La alternativa familiar que propone la Iglesia en España

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Duración lectura: 16m. 14s.

Un camino hacia la vida conyugal lograda
“Es necesario vencer la dificultad de un temor al rechazo” al anunciar el Evangelio sobre el matrimonio y la familia, escriben los obispos españoles en la presentación del Directorio de Pastoral Familiar que acaban de publicar. Pero quizá no esperaban que una referencia de paso a los resultados de la “revolución sexual” hiciera que se rasgaran las vestiduras muchos que no han leído nada más del amplio texto. Ofrecemos una selección de párrafos sobre algunas cuestiones concretas que permitan hacerse una idea del propósito del documento.

Frutos amargos de la revolución sexual. El tiempo ha mostrado lo infundado de los presupuestos de esta revolución y lo limitado de sus predicciones, pero, sobre todo, nos ha dejado un testimonio indudable de lo pernicioso de sus efectos. (…) Es manifiesto que nos hallamos ante una multitud de hombres y mujeres fracasados en lo fundamental de sus vidas que han experimentado la ruptura del matrimonio como un proceso muy traumático que deja profundas heridas. Del mismo modo nos hallamos ante un alarmante aumento de la violencia doméstica; ante abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores en la misma familia; ante una muchedumbre de hijos que han crecido en medio de desavenencias familiares, con grandes carencias afectivas y sin un hogar verdadero.

(…) Hemos de afirmar que en la sociedad española de nuestros días posiblemente la fuente principal de problemas humanos sean los relativos al matrimonio y la familia.

El plan de Dios

El matrimonio, fundamento de la familia. “Al principio… los creó hombre y mujer” (Mt 19,4). “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Gen 2,24). Con estas palabras se nos manifiesta una gran verdad: el matrimonio es el fundamento de la familia. La realidad del mutuo don de sí de los esposos es el único fundamento verdaderamente humano de una familia. Se ve así la diferencia específica con cualquier otro pretendido “modelo de familia” que excluya de raíz el matrimonio.

(…) El amor conyugal que se vive en el matrimonio está ordenado, por designio divino, además de a la unión entre los esposos, a la procreación y educación de los hijos; de este origen y finalidad deriva la identidad y la misión de la familia que se puede describir como: descubrir, acoger, custodiar, revelar y comunicar el amor.

La preparación al matrimonio

Educación sexual. Es más necesaria en nuestros días en cuanto la cultura ambiental extiende formas degeneradas de amor que falsean la verdad y la libertad del hombre en su proceso de personalización: son maneras teñidas de individualismo y emotivismo que llevan a las personas a guiarse por su simple sentimiento subjetivo y no son conscientes siquiera de la necesidad de aprender a amar.

Los padres son los primeros responsables para llevar a cabo esta educación de la sexualidad, ya en los años de la niñez como luego en la adolescencia. Es una tarea de tal importancia que los padres no pueden hacer dejación de la misma para que sean otros los que la realicen. Es más, les corresponde velar por la calidad de toda educación sexual que reciban sus hijos en otras instancias.

Como complemento y ayuda a la tarea de los padres, es absolutamente necesario que todos los colegios católicos preparen un programa de educación afectivo-sexual, a partir de métodos suficientemente comprobados y con la supervisión del Obispo.

Noviazgo. Se ha de entender como el tiempo de gracia en el que la persona descubre la vocación específica del matrimonio y se orienta hacia ella.

(…) Se trata de programar a modo de “catecumenado” un “itinerario de fe” en el que, de manera gradual y progresiva, se acompañará a los que se preparan para el matrimonio. En ningún caso se puede reducir a la transmisión de unas verdades, sino que debe consistir en una verdadera formación integral de las personas en un crecimiento humano, que comprende la maduración en las virtudes humanas, en la fe, la oración, la vida litúrgica, el compromiso eclesial y social, etc.

Cursos prematrimoniales. Los encuentros o catequesis de preparación al matrimonio, también llamados cursos prematrimoniales, son una ocasión privilegiada de evangelización. (…)

Es esencial crear un clima de libertad en el que los novios puedan expresar su propio proyecto de vida, pues sólo así se habla desde la verdad de la vida. Por desgracia, con frecuencia se constata que los novios vienen a “cubrir el expediente” y a salvar las apariencias; aunque, gracias a Dios, muchas veces acaban abriéndose a la buena nueva que se les presenta en los cursos y aceptando la presencia de Dios en su proyecto matrimonial. A pesar de la brevedad de la mayoría de los cursos, deben presentar con integridad y claridad la doctrina de la Iglesia que, de otro modo, es difícil que la reciban en un futuro.

