Los dogmas no son lo único que hay que creer

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Duración lectura: 2m.

Juan Pablo II ha modificado dos artículos del Código de Derecho Canónico (CDC) vigente, para señalar expresamente que se debe aceptar también las verdades sobre la fe y la moral “propuestas por el magisterio de la Iglesia de modo definitivo”, aunque no hayan sido objeto de definición dogmática.

Así queda colmada la laguna existente desde que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó en 1989 las nuevas fórmulas de la profesión de fe y del juramento de fidelidad requeridos para ejercer algunos oficios en nombre de la Iglesia. Los mismos cambios se han hecho en el Código de Cánones de las Iglesias Orientales.

El canon 750 del CDC afirma que se ha de creer todo lo que se contiene en la palabra de Dios “escrita o transmitida por tradición”, y lo que sea propuesto como revelado por Dios “ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal”. En cambio, el canon no hacía referencia a las otras verdades, como la ilicitud de la eutanasia, de la prostitución y de la fornicación, o la reserva del sacerdocio a los varones. Por eso, con el motu proprio Ad tuendam fidem (“Para proteger la fe”), Juan Pablo II ha añadido al canon 750 un segundo punto, que dice: “Se debe acoger y retener firmemente, asimismo, todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas por el magisterio de la Iglesia de modo definitivo, necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe; quien las negase, se opondría por tanto a la doctrina de la Iglesia católica”.

El motu proprio señala también las correspondientes sanciones, añadiendo una frase en el canon 1.371, en la que se dispone que “sea castigado con una pena justa quien (…) rechaza de modo pertinaz la doctrina descrita en el canon 750, 2 y, amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, no se retracta”. Esa “pena justa” no es la excomunión -menos aún automática o latae sententiae-, prevista para los casos de herejía, apostasía o cisma.

Un motivo de la intervención pontificia es la tesis, mantenida por algunos teólogos, de que sólo han de ser aceptadas explícitamente las verdades de fe definida.

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