Los anglicanos que quieren ser católicos no son simples descontentos

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Un ex obispo episcopaliano dice que quienes como él mismo dan el paso no lo hacen simplemente por disconformidad con el camino que está tomando el anglicanismo.

(Actualizado el 3-11-2009)

Jeffrey Steenson fue obispo de la diócesis episcopaliana (como se llama la Iglesia anglicana en Estados Unidos) de Río Grande. Está casado y tiene tres hijos. A finales de 2007 fue recibido en la Iglesia católica. En la actualidad es profesor de Patrística en la Universidad de Sto. Tomás y en el Seminario de Sta. María, en Houston (Texas).

En un artículo publicado en MercatorNet (23-10-2009), Steenson escribe: “La asombrosa generosidad de Benedicto XVI al ofrecer un hogar canónico a los anglicanos que desean estar en comunión con él es motivo de gran júbilo, pues supone que no hacemos el viaje solos”.

Steenson subraya que la decisión del Papa no es un revés para el ecumenismo, sino una apertura a anhelos de unidad suscitados en muchos a raíz del empeño ecuménico. Para comprenderlo bien hace falta en primer lugar tener en cuenta que “los anglicanos no vienen a Roma principalmente porque estén descontentos con sus Iglesias”. Si no hubiera otros motivos, no tendrían necesidad de dar el paso: “Dentro del ámbito anglicano hay opciones mucho más accesibles a los descontentos con recientes decisiones y acontecimientos en el seno de sus Iglesias”.

El mismo caso de Steenson ilustra lo que dice. Para él, “la hora de la verdad” llegó a principios de 2007, en una reunión de la Cámara de los Obispos de la Iglesia Episcopaliana (tres años después de la consagración episcopal del homosexual activo Gene Robinson, hecho que provocó la separación de no pocas comunidades episcopalianas). En aquella ocasión, la mayoría decidió declarar que “el régimen de la Iglesia episcopaliana era esencialmente local y democrático, y que sus vínculos con el resto de la Comunión Anglicana y el mundo cristiano eran voluntarios y cooperativos”. Aquello fue, dice Steenson, “la gota que desbordó el vaso”: “Yo no podía conciliar esa tesis con la noción católica de Iglesia. Y como pertenecía a una rama de la Iglesia cuyos orígenes eran romanos, me parecía evidente qué debía hacer”.

Por eso señala Steenson a propósito de los nuevos ordinariatos personales anunciados por la Santa Sede: “Naturalmente, hay que prestar atención a las advertencias que se oyen, especialmente en círculos católicos liberales, sobre los riesgos de admitir a anglicanos descontentos; pero el disgusto que he percibido viene sobre todo de católicos descontentos que no aceptan algunas enseñanzas de su propia Iglesia”.

En el lado anglicano, recuerda Steenson, hay en mayor o menor medida una aspiración a la unidad al menos desde Newman, como se ve en las declaraciones de la Comisión Internacional Anglicano-católica. El objetivo pareció al alcance durante los años siguientes al Concilio Vaticano II; pero después “poderosos e insospechados movimientos en el seno del anglicanismo alejaron la meta de la comunión plena tan más allá del horizonte, que dejó de ser realista esperar que los instrumentos ecuménicos oficiales pudieran sanar el cisma. Por eso, distintos grupos e individuos se acercaron a la Santa Sede, no con la intención de repudiar el anglicanismo, sino más bien para descubrir una nueva vía hacia la unidad”.

Steenson participó en ese empeño, y ahora encuentra, en la nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre los ordinariatos personales, ecos de propuestas que él y sus colegas anglicanos presentaron a la Santa Sede hace quince años.

Sobre la recepción de los ministros anglicanos en la Iglesia católica, Steenson señala que algunos, aunque aceptan la oferta de la Santa Sede, quieren que se replantee la cuestión de la validez de las órdenes anglicanas. En cambio, él no tuvo reparo en ser ordenado tras hacerse católico, porque -dice- “no entendí mi ordenación en la Iglesia católica como un repudio del ministerio anglicano”.

Además, le parece muy acertado que la nota de la Congregación insista en equilibrar la preservación del patrimonio anglicano con el cuidado para que los provenientes del anglicanismo “se integren -dice Steenson- en la Iglesia católica, y no se limiten a formar una sub-cultura”. Esto, señala, es importante porque, entre otras cosas, “los anglicanos tenemos que desaprender algunos malos hábitos, pues hoy la vida anglicana adolece de un desorden manifiesto”. “No se debe subestimar nuestra necesidad de formación; Roma no se levantó en un día, y tampoco puede uno ponerse el sacerdocio católico como si fuera un abrigo”.

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