La querella litúrgica

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La voluntad de Benedicto XVI de quitar obstáculos a la recuperación de la unidad se manifestó también en julio de 2007 al zanjar con una solución pluralista una querella litúrgica. Este problema surgió en la Iglesia a raíz de la reforma litúrgica postconciliar y de él hicieron bandera los seguidores de Lefebvre.

Benedicto XVI establecía que el rito litúrgico romano tendrá dos formas: una ordinaria, que sigue el misal promulgado por Pablo VI en 1970 (forma actual), y otra extraordinaria, que usará el misal de 1962 con el que Juan XXIII actualizó el antiguo misal del Concilio de Trento.

La diferencia entre ambas formas no tiene que ver con que la misa se celebre en latín, como ocurre en el rito tridentino. También la versión oficial del misal de Pablo VI es la latina, que siempre se ha podido utilizar, aunque lo habitual es que se celebre en lengua vernácula.

En su carta apostólica Summorum Pontificum, en la que comunicó esta decisión, Benedicto XVI aclaraba que lo hacía para responder a insistentes peticiones de fieles, no solo los seguidores de Lefebvre, y después de haber consultado a los cardenales en el consistorio de 22 de marzo de 2006.

El Papa recordaba que el Concilio Vaticano II no supuso una ruptura con la tradición de la Iglesia. Por eso, “no hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Misal Romano. En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura”.

A partir de esa decisión, todo sacerdote puede usar la liturgia antigua, sin necesidad de pedir permiso al obispo, como ocurría antes. Y “en las parroquias donde haya un grupo estable de fieles amantes de la precedente tradición litúrgica, el párroco acogerá de buen grado su petición de celebrar la santa misa según el rito del misal romano editado en 1962”.

En su carta el Papa salía al paso de dos posibles temores por el reconocimiento del antiguo misal. El primero, que se menoscabara la autoridad del Vaticano II y de su reforma litúrgica. Benedicto XVI respondía que el misal de Pablo VI seguía siendo “la forma ordinaria de la liturgia eucarística” y que muchas personas que aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y que eran fieles al Papa y a los Obispos deseaban, no obstante, reencontrar la forma litúrgica anterior.

En cuanto al temor de que pudieran surgir divisiones en las parroquias, Benedicto XVI consideraba que el uso del misal antiguo presupone un cierto nivel de formación litúrgica y de conocimiento del latín, que no todo el mundo tiene, por lo que lo normal será que se utilice el nuevo misal. De hecho, así viene ocurriendo desde que el Papa adoptó esta medida.

En la decisión del Papa pesaba sobre todo el deseo de llegar a una reconciliación en el seno de la Iglesia. Mirando a las divisiones que se han producido en la historia de la Iglesia, decía, “se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad”. Y en una clara alusión a los seguidores de Lefebvre, concluía: “Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo”.

El levantamiento de la excomunión a los obispos consagrados por Lefebvre supone un nuevo paso en esta línea de búsqueda de la unidad.

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