Los jesuitas concluyen su XXXIV Congregación General

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Roma. Los nuevos modos de proclamación del Evangelio ante el tercer milenio y la actualización jurídica de la Orden fueron los temas centrales de la XXXIV Congregación General de la Compañía de Jesús, que se clausuró en Roma el 22 de marzo. Los trabajos han durado dos meses y medio y en ellos han participado 223 delegados, en representación de los 23.179 jesuitas de todo el mundo.

El Prepósito General, Peter-Hans Kolvenbach, holandés, de 66 años, señaló en la rueda de prensa de clausura que la finalidad de los trabajos no había sido “refundar la Compañía” y que, por tanto, no se había “puesto en discusión nada de lo que es esencial a su identidad”, aspectos -precisó- que no pueden cambiar sin el expreso consentimiento del Papa.

Los delegados pusieron a punto la reforma del derecho interno y la actualización del modo de vivir las Constituciones, a la luz de los textos del Concilio y del Sínodo, de los códigos de derecho canónico latino y oriental y de las nuevas exigencias de la misión. Entre las novedades introducidas figura que el Prepósito General pueda presentar la dimisión por causas de salud u otras razones, aunque se mantiene el carácter vitalicio del cargo (el Papa desea que ese punto no se altere, pues forma parte del carisma de San Ignacio).

Se aprobó también que puedan ser elegidos para formar parte de la Congregación General todos los jesuitas que hayan hecho los últimos votos, prescindiendo de que sean o no sacerdotes profesos. La Congregación General es el máximo órgano de gobierno y se convoca para la elección de un nuevo superior o para tratar aspectos que exceden el ámbito del gobierno ordinario.

Junto a los textos jurídicos, la Congregación aprobó directrices de actuación, decretos y recomendaciones para los próximos años: en total, unas 180 páginas. Entre estas resoluciones destaca el papel de la promoción de la justicia, de la paz y de los derechos humanos como parte integrante de la proclamación del Evangelio, que fueron formulados en la XXXII Congregación (1974), caracterizada por cierto clima de polémica con la Santa Sede.

Refiriéndose a aquella reunión, el padre Kolvenbach subrayó que se trató de una Congregación General “mucho más espectacular, porque descubrió la dimensión social de nuestra fe e insistió con fuerza en la cercanía a la pobreza y en la promoción del desarrollo humano, sobre todo en las regiones expuestas a la dictadura y a la miseria. Esta Congregación General no ha negado ni descuidado esta orientación apostólica, pero ha destacado más el carácter espiritual de la promoción de la justicia”.

Otro aspecto es el impulso a la colaboración de los laicos en las obras apostólicas de la Compañía y la posibilidad de fomentar una especie de “red apostólica ignaciana”, integrada por aquellas personas que se sienten atraídas por su espiritualidad. Sobre la formulación jurídica de una “unión más estrecha” de los laicos con la Compañía, la Congregación General estableció un plazo experimental de diez años: el criterio es que esos laicos, que no formarían parte del cuerpo de la Compañía, estarían vinculados a ella por un acuerdo de tipo contractual, con finalidad apostólica y sin perder su carácter laical.

Diego Contreras

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