La parroquia de los que no van a la iglesia

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Contrapunto

Es difícil ser un verdadero laicista en España. No tenemos esa cultura. Aquí hasta los no creyentes y los que echan pestes de la Iglesia quieren intervenir en la decisión de un obispo sobre el mantenimiento o el cierre de una parroquia. Lo hemos comprobado en estos días con el barullo mediático que se ha organizado por el hecho de que el arzobispado de Madrid haya decidido suprimir la parroquia de S. Carlos Borromeo en el barrio de Entrevías y destinar sus instalaciones a un centro de Cáritas para continuar el servicio a los pobres que allí se presta.

El cambio se ha presentado como una cacicada de un obispo conservador contra tres curas de vanguardia entregados a la ayuda a los marginados. Pero la decisión cuenta con el parecer favorable unánime del Consejo Presbiteral, órgano elegido en su mayoría por los sacerdotes de la diócesis. Un dato que prefieren olvidar los mismos que siempre lamentan la falta de estructuras democráticas en la Iglesia.

Pero no hay que pedir muchos matices en unas informaciones donde el cliché está servido: la Iglesia oficial contra la Iglesia de los pobres.

La realidad es que nadie ha negado la labor de asistencia social que se ha hecho allí. Es más, se desea continuar ese servicio bajo la dirección de Cáritas, y a los sacerdotes de la parroquia “se les ha pedido -según el comunicado del arzobispado- que continúen asumiendo las tareas de acogida, educación y atención social que se vienen prestando desde ese lugar”.

Su nuevo estatus pasa a ser el apropiado para el servicio que allí se presta. Porque una parroquia es otra cosa. No puede ser una parroquia un templo sin sagrario ni altar, donde los curas celebran Misa en vaqueros y jersey con una liturgia rocambolesca, en la que se lee el Corán junto al Evangelio, que consagran rosquillas en vez de hostias, sin catequesis ni educación cristiana, ni administración de los sacramentos.

Lo más curioso de este asunto es que los medios y los personajes que más se quejan de la “injerencia” de la Iglesia en cuestiones temporales se hayan convertido de repente en defensores entusiastas de los curas de la parroquia en esta cuestión tan intraeclesial. Aquí funciona el conocido criterio de que el disidente de mi enemigo es mi amigo.

Un periódico tan laico como “El País” dictamina incluso en un editorial si importa o no decir Misa en ropa de calle y comulgar con rosquillas. Gente siempre interesada en combatir la influencia social de la Iglesia destaca ahora que la parroquia ha sabido identificarse con su entorno, y lamenta que pueda perderse ese gran arraigo. Otros que desde hace años no ponen los pies en un templo, acuden a una especie de Misa-mitin al grito de “no nos moverán”. Como ha comentado Análisis Digital, “para atacar a la Iglesia algunos son capaces hasta de ir a Misa”.

Se asegura que la Iglesia oficial es nostálgica, cuando las imágenes de la parroquia “roja” de Entrevías nos remiten a un pasado de principios de los años setenta, cuando en las parroquias de extrarradio se celebraban asambleas de sindicatos y partidos clandestinos, y algunos curas profetizaban que la Iglesia perdería el tren de la historia si no bautizaba al marxismo y la lucha de clases.

Probablemente esos que hoy defienden el “Evangelio según Entrevías” no se dan cuenta de que es una “parroquia” en vía muerta, anclada en una visión obsoleta de la misión de la Iglesia. Pero si realmente les preocupa que los pobres de la zona queden desatendidos, una respuesta verdaderamente civil y laica sería pedir que el Estado redoblara su asistencia social en la zona. Así, de paso, recobraría una influencia social hasta ahora acaparada, según parece, por unos curas.

A golpe de cliché

Pero lo que busca el ataque mediático no es mejorar los servicios sociales, sino utilizar el caso para desprestigiar a la Iglesia a golpe de cliché. Se alaba la dedicación de los curas de Entrevías a la labor con los marginados, como si en las demás parroquias no se atendiera a los pobres y Cáritas se dedicara a entretener a señoras con abrigo de pieles. Se presenta el caso como un episodio más en la lucha contra la teología de la liberación, aunque no consta que ninguno de los tres curas haya publicado jamás un libro.

Se opone una Iglesia oficial, preocupada por el formalismo de la liturgia, y una Iglesia de los pobres, donde el único culto importante es el servicio al marginado. Pero ¿es que los pobres no tienen derecho a que se celebre la liturgia con dignidad? La Madre Teresa de Calcuta, bien consciente de que obtenía de la Eucaristía la fuerza para servir a los pobres, tenía claras las prioridades: “Lo primero que llevamos a cada una de nuestras casas es un tabernáculo y un cáliz para la Misa”, dice en “Mi vida por los pobres”. “En las nuevas fundaciones, lo primero de lo que nos ocupamos es la capilla. Tiene que ser la mejor habitación de la casa, al ser para Jesús”. En fin, otra monja formalista.

En otra época se decía que un español iba siempre detrás de un cura, con un cirio o con un palo. Ahora habría que añadir: o con una cámara de televisión. Pues en este pintoresco episodio los “pobres curas” de la parroquia han tenido a su disposición la riqueza de casi toda la artillería mediática, mientras que el “poderoso arzobispado” apenas encontraba espacio para explicarse. Y a uno le gustaría que la Iglesia fuera más rica en el aspecto informativo.

Ignacio Aréchaga

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