La oposición de la Iglesia al nazismo

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Duración lectura: 18m. 24s.

Los obispos alemanes y la Segunda Guerra Mundial
Con motivo del cincuentenario del final de la II Guerra Mundial, ha vuelto a ponerse de actualidad la cuestión de las relaciones entre las confesiones cristianas -y de la Iglesia católica en particular- y el régimen de Hitler, y también la referente a la actitud de los cristianos ante el genocidio judío. La cuestión ha merecido estudios serios, por encima de la apologética y de la polémica (1). Ofrecemos una breve síntesis de un minucioso artículo (2) del profesor Konrad Repgen, catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Bonn, especialista en estas cuestiones y autor de numerosos libros y artículos sobre sus diversos aspectos.

El mapa eclesiástico de Alemania a finales de 1937 era muy distinto al actual. Los 23 millones de católicos constituían un tercio de la población del antiguo Reich, y estaban repartidos en 23 diócesis, un obispado exento y una prelatura. Los obispos no eran entonces, según el derecho vigente (el Código de 1917), miembros de órgano colegial alguno que hubiese podido limitar la jurisdicción de cada uno de ellos. Con todo, en la práctica se había desarrollado una conferencia plenaria de obispos, para unificar líneas de actuación, que se reunía todos los años en Fulda. Era aceptado que los arzobispos de Colonia y Múnich -por su rango de cardenales- y también el arzobispo de Breslau, el cardenal Adolf Bertram, tuvieran una influencia superior a los demás en esta reunión.

Hitler contra la Iglesia

La mejor manera de hacerse una idea sobre la reunión episcopal de Fulda es un texto que el cardenal Faulhaber escribió allí el 19 de agosto de 1943, como esquema para el orden de los asuntos a abordar. Una decisión sólo tendría fuerza jurídica vinculante a partir de la publicación de la resolución o de la pastoral común por parte de cada ordinario. Pero el cardenal de Múnich afirmaba que “a no ser por razones de conciencia, nadie se separará de una resolución mayoritaria de la Conferencia”. Los temas susceptibles de decisiones comunes los resumía Faulhaber en seis puntos sobre los deberes de los obispos: 1) Observar las corrientes de pensamiento y su efecto en la vida eclesial. 2) Fijarse tanto en los fenómenos positivos como en los peligrosos de la vida de fe del pueblo y de la teología. 3) Levantar su voz contra las costumbres y leyes que sean incompatibles con la ley moral de Dios. 4) Atender a la formación y a la disciplina del clero. 5) Luchar por los derechos y la libertad de la Iglesia. 6) Y, sin meterse en el terreno de lo puramente político, tomar parte activa en favor del bien común del pueblo y la patria.

La unidad nunca estuvo en peligro en lo que se refiere a los puntos 1, 2 y 5 del programa del cardenal Faulhaber: los obispos habían juzgado inadmisibles muchas de las corrientes ideológicas del momento, y el juicio general era que el efecto de esas tendencias en la vida de fe del pueblo creyente y en la actitud de los sacerdotes era muy limitado. Las iglesias estaban llenas, reinaba la confianza entre el clero y no había polémicas con o entre los teólogos.

En cambio, las respuestas comunes a los puntos 3, 5 y 6 no podían separarse del ataque a la Iglesia católica que el régimen de Hitler estaba llevando a cabo desde 1933. Decidir correctamente qué había que hacer ofrecía muchas dificultades. Sería una mal método histórico juzgar esas decisiones a partir de las circunstancias y las condiciones actuales, sin preguntarse antes en qué situación se presentaron. Sólo es posible considerarlas justamente si no se olvida que entonces apuntaban a un futuro todavía abierto.

La formulación más importante de lo que los obispos esperaban del futuro se encuentra en un informe enviado al Papa el 14 de marzo de 1937 para la preparación de la encíclica Mit brennender Sorge: “Lo que se pretende -se dice en ella (y el se se refería al Partido Nacionalsocialista)- es la destrucción radical y definitiva del cristianismo y en especial de la religión católica, o por lo menos su reducción a un estado que desde el punto de vista de la Iglesia es lo mismo que una destrucción”. Ese era el resumen de cuatro años de relaciones con la dictadura de Hitler.

