La entrega a la propia misión hasta el fin

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Duración lectura: 5m. 5s.

Juan Pablo II cumplió 78 años el 18 de mayo y, con casi veinte años de pontificado, ha superado el récord de cualquier otro Papa en el siglo XX. Está aún lejos de los 32 años de Pío IX (1846-1878), pero, en la historia, de 264 papas, sólo doce han gobernado más tiempo que él. Con este motivo, se han publicado algunas evaluciones de su pontificado. Olegario González de Cardedal, catedrático de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca, escribe en El Mundo (Madrid, 25-V-98).

Olegario González de Cardedal comienza refiriéndose a que este Papa pertenece a las historias de Polonia, de la Iglesia católica y de la Humanidad, que ya no se pueden pensar sin él. Respecto de la Iglesia, señala que “fue elegido en el justo momento de giro (1978) tras un posconcilio exultante. Algunos reclamaban un Vaticano III, por fin radical y revolucionario, mientras que otros acusaban al Vaticano II de haber subvertido los fundamentos de la fe. Personas que habían sido decisivas en su preparación y realización, comenzaron a comprobar que el curso de las cosas no era el que ellos habían previsto y esperado. Apareció la expresión ‘crisis de fe’. Sorprendentemente, justo al día siguiente de concluir el Concilio, Pablo VI declaró el año siguiente (1966) como ‘año de la fe’. ¡Extraña designación! Lubac, Jedin, Ratzinger y otros no ocultaron su preocupación de fondo”. (…)

“Sobre ese fondo de afirmación incondicional del Vaticano II, y a la vez de seria preocupación por ciertas reticencias de un lado y serias deformaciones de otro, es elegido Papa el cardenal Wojtyla. Él es ya resultado de un giro previo en la Iglesia y no sólo su posterior inductor.

“Él se propone la regeneración frente a un cristianismo que comenzaba a perder la confianza en sus posibilidades intrínsecas; que considera como inevitable futuro de Europa al marxismo remodelado; que se resignaba a que la fe quedara como mero factor cultural, ético o estético, y a que la Iglesia se diluyese anónima entre los poderes de la sociedad sin una aportación específica. Ante tal perplejidad y dubitación reinantes en muchos sectores, él se propone devolver al pueblo cristiano, al que convierte en protagonista, sus certezas primordiales, la confianza en su capacidad de futuro y la inmediatez con Dios”. (…)

“Ha sido ciudadano del mundo y no prisionero del Vaticano; amigo de las nacionalidades y acusador de todos los nacionalismos y terrorismos. Tres han sido sus objetivos primordiales: la defensa de la persona, la no nacida y la naciente, la pletórica de juventud y la que se agosta en la vecindad de la muerte; la libertad de los aprisionados por regímenes políticos o fundamentalismos religiosos; la verdad que funda al hombre y, liberándole de la mentira, le abre al Eterno, a su misterio personal y al prójimo”. (…)

“No todo puede ser hecho por una persona ni todo al mismo tiempo: las certidumbres masivas y las matizaciones minoritarias, el apoyo a las instituciones tradicionales y la cercanía a los grupos nacientes. Todo Papa es solidario del anterior y queda remitido a su sucesor.

“Más allá de su figura de pontífice está su personal destino heroico, la certidumbre pública de su fe y la grandeza de su fidelidad, la fortaleza del herido y la firmeza del enfermo, que permanece fiel a su propósito hasta el final, porque como Moisés ve al Invisible y sabe que el Invisible lo ve (Hebreos 11, 27)”.

El comentario de Henri Tincq en Le Monde (22-V-98) subraya cómo Juan Pablo II sigue lleno de actividades y proyectos:

“Los que temían un fin de pontificado marcado por el inmovilismo, las camarillas, las guerras de clanes y de sucesión, no vuelven a hablar de ello: la perspectiva del año 2000 moviliza las últimas energías de este Papa y parece mantenerle en pie. A través de los sínodos continentales que reúne en Roma -como el que acaba de celebrarse sobre Asia, antes de los sínodos de obispos de Oceanía y Europa-, pone en marcha a la Iglesia católica con vistas al tercer milenio”.

Juan Pablo II estaría retocando una extensa encíclica sobre las relaciones entre fe y razón, y su programa de viajes no se frena: a mediados de junio estará en Austria, y luego en Croacia, México y Polonia. Y los observadores admiten que pueda hacer realidad su deseo de visitar, con ocasión del año 2000, todos aquellos lugares de Oriente Medio que se hallan en el camino del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza.

“Después de su viaje a Cuba, nada parece poder detener a este hombre obsesionado por el deseo de cumplir hasta el final su misión y de ayudar a la solución de los conflictos por el diálogo y la negociación (…). Ninguna consideración, ni médica ni política, parece retener a un Papa más dispuesto que nunca a acudir allí donde su presencia es deseada. Los más próximos a Juan Pablo II dicen que su mayor sufrimiento actual proviene de las puertas que le están cerradas aún: las de China, cuyo aislamiento acaba de ser confirmado por el rechazo de Pekín a dejar salir para Roma a dos obispos, las de Vietnam y las de Rusia. (…) Este conflicto con la ortodoxia -no por cuestiones de fe, sino de cultura y eclesiología- es el más doloroso para el primer papa eslavo, que soñaba con ser el artífice del acercamiento entre Oriente y Occidente”.

Henri Tincq recuerda que Juan Pablo II no ha dejado de pedir perdón por errores cometidos a lo largo de la historia de la Iglesia. A modo de contrapunto, reprocha sólo que no haya conseguido avanzar en reformas internas, relativas al funcionamiento y al peso de la Curia pontificia.

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