Juan Pablo II, realizador del Concilio

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Duración lectura: 13m. 49s.

Veinte años de pontificado
En veinte años, Juan Pablo II ha asombrado al mundo y ha creado en la Iglesia un clima de renovación, de impulso evangelizador. Su pontificado se reconoce ya como uno de los más plenos de la historia. La poderosa influencia que ejerce este líder del espíritu se debe, en buena parte, a su personalidad. Pero, desde el primer día, él mismo subrayó que la misión a la que ha sido llamado está por encima de su persona. Por eso, la hondura y la permanencia de su impronta se explica sobre todo por las líneas maestras de su gobierno, que se resumen en una: la aplicación del Concilio Vaticano II.

Juan Pablo II tiene un vivo sentido de la historia, y lo aplica a su propio ministerio, entendiéndolo inserto en el tiempo que le ha tocado, a la luz de los designios de Dios. Karol Wojtyla es Juan Pablo II, y su “secreto” reside en que es el Papa. Todo lo irrepetible en él, según su misma clave interpretativa, se explica por la misión que le ha sido encomendada en este punto de la historia, y está al servicio de ella.

El programa del pontificado

Entonces, lo que distingue al actual pontificado, más allá de la persona que lo encarna, está en lo que define al momento histórico. Juan Pablo II no tiene duda sobre qué sea eso: el Concilio Vaticano II, “piedra miliar en la historia bimilenaria de la Iglesia” -así lo llamó en su primer mensaje (17-X-78)-, que precisa lo que en estos tiempos Dios quiere de la Iglesia, así como la misión específica del presente sucesor de Pedro.

Desde el principio, pues, Juan Pablo II declara que su programa es promover “la más exacta ejecución de las normas y de las orientaciones del Concilio” (17-X-78), en continuidad con la tarea iniciada por sus predecesores. Lo expone por extenso en su primera encíclica, Redemptor hominis (1979), lo repite en sus otros documentos y en su predicación, y lo pone en práctica con sus actos de gobierno.

Las esperanzas del Concilio

Para calibrar la estatura histórica de este pontificado es preciso recordar cuáles eran aquellas esperanzas que despertó el Concilio convocado por Juan XXIII. A este propósito sirve un texto del Card. Ratzinger (1).

No se puede comprender cabalmente, señala Ratzinger, el alivio y la esperanza que suscitó en la Iglesia el Concilio Vaticano II, sin remontarse a los inicios de la edad contemporánea. Hasta la época del barroco, fe y cultura, Iglesia y mundo, estaban unidos en el pensamiento y en la concepción de la vida. El cristianismo permeaba la existencia humana y la entera sociedad. Con la Ilustración, el Estado, la sociedad y la cultura dejan de fundarse en la fe. La Iglesia “ya no era la fuerza motriz de la época, sino su antagonista”.

La Iglesia adoptó una actitud defensiva, refugiada en una especie de ghetto cultural. Los templos neogóticos o la filosofía y la teología neoescolásticas, dice Ratzinger, son muestra de una cultura cristiana encerrada en sí misma, que sobrevive al margen de las corrientes que conforman la sociedad. Esta situación sólo se alivió con los movimