La Iglesia católica ante el Holocausto

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Duración lectura: 3m. 31s.

Un prolongado debate en torno al antisemitismo se centra en la actitud de la Iglesia católica, y más específicamente de Pío XII, ante el Holocausto nazi. Unos sostienen que la Iglesia fue de algún modo cómplice del exterminio por no condenar públicamente la política antijudía de Hitler, ni antes ni en el curso de la guerra. Otros replican que no hubo tal silencio, sino que la Iglesia, además de contribuir al salvamento de judíos una vez iniciadas las matanzas, se había pronunciado repetidamente contra el racismo nazi. Martin Rhonheimer, profesor de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma), revisa la cuestión en un trabajo publicado recientemente (1).

Según Rhonheimer, los apologistas católicos tienen razón en señalar la notoria oposición de la Iglesia al nazismo y a su ideología racista. Pero no contestan realmente a la acusación de “silencio”, pues queda en pie “el asombroso hecho de que ninguna declaración de la Iglesia sobre el nazismo mencionara a los judíos ni los defendiera expresamente”. Es el caso, en particular, de dos textos de 1938: la encíclica Mit brennender Sorge y el Syllabus contra el racismo.

Las condenas de la Iglesia, pues, se referían al racismo, de modo que defendían a los judíos no directamente, sino como a cualquier ser humano. Por tanto, no tenían en cuenta la existencia del específico antisemitismo moderno, contra el que no previnieron a los fieles. Como muestran las intervenciones de los obispos alemanes y austriacos, la Iglesia estaba ante todo preocupada por la amenaza que el nazismo representaba para ella misma y su propia libertad. Más de una vez, cuando alguien pidió a los obispos que condenasen públicamente las políticas antisemitas, la respuesta fue que la Iglesia estaba desprovista de poder para influir en el régimen nazi: ya tenía bastante con combatir la propaganda totalitaria en los fieles, mientras que los judíos eran capaces de defenderse solos.

Por eso la Iglesia no provocó la movilización de las conciencias católicas que habría sido necesaria para contrarrestar el antisemitismo nazi. Se daba, en cambio, una “tranquila coexistencia de anti-racismo católico en el servicio de la Iglesia y un antisemitismo cristiano alimentado por el antijudaísmo tradicional”. Claro que, añade Rhonheimer, esto no fue fallo exclusivo de la Iglesia católica: “Al fin y al cabo, Alemania era un país predominantemente protestante. Sin embargo, al otro lado de la divisoria confesional, las cosas no marcharon mejor para los judíos: de hecho, marcharon peor”.

El problema, en definitiva, es que la jerarquía católica de aquel tiempo no consideraba a los judíos parte de sus preocupaciones pastorales. Una idea más universalista de la misión de la Iglesia, con el rechazo del antijudaísmo tradicional, no vino hasta mucho después. La reacción católica una vez comenzado el exterminio, movida por razones humanitarias, llegó demasiado tarde.

Todo esto no significa, precisa Rhonheimer, culpar a la Iglesia del Holocausto. “No hubo itinerario directo desde el antijudaísmo y antisemitismo cristiano a Auschwitz. (…) Pero tampoco el racismo solo condujo a Auschwitz. Fue necesario algo más: el odio a los judíos. Enraizado en gran parte en la tradición cristiana, fue este odio lo que hizo posible el antisemitismo moderno”. La pasada actitud en relación con los judíos es, concluye Rhonheimer, un motivo para la “purificación de la memoria” a la que Juan Pablo II ha urgido a la Iglesia.

____________________(1) “The Holocaust: What Was Not Said”, First Things (noviembre 2003), traducción del original alemán incluido en la obra colectiva: Andreas Laun (ed.), Unterwegs nach Jerusalem. Die Kirche auf der Suche nach ihren jüdischen Wurzeln, Franz Sales Verlag, Eichstätt (2004), pp. 10-33. Una versión abreviada se publicó en el periódico alemán Die Tagespost (28-VI-2003), bajo el título “Das Gewissen reinigen: Sich erinnern, wie es wirklich war”.— Sobre este tema véase también el servicio 82/95, síntesis de un artículo del historiador Konrad Repgen, “Los obispos alemanes y la Segunda Guerra Mundial”.