Las consecuencias de la llamativa encíclica de 1937 fueron ambivalentes: llenó de ánimos a los católicos, pero la apelación a la opinión pública mundial no encontró ningún eco, y el régimen de Hitler continuó su política de enemistad con la Iglesia de modo más decidido que antes.

Dos posturas

De ahí que la Pastoral de Fulda del 19 de agosto de 1938 declarara abiertamente que la finalidad de la lucha contra la Iglesia era “la destrucción de la Iglesia católica en nuestro pueblo, el desarraigo total del cristianismo y la introducción de una fe que no tiene que ver lo más mínimo con la fe en Dios y con la fe cristiana”.

Frente a las intenciones del régimen, los obispos podían seguir fundamentalmente tres líneas de actuación. La primera, que consistía en intentar un entendimiento soportable con el régimen en cuanto a los derechos de la Iglesia, por la vía de los concordatos, se había disipado como pura ilusión en marzo de 1939.

Una segunda vía era la que el cardenal de Breslau, Bertram, tenía por la única posible: la de oponerse a cada limitación de los derechos de la Iglesia reconocidos en el concordato de 1933, pero sin que esas protestas tuvieran trascendencia pública.

Konrad Graf Preysing, obispo de Berlín desde 1935, apostaba por una tercera vía. Quería combatir públicamente la política eclesiástica nacionalsocialista por medio de la combinación de las reclamaciones episcopales y las protestas públicas, para ejercer presión política. Sin embargo, su modelo de lucha no pudo imponerse en Fulda ante la postura de Bertram, y la cuestión quedó abierta sin que llegara a adoptarse una decisión mayoritaria. Si un organismo informal como la Conferencia de Fulda podía actuar de un modo básicamente distinto, queda como un interrogante.

Presiones tras el comienzo de la guerra

Con el comienzo de la guerra, las posibilidades de comunicación empeoraron hasta un punto difícilmente imaginable para quienes vivimos en una sociedad donde la información es libre.

Sobre la actitud de los obispos ante la guerra, el historiador Heinz Hürten apunta acertadamente que “una llamada por parte de la Iglesia a la insumisión al servicio militar habría significado -si hubiese sido seguida- la destrucción del régimen de Hitler, o bien -en caso contrario- el aniquilamiento de la Iglesia. Pero esas posibilidades no aparecían en el horizonte vital de la gente ni siquiera como posibilidad mental”.

A los obispos les sorprendió que durante la guerra el régimen no ofreciera una “paz ciudadana”, sino que prosiguiera su lucha contra la Iglesia con nuevas presiones, entre otras la total eliminación de las escuelas católicas en Alemania occidental y en Silesia.

Muy pronto se vio que el ataque del régimen iba contra los fundamentos de la moral. Lo cual se mostró ejemplarmente en tres campos problemáticos: la eutanasia, la expropiación de conventos y claustros, y el asesinato de judíos.

Con el comienzo de la guerra Hitler perdió cualquier pudor en el abuso del poder. Cursó una orden secreta al Servicio Estatal de Salud para la puesta en marcha de la muerte sistemática de enfermos mentales incurables. La larga acción asesina se desarrolló a lo largo de 1940, y algún tiempo después afectó también a centros médicos católicos. Las protestas de los obispos no se hicieron esperar, pero a los funcionarios de Berlín no les impresionaron demasiado.

Ese mismo invierno, el régimen comenzó la expropiación de conventos y convictorios sacerdotales (Klostersturm), por obra de comandos de la Gestapo. En acciones nocturnas, tomaron alrededor de 120 complejos diversos, echando a los religiosos y a los sacerdotes. También en 1941 desaparecen de una vez 190 publicaciones católicas, incluida toda la prensa episcopal.