Celebración del matrimonio

El matrimonio de los bautizados no creyentes. Es la situación de aquellos que se acercan al sacramento del matrimonio llevando una vida claramente incoherente con la fe, o manifestando que no son practicantes por convicción, o que declaran explícitamente no tener fe, o que acuden al matrimonio exclusivamente por motivos sociales, de conveniencia, etc. (…) Sin embargo, los motivos de carácter más bien social que pueden llevar a los novios a pedir casarse en la Iglesia no pueden, por sí solos, interpretarse como expresión de la falta de fe necesaria para la celebración sacramental del matrimonio. (…)

Es necesario distinguir entre los que quieren contraer matrimonio excluyendo algún elemento esencial (v.g. la indisolubilidad) y los que acuden diciendo que les falta la fe para la celebración del sacramento del matrimonio. La falta del verdadero consentimiento puede estar motivada por la falta de fe; pero son realidades diferentes y separables. Para que la exclusión de la sacramentalidad invalide el matrimonio ha de ser hecha mediante un acto positivo de la voluntad. Lo verdaderamente decisivo es conocer si los contrayentes quieren o no contraer matrimonio de acuerdo con el proyecto original de Dios sobre el matrimonio para toda la humanidad, tal como lo entiende la Iglesia.

Para la celebración del matrimonio como sacramento es requisito indispensable que los contrayentes tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, al menos de una manera genérica. (…) Para que se dé el matrimonio-sacramento los únicos requisitos son que sea celebrado entre dos bautizados, y que quieran casarse de verdad.

Matrimonios con musulmanes. Un cuidado muy particular se deberá tener con los matrimonios que se quieran celebrar entre parte católica y parte musulmana. Se ha de tener constancia documental de su libertad, de que no está impedida por la existencia de otro vínculo conyugal. Además será necesario examinar atentamente cuanto se refiere a la naturaleza y propiedades esenciales del matrimonio: muy especialmente sobre la unidad e indisolubilidad, y sobre el papel que se atribuye a la mujer en la familia, en la relación con el esposo y en la educación de los hijos. Se debe hacer consciente a la parte católica de las dificultades que, para el matrimonio, presentan los usos, las costumbres y las leyes islámicas por su concepción sobre la mujer (por ejemplo, la aceptación de la poligamia). Por eso, habrá de considerarse siempre la legislación matrimonial del Estado de donde proviene la parte musulmana y también (si es el caso) la que tiene aquél en el que fijarán su domicilio o residencia habitual.

Pastoral del matrimonio y la familia

Matrimonios jóvenes. Es en la tarea de la construcción de un hogar cuando surgen más dificultades, y cuando más necesitados están los esposos de una ayuda por parte de la Iglesia, que debe mostrar que es Madre. La comunidad cristiana, especialmente la parroquia, necesita con urgencia poner en juego su imaginación, su creatividad y su esfuerzo para promover estructuras de acogida y de acompañamiento e inserción apostólica de los matrimonios jóvenes. (…) Puede constituir una ayuda de primera importancia la aportación específica de los Centros de orientación familiar, Escuelas de padres, Movimientos de espiritualidad familiar, Asociaciones familiares, etc.

Servicio a la vida. Dada la extensión de una mentalidad anticonceptiva que llena de temor a los esposos, cerrándoles a la acogida de los hijos, no puede faltarles el ánimo y el apoyo de la comunidad eclesial. Es más, debe ser un contenido siempre presente en los cursos prematrimoniales, en donde se debe incluir una información sobre los efectos secundarios de los métodos anticonceptivos y los efectos abortivos de algunos de ellos. (…) Debe quedar claro que en ningún caso se puede considerar la concepción de un niño como si fuese una especie de enfermedad. (…)

Forma parte integrante de la pastoral familiar la educación de los matrimonios en los métodos de conocimiento de la fertilidad. Se ha de enfocar su enseñanza dentro del reconocimiento que hacen los esposos de la voluntad de Dios sobre sus vidas. (…) En esta educación entran en juego elementos de comunicación en el matrimonio, de confianza mutua, de crecimiento en la virtud del autodominio y de ponerse en manos de Dios y de su gracia.

Las familias numerosas. Las familias numerosas son una auténtica riqueza para la comunidad eclesial, y su testimonio de vida puede ser de mucha ayuda para otros esposos y para los que van a contraer matrimonio. Son una manifestación de la bendición de Dios. Son un punto de referencia para toda pastoral familiar.

