La ignorancia bíblica, un problema cívico con consecuencias políticas

Entre comillas
Stephen Prothero, director del departamento de Religión de la Universidad de Boston, dice en “The Christian Science Monitor” (23 marzo 2007) que la incultura religiosa es un problema para la sociedad.

Stephen Prothero comenta que la Cámara de Representantes está compuesta por una inmensa mayoría de cristianos. Aunque después de la últimas elecciones “hay 43 judíos, dos budistas y un musulmán, más del 90% de los legisladores federales se definen como cristianos, de manera que el Congreso es proporcionalmente más cristiano que Estados Unidos mismo”. Eso se nota en los discursos, “impregnados de referencias bíblicas que aunque la mayoría de la población considera palabra de Dios, muy pocos conocen”.

En un test sobre cultura religiosa que hizo entre sus alumnos, “algunos reqpondieron que Moisés se quedó ciego en su viaje a Damasco y que Pablo condujo a los israelitas en su salida de Egipto. Otras pruebas más científicas revelan que solo uno de cada tres ciudadanos estadounidenses sabe el nombre de los cuatro evangelistas, y que uno de cada diez piensa que Juana de Arco [Joan of Arc] era la mujer de Noé [patrón de la Noah’s Ark]”.

Según Prothero, la ignorancia bíblica no es simplemente un problema religioso sino un problema cívico, con consecuencias políticas. “¿Cómo pueden participar los ciudadanos en debates -‘conjugados’ bíblicamente- sobre el aborto, la pena de muerte o el medio ambiente sin saber nada de la Biblia? Sobre todo cuando los demagogos, tanto de izquierdas como de derechas, apelan a la conciencia de los ciudadanos proclamando -muchas veces de forma incorrecta- que la Biblia dice esto o aquello sobre la guerra o la homosexualidad”.

Una solución a este problema cívico sería enseñar la Biblia en los colegios públicos, señala Prothero. “Pero no me refiero a clases en las que se explique a los alumnos la inerrancia de la Biblia o que Jesús les ama, sino cursos académicos que estudien los personajes y las historias bíblicas, así como el trasfondo bíblico en la literatura y en la historia”. En este sentido, Prothero cita el caso de la universidad de Georgia, que se plantea impartir asignaturas optativas de ese estilo [ver también la misma iniciativa en Harvard; Aceprensa 108/06].

La objeción más común a tales cursos es que serían inconstitucionales por ir contra la separación entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, Prothero recuerda que el Tribunal Supremo ha puesto el sello constitucional en varias ocasiones a los cursos académicos sobre religión.

Un estudio del Bible Literacy Project, que publica libros de texto sobre la Biblia para estudiantes de secundaria, afirma que solo el 8% de los alumnos de secundaria tiene la opción de elegir clases sobre la Biblia. “Como resultado, señala Prothero, una generación entera de estadounidenses se está educando sin ser prácticamente capaces de entender las más de 1.300 referencias bíblicas que aparecen en Shakespeare, o los discursos de Lincoln o de Martin Luther King”.

Otros dicen que lo inconstitucional es limitarse a la tradición judeo-cristiana, de manera que para que los cursos sobre la Biblia fueran constitucionales habría que dedicar el mismo tiempo a otras escrituras religiosas. Prothero replica que “la Biblia tiene la suficiente importancia en la civilización occidental para merecer su propio curso. Tratar del mismo modo a la Biblia y, por ejemplo, la Dianética de la Iglesia de la Cienciología, no tendría ningún sentido educativo”.

Esos cursos, remata Prothero, “no son un proyecto cristiano, ni algo de lo que se vaya a valer la derecha o la izquierda política; se trata de servir a los jóvenes y a nuestra vida pública”.

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