La música litúrgica, vista por Mina

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Duración lectura: 2m. 6s.

En su columna en el diario La Stampa (7 diciembre 2003), la cantante Mina se hace eco de la reciente carta de Juan Pablo II sobre la música sacra (ver servicio 171/03).

Ocurre en raras ocasiones, dice Mina, que la música sumerge al alma en una atmósfera pura y perfecta. “Ha ocurrido con Monteverdi, con Palestrina, con Bach, con las laudes medievales. Sucede cuando en la voz y el sonido que se liberan del alma parece sentirse casi el roce de la mano de Dios”.

El Papa trata de vigilar sobre la adecuación de la música sacra y pide que sea verdadero arte, “con el objetivo de que la música litúrgica responda cada vez más a su función específica”. Reafirma que el canto gregoriano y la polifonía siguen ocupando un lugar central en las celebraciones de la Iglesia, pero que si alguno quiere abrirse a nuevos lenguajes musicales debe hacer “que las nuevas composiciones estén inspiradas por el mismo espíritu que suscitó y poco a poco modeló aquel canto”.

Mina piensa que “no se debe renovar lo que ya resplandece por su perfección”, aunque el Papa invita a buscar nuevos lenguajes artísticos. “Sobre todo si el nivel medio del canto litúrgico es el que se oye en las celebraciones transmitidas por televisión, donde prevalece la aproximación vocal sostenida por el cencerreo de dos guitarras, a menudo mal tocadas”.

“Las puertas de la iglesia deben permanecer cerradas, porque dentro de las catedrales hay un tesoro del que no podemos desprendernos y del que sería una locura renegar. Está en juego la posibilidad de que el hombre de hoy pueda alcanzar todavía la belleza intemporal, sin la cual faltaría el punto de comparación”.

Como decía Von Balthasar: “En un mundo sin belleza (a pesar de que los hombres tienen continuamente esta palabra en sus labios, confundiendo el sentido), en un mundo en el que quizá no falta la belleza, pero que ya no es capaz de captarla, también el bien ha perdido su fuerza de atracción y su evidencia; y el hombre se queda perplejo ante el bien y se pregunta por qué no debe más bien preferir el mal”.

“Quisiera -agrega Mina- que no se cambiase nada dentro de esas puertas. Quisiera que el misterio permaneciera intacto, como cuando se va a oír a Puccini o Wagner, que, aunque los oigas cien veces, te conmueven, te enseñan, te mejoran”.