Los padres, primeros educadores. El deber-derecho a la educación de sus hijos tiene como características las de ser esencial, primario, insustituible e inalienable. Se ha de fundar en el mismo amor conyugal que vivifica el matrimonio. Es, por tanto, una tarea común y solidaria: corresponde por igual al padre y a la madre, con la aportación específica de la paternidad y la maternidad.

Malos tratos. La pastoral de la Iglesia debe ayudar a la buena convivencia, comunicación y diálogo en el seno de las familias, para que éstas sean, verdaderamente, comunidades de vida y amor conforme a su vocación. Gracias a Dios, la inmensa mayoría de las familias viven en el respeto y amor entre sus miembros, y son fuente de paz social. Cuando haya dificultades para la buena convivencia, los Centros de Orientación Familiar pueden ofrecer consultas e intervenciones adecuadas para restablecer la armonía. Si se llega a situaciones graves de malos tratos ha de aceptarse la separación como un mal menor. Además, puede estudiarse si hubo causa de nulidad.

Familias en situaciones difíciles o irregulares

El primer objetivo en este ámbito de la pastoral es preventivo, y consiste en la extensión del reconocimiento del valor inmenso que supone la fidelidad matrimonial. Es una realidad muy valorada subjetivamente, pero puesta en peligro por múltiples condiciones de vida y tantas veces vilipendiada públicamente.

Ayuda en los momentos de crisis. La primera atención que requiere un problema o una crisis matrimonial es el conocimiento objetivo de las dificultades. (…) Además de un diálogo asiduo con los cónyuges, se les procurará poner en contacto con un Centro de Orientación Familiar de la Iglesia. Personas católicas con experiencia seria de fe, actuando en equipo y especializadas en las distintas facetas del matrimonio y la familia -espiritualidad, moral, psiquiatría, psicología, ginecología, sexualidad, pedagogía, derecho, orientación familiar, trabajo social, etc.- podrán atender, en estos centros, los problemas para encontrar cauces de solución.

Divorciados vueltos a casar civilmente. Hay que diferenciar, entre otros, a “los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados injustamente”; “los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido”; “los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de sus hijos”; y “los que están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido”.

(…) Para un bautizado, pretender romper el matrimonio sacramental y contraer otro vínculo mediante el matrimonio civil es, en sí mismo, negar la alianza cristiana, el amor esponsal de Cristo que se concreta en el estado de vida matrimonial. Existe una incompatibilidad del estado de divorciado y casado de nuevo con la plena comunión eclesial. Por ello, al acceder al matrimonio civil, ellos mismos impiden que se les pueda administrar la comunión eucarística.

A partir de la situación de fe de cada uno y su deseo sincero de participar de la vida eclesial, habrá que acompañarlos para que aprecien el valor de la asistencia al sacrificio de Cristo en la Misa, de la comunión espiritual, de la oración, de la meditación de la palabra de Dios, de las obras de caridad y de justicia.

Católicos casados solo civilmente. Es una situación que supone la aceptación de una estabilidad en su relación, por lo que no puede equipararse sin más a los que conviven sin vínculo alguno. Aunque, algunas veces, procede de la voluntad de dejar abierta la posibilidad a un futuro divorcio.

La adecuada acción pastoral comenzará por identificar los motivos que les han llevado a casarse sólo por lo civil. Si se ha producido un primer acercamiento puede ser signo de una fe incipiente que hay que fomentar, muchas veces puede deberse a ignorancia o a un temor de contraer un compromiso excesivo. Este primer paso conducirá a un mayor conocimiento y profundización en la vida cristiana, para hacerles descubrir la necesidad de la celebración del matrimonio canónico.

En el caso de que los unidos sólo con el matrimonio civil se separaran y solicitaran casarse canónicamente con una tercera persona, es necesario proceder con cautela. Hay que atender a las obligaciones adquiridas con cuantos se hallan implicados en la situación (la otra parte, los hijos tenidos en el matrimonio, etc.) y constatar las disposiciones y aptitudes de los que solicitan el matrimonio canónico. Se ha de evitar en todo punto cualquier apariencia de ser una especie de “matrimonio a prueba”.