La protesta pública de Galen

El cardenal Faulhaber describió la situación en la apertura de la reunión plenaria de Fulda del 24 de junio de 1941, dos días después del comienzo de la campaña de Rusia, diciendo que “se trata de seguir existiendo o de desaparecer, se trata del desarraigo del cristianismo”. El mismo dictum acerca de ser o no ser aparece en la Pastoral conjunta a la que la Conferencia Episcopal dio lectura el 6 de julio. La SD, el servicio secreto de la SS, constató en un informe interno un “extraordinario malestar del pueblo como consecuencia de la pastoral”.

En esos momentos, el obispo de Münster, Clemens August Graf von Galen, el obispo alemán más famoso del siglo XX, cuyo proceso de beatificación está en marcha, predica sus encendidas homilías de los días 13 y 20 de julio, y del 3 de agosto de 1941. Galen había planteado en mayo de 1941 la cuestión de conciencia de si el episcopado podía seguir con un estilo de defensa como el seguido hasta ese momento, o si los obispos no debían más bien irrumpir en la opinión pública: si fuera necesario, “sacrificando la libertad y la vida”.

En su primera homilía Galen denunciaba que “cualquier ciudadano alemán se encuentra totalmente desprotegido e indefenso ante el poder omnímodo de la policía secreta (…); ninguno de nosotros está seguro (…) de que un día no vayan a su casa a detenerlo, de que no se le robe su libertad y se le encierre en los sótanos y en los campos de concentración de la policía secreta”. (…) El obispo reclamaba en general “un derecho a la vida, a la inviolabilidad, a la libertad” como algo inalienable y terminaba, alzando la voz: “Como alemán, como ciudadano, como representante de la religión cristiana, como obispo católico: exigimos justicia”.

Unas palabras como ésas no se habían oído en Alemania desde 1933. El efecto fue terrible. Galen se había convertido en el portavoz de los derechos humanos más elementales, y en esa medida dejaba en evidencia al sistema totalitario. Un informe de la Gestapo hablaba de “escenas tumultuosas” en la catedral.

El 31 de julio un primer grupo de enfermos de un hospital católico de Münster fueron trasladados para ser asesinados. Galen protestó ante la policía y ante la justicia, y se ocupó de ello en la homilía del 3 de agosto. El texto de sus prédicas se extendió por toda Alemania y llegó al extranjero, donde fueron copiadas por la propaganda británica y volvieron a Alemania en forma de hojas volanderas impresas en millones de ejemplares. Junto al fallido atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, las tres homilías de Galen en el verano de 1941 constituyen el más espectacular acto de resistencia contra la dictadura de Hitler.

El responsable correspondiente había propuesto que se ahorcase a Galen, pero Goebbels convenció a Hitler de que era más inteligente dejar la venganza para después de la guerra. Aunque no se debiera sólo a las prédicas de Galen, Hitler interrumpió el Klostertum el 30 de julio y la maquinaria de eutanasia el 24 de agosto. Otras personalidades, como los obispos de Hildesdeim y Trier, salieron públicamente durante las semanas siguientes en defensa de los disminuidos psíquicos y apuntaron acusadoramente en sus prédicas a la maquinaria homicida del Estado.

Al mismo tiempo, ese verano de 1941 una comisión de cinco miembros, constituida por cuatro superiores de órdenes religiosas y un grupo de laicos activos, se encargó de preparar un borrador de una pastoral conjunta de los obispos. En el borrador, con duras frases, se desenmascaraba al régimen de un modo aún más sistemático que en los homilías de Galen. A los autores del texto no les importaba el éxito o el fracaso, sino sólo una cuestión: ¿Qué reclama el pueblo creyente de sus obispos en estos momentos?

Este combativo documento necesitaba del apoyo de la totalidad de los obispos, pero un tercio no dio su consentimiento. Además, en noviembre de 1941 se presentó una posibilidad inesperada: la de entrevistarse, conjuntamente con los protestantes, con el gobierno del Reich. El borrador de esta carta pastoral se convirtió en un texto muy claro, pero menos polémico, que fue presentado a la Cancillería al mismo tiempo que un documento similar por parte protestante: ésta fue la primera acción conjunta de los cristianos en Alemania.

