París.— La visita de León XIV a esta gran ciudad, primera etapa de su viaje a Francia, ha mostrado a un Papa que no busca presentar el cristianismo como una posición confesional frente a una sociedad secular, sino como una aportación al debate universal sobre el bien común, la dignidad humana y el futuro. Su mensaje ha girado en torno a la necesidad de preservar lo específicamente humano, en unas circunstancias en las que ese objetivo resulta especialmente oportuno para la sociedad francesa.
En sus palabras ante la UNESCO, León XIV se ha presentado como representante de una institución milenaria con una experiencia contrastada en la educación, la ciencia y la cultura. En este sentido, afirmó que la Santa Sede considera a la UNESCO un “interlocutor privilegiado al servicio del bien común”. El Papa acepta plenamente el espacio público secular, pero reivindica lo que la tradición cristiana puede aportar a ese espacio, sin pretender dominarlo.
Uno de los hilos conductores de su discurso ha sido, una vez más, la cuestión de qué significa seguir siendo humano cuando la tecnología, la inteligencia artificial y la transformación social avanzan mucho más rápidamente que nuestra capacidad para comprender sus consecuencias. Ha insistido en que la innovación no puede reducir al ser humano a datos, capacidades productivas o eficiencia. La educación debe preservar la capacidad de pensar, juzgar, discernir y buscar la verdad.
La educación no debe limitarse a transmitir conocimientos y competencias, sino formar personas capaces de pensar, discernir y buscar la verdad: “Ninguna educación está completa si no aborda la cuestión del sentido”. No puede existir una educación completa si solamente transmite competencias y conocimientos, pero no ayuda al joven a preguntarse para qué vive, qué es el bien, qué significa la verdad y qué responsabilidad tiene hacia los demás.
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León XIV ha hecho además una defensa clara del multilateralismo, aprovechando deliberadamente la plataforma de la UNESCO para defender la cooperación internacional. Frente a los conflictos, las desigualdades, la fragmentación y las rivalidades entre Estados, hacen falta instituciones capaces de crear espacios de diálogo. Y esto conecta directamente con lo que había dicho pocas horas antes en el Elíseo, al pedir a Francia que continuara siendo “un artífice incansable de la paz y del multilateralismo”.
El Papa habla de inteligencia artificial con científicos, de educación con la UNESCO, de paz con diplomáticos, de santidad con los jóvenes y de fe con los peregrinos en Lourdes
El estilo de León XIV
Es significativo que un diario tan poco sospechoso de ser confesional como Le Monde observe que León XIV está desarrollando una metodología propia, con un estilo más formal en la escena diplomática, aunque manteniendo algunas de las grandes preocupaciones de su predecesor. Su estilo no consiste en enfrentarse a la modernidad, sino en entrar en conversación con ella. Eso explica que pueda hablar de inteligencia artificial con científicos, de educación con la UNESCO, de paz con diplomáticos y, al mismo tiempo, de santidad con los jóvenes en el Stade de France y de fe con los peregrinos en Lourdes.
Hay también en sus palabras una crítica importante a la idea de que más tecnología significa necesariamente más progreso. La tecnología puede aumentar las capacidades humanas, pero también puede producir nuevas formas de dependencia, desigualdad, manipulación o pérdida de autonomía intelectual. Hemos desarrollado extraordinariamente nuestras capacidades técnicas, pero no necesariamente nuestra capacidad para convivir, dialogar, distinguir el bien del mal y dar sentido a nuestra existencia.
Retos de la Iglesia en Francia
Este discurso resulta particularmente interesante en Francia, una sociedad profundamente secularizada, orgullosa de su tradición intelectual, defensora de la educación pública, muy vinculada al concepto de derechos humanos y, al mismo tiempo, con un legado cristiano que León XIV ha reivindicado desde su primer discurso de este viaje.
Es verdad que este país está viviendo una tendencia significativa de nuevas conversiones al catolicismo, especialmente entre adolescentes y jóvenes adultos, que contrasta con décadas de secularización y descenso de la práctica religiosa. Muchos de estos nuevos católicos llegan a la fe a través de itinerarios muy diversos: parroquias, movimientos, comunidades, redes sociales, sacerdotes e influencers, peregrinaciones o experiencias personales.
Esta realidad plantea al menos dos grandes retos: en primer lugar, asegurar una profundización real en la fe, que permita pasar de una primera experiencia o conversión a una vida cristiana madura; y, en segundo lugar, favorecer su integración en una Iglesia capaz de acoger sensibilidades y formaciones muy diferentes en una casa verdaderamente común para todos.
Frente al tradicionalismo que una parte de la sociedad francesa defiende, el Papa no aboga por una vuelta de los católicos al pasado, sino por una invitación a que todos nos preguntemos por el ser humano, la verdad y el sentido en el corazón de las instituciones que están construyendo el futuro. La Iglesia debe perder el miedo a dialogar con la laïcité y descubrir que su futuro no está tanto en la defensa de la tradición como en su capacidad para entrar en un diálogo verdadero con una sociedad secular. En una palabra, superar el recurso al sentimentalismo con la búsqueda del sentido.
La fe no es una huida del mundo
Por eso tiene una especial relevancia la afirmación de que Francia puede seguir siendo plenamente moderna, secular e internacional y, al mismo tiempo, reconocer que la tradición cristiana forma parte de la historia intelectual y cultural que ha contribuido a construir su concepto de dignidad humana.
Y eso explica también por qué su visita puede interesar mucho más allá de quienes ya están en la Iglesia. Varios medios han destacado precisamente esta alternancia entre encuentros con la comunidad católica y cuestiones sociales e internacionales. Como me decía un voluntario que acaba de terminar sus estudios de Derecho, “en mi familia no somos creyentes, pero esa necesidad de buscar un sentido para la vida me llega muy dentro”. Es la “sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno”, de la que León XIV ha hablado en la homilía de la misa en la Place de la Concorde. Pero “aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente”: en realidad, “solo Dios puede llenar ese vacío interior”.
Ayer, ante un Stade de France abarrotado de jóvenes, el Papa los invitó a reconocerse como “hombres y mujeres de Dios” capaces de llevar esperanza a su tiempo. Les explicó que la fe cristiana no es una huida del mundo, sino una fuerza para transformarlo. No les pidió encerrarse en una identidad católica defensiva, sino vivirla públicamente con alegría y convertirla en una fuente de esperanza para los demás.
El paso de León XIV ha puesto así de manifiesto el principal reto que la Iglesia y la sociedad francesa tienen por delante: una relación con el laicismo que no pasa ni por el enfrentamiento ni por el repliegue, sino por el diálogo.