Uniones de hecho. Son muy diversos los motivos que han llevado a tomar esa decisión de formar una “unión de hecho” sin contraer matrimonio: falta de formación, falta de fe, ruptura con la familia, desconfianza en el futuro, estrecheces económicas, una mal entendida libertad que rechaza todo vínculo jurídico, etc. En todo caso se trata de una situación irregular que no permite su acceso a los sacramentos mientras no exista una voluntad de cambiar de vida, porque faltan las disposiciones necesarias para recibir la gracia del Señor.

Dado lo inestable de su situación, los mismos acontecimientos de la vida pueden hacerles reconsiderar su postura, sobre todo cuando aparecen los hijos. Si existe un rescoldo de fe es un buen momento para proponerles la buena noticia del matrimonio cristiano y guiarles hacia su celebración.

Además de la atención de los casos particulares es muy importante promover, desde todo tipo de instancias civiles y eclesiales, medios para el reconocimiento del derecho del matrimonio a una protección eficaz y a un status diverso de otro tipo de convivencias.

Uniones homosexuales. Es necesario no considerar una “pareja de hecho” a las formas de convivencia de carácter homosexual. Existe una presión mediática muy importante para asimilarlas al matrimonio por medio de su reconocimiento como “uniones de hecho”. Es importante hacer llegar a las esferas políticas, por los medios de comunicación social y otros medios al alcance, la afirmación explícita de que se trata de otro tipo de unión completamente distinta del matrimonio y que es contraria a una antropología adecuada.

Un contexto de inestabilidad familiar

Este plan de pastoral familiar se sitúa en un contexto socio-cultural que queda reflejado en algunos datos estadísticos. España registra un marcado crecimiento de la inestabilidad matrimonial y un descenso aún mayor de la fecundidad.

Desde que se aprobó la ley de divorcio, en 1981, se han disuelto unos 600.000 matrimonios y ha habido unas 900.000 separaciones judiciales. El número ha ido aumentando de año en año, con la única particularidad de que desde 1995 son más los divorcios o separaciones por mutuo acuerdo que los motivados por alguna causa legal. En 2002, las rupturas por consenso fueron el 64% de 115.188 (73.567 separaciones más 41.621 divorcios). El 52% de las separaciones o divorcios llegan antes de que se cumplan diez años de matrimonio.

El número de rupturas matrimoniales crece más aprisa (+26% de 1996 a 2000) que el de bodas (+7%). En términos relativos, la tasa bruta de nupcialidad y la de divorcialidad van en sentidos opuestos. De 1998 a 2002, los matrimonios celebrados bajaron de 5,22 a 5,07 por mil habitantes, mientras que los divorcios subieron de 0,91 a 1,01 por mil. Si se incluyen las separaciones, el crecimiento fue de 2,34 a 2,79 por mil.

En cuanto a la procreación, es conocido que la fecundidad de España (1,25 hijos por mujer en 2001) es de las más bajas del mundo y la mínima de la Unión Europea, ex aequo con la de Grecia. La tasa española cayó por debajo del umbral de reemplazo (2,1) en 1981, y ha registrado un descenso casi continuo desde entonces. El 19,5% de los hijos nacidos en 2001 eran extramatrimoniales.

Uno de los factores que han contribuido a este fenómeno es el aplazamiento de los hijos. Por una parte, la edad media al contraer matrimonio por primera vez ha subido 4 años de 1981 a 2001: de 24 a 28,4 años en las mujeres y de 26,4 a 30,4 años en los hombres. Lo mismo ha pasado con la edad media de las madres primerizas, que ha pasado de 25,2 a 29,1 años en el mismo periodo. Si se cuentan todos los partos, no solo los de primogénitos, sale una edad media a la maternidad de 30,7 años, la más alta de Europa, mientras que en 1981 era 28,2. El retraso se traduce en un acortamiento de la vida fecunda que contribuye mucho al declive de la natalidad.

Además, una peculiaridad de España es el frecuente recurso a la esterilización, despenalizada en 1983. Según los datos disponibles, en un decenio (1985-1995) ha subido entre el 10% y el 20% en las mujeres y entre el 5% y el 12% en los hombres, según los tramos de edad. En 1995 se habían esterilizado el 12,2% de las mujeres y el 8,1% de los hombres en edad fértil; diez años antes las proporciones eran el 2,9% y el 0,3%, respectivamente.

Finalmente, el aborto ha aumentado todos los años desde que se despenalizó en 1985, con una sola excepción (1997). El último dato definitivo, de 2001, es de 69.857 abortos, lo que supone un incremento del 66% en diez años. En el decenio, la tasa ha subido de 7,86 a 17,19 abortos por cien nacimientos.