Ante la persecución de los judíos

Nunca hubo dudas de que la ideología racista del régimen estaba en contradicción con la fe católica. El Papa y los obispos habían respondido a ese reto con una tozuda estrategia de inmunización del pueblo fiel ya desde 1933. Después de la encíclica Mit brennender Sorge, de 1937, el punto culminante en la confrontación lo constituyó una condena papal de ocho tesis racistas y totalitarias, en 1938. De ahí que la política antijudía nazi no pudiera, en ninguna de sus fases, reclamar una legitimación por parte de la Iglesia. Pero en lo que no estuvieron siempre de acuerdo los obispos fue sobre qué debían hacer ante la persecución de los judíos.

No se discutía que había que ayudar a los perseguidos, y en especial a los judíos bautizados católicos, de los que las organizaciones judías no se ocupaban. Cuando a principios de octubre de 1941 comenzaron las deportaciones de judíos a Polonia, ninguno de los obispos sabía lo que les sucedería allí. Lo que nosotros sabemos sobre las cámaras de gas superaba la capacidad imaginativa de los hombres de entonces.

Pero lo que podía verse del traslado de los judíos bastó para que el cardenal de Múnich hiciera un paralelismo con los mercaderes de esclavos africanos. Las provincias eclesiásticas occidentales -todavía con la idea equivocada de que se trataba de una operación de deportación- protestaron ante el Gobierno. A lo largo de 1942 ya tuvieron informaciones creíbles sobre ejecuciones en masa, pero acerca de las cámaras de gas probablemente no tuvieron seguridad hasta el final de la guerra.

Hoy nos lamentamos de que entonces no se levantara ningún Galen en defensa de los judíos alemanes; pero el obispo de Münster había podido apelar a gentes delante de cuyas puertas tenían lugar los crímenes que denunciaba. Por el contrario, las instalaciones de tortura de Polonia estaban muy lejos, detrás de un velo de misterio. La información que hubieran necesitado los obispos para presentar cargos ante la Cancillería en contra del genocidio debía ser aún más sólida que la que tuvieron de las operaciones de eutanasia: probablemente más información de la que podía conseguirse en medio de la ya por entonces guerra total y el dominio absoluto de la Gestapo. Además, sobrevino la duda de que con una protesta global contra la deportación de judíos pudiera destruirse incluso la posibilidad de salvar, al menos, a una parte de los que estaban en peligro.

¿A quién se puede defender?

Ante la persecución de los judíos hubo distintas líneas de actuación entre los obispos. Bertram opinaba que los obispos sólo eran responsables de sus propios fieles creyentes, a quienes debían defender por encima de todo, pero carecían de mandato sobre el entero orden moral de la sociedad. A la vista de que no cabía esperar ningún éxito práctico de la protesta general, aconsejaba dar a una persona en cada diócesis el encargo episcopal de ayudar en lo posible a los perseguidos. No sabemos si en ese momento los obispos ya sabían que todo lo que el arzobispo católico de Utrecht había conseguido con su protesta ante la Cancillería alemana por las deportaciones, fue la deportación suplementaria de los judíos bautizados católicos, que habían sido excluidos hasta ese momento.

Objeto de las ayudas que se veían aún como posibles eran sobre todo dos grupos de personas, que en la fraseología oficial se denominaban “mestizos” (Mischlinge) y “matrimonios mixtos de raza” (Mischehe), medio judíos en el primer caso, matrimonios una de cuyas partes era judía, en el segundo. En ambos casos se elevaron protestas que contribuyeron a parar los proyectos de ley contra ellos, lo que hizo que parte de los amenazados se salvaran.

Si la postura de Bertram se mantenía en los límites de una perspectiva puramente eclesiástica, Preysing, Galen y otros obispos -y con ellos Pío XII- se basaban en categorías universales de derecho natural y, por eso, pensaban que era propio de la Iglesia velar también por los no católicos. Pero ninguno de ellos quería imponer su propia tesis a los demás como un deber.

