo XI surgió la leyenda, adornada con muchos detalles, de que la Magdalena, Lázaro y algunos más fueron a Marsella y evangelizaron la Provenza, que murió en Aix y que sus reliquias fueron finalmente llevadas a Vézelay.

Gonzalo Aranda Pérez
Profesor ordinario de Antiguo Testamento
Universidad de Navarra

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