Nuevas cartas pastorales conjuntas se publicaron en 1942 y 1943. La carta sobre el Decálogo, leída públicamente el 12 y el 19 de septiembre, es un texto que se adelanta a su tiempo, pues une las orientaciones teológicas de fondo a las exigencias políticas fundadas en los derechos humanos. El núcleo de la última palabra conjunta de los obispos antes de la caída de Hitler lo constituye una condena de la política asesina del nacionalsocialismo de los últimos años, encabezada por una paráfrasis del quinto mandamiento. Allí se dice textualmente: “Matar es algo intrínsecamente malo, aunque presuntamente se lleve a cabo en interés del bien común: con los débiles indefensos e inocentes, con enfermos mentales, con incurables, con los que tienen taras genéticas o con los recién nacidos, con los rehenes inocentes y con los prisioneros de guerra desarmados, con hombres de raza extranjera y distinta estirpe”.

Una oposición moral

Si se pregunta cómo hay que valorar hoy, con distancia histórica, el cumplimiento de la misión pastoral de los obispos, su influencia en los acontecimientos políticos no puede considerarse grande. Es cierto que las protestas de Bertram ante las autoridades no fueron inútiles, pero no obstaculizaron el sistema de poder de Hitler de modo significativo. Más efecto tuvieron las protestas públicas, en la medida en que imprimieron valentía en los fieles, pero tampoco bastaron para poner en algún momento en un peligro serio al régimen totalitario. Los tumultos provocados por las pastorales se apagaron un tiempo después. El eco de las homilías de Galen, en Alemania y en el mundo, molestó a Hitler, pero no le movió de su sitio.

El efecto más significativo de la misión pastoral de los obispos no fue el influjo que pudieron ejercer sobre el régimen, sino su orientación del pueblo fiel y de algunos no católicos. Ese fue el modo en que la Iglesia católica, a pesar de la propaganda totalitaria, se convirtió en una oposición no política, sino moral. Ella no fue, según ha escrito Hürten, “un centro de agitación que reuniera a enemigos del régimen con el fin de acabar con él”. Pero la Iglesia permaneció “como un refugio, que ofrecía cobijo a aquellos que por razones religiosas negaban su aquiescencia y su convicción al régimen”.

Esta actitud fundamental no estaba en modo alguno exenta de riesgos. Aproximadamente 12.000 sacerdotes, lo que supone la mitad del clero católico, entraron en conflicto directo con el terror hitleriano. Y el régimen no consideró a ningún otro grupo social -ni siquiera los comunistas- como un enemigo mayor que los católicos que fueron fieles a la Iglesia.

El 5 de agosto de 1933, después de un discurso de Hitler ante la élite del nacionalsocialismo, Goebbels anotó en su diario: “Duro contra la Iglesia. Somos nosotros mismos los que hemos de convertirnos en una Iglesia”. Los obispos, el clero y el pueblo fiel se enfrentaron a esta pretensión con la constante voluntad de que la Iglesia continuara siendo la Iglesia. Cuando, al final de la guerra, todo aquello fue destruido, se hizo patente que la Iglesia se mantenía en pie -cubierta de heridas, por supuesto-. En la medida en que el pueblo cristiano acompasó su juicio en cuestiones morales a la enseñanza de la Iglesia, ofreció permanentemente un testimonio cristiano, que significó una auténtica forma de insumisión al sistema totalitario.

_________________________(1) Resulta de importancia la publicación de las “Actas de los obispos alemanes sobre la situación de la Iglesia entre 1933 y 1945”, aparecida en seis tomos entre 1968 y 1985. Además están las obras de Ludwig Volk y la de Heinz Hürten (Deutsche Katholiken 1918-1945), obra ésta en la que la investigación científica acerca del catolicismo alemán en la época de la Segunda Guerra Mundial ha tenido desde entonces su punto de partida.(2) Publicado en alemán bajo el título “Die deutschen Bischöfe und der zweite Weltkrieg” en Anuario de Historia de la Iglesia, IV (Pamplona, 1995), del Instituto de Historia de la Iglesia (Facultad de Teología, Universidad de Navarra), pp. 97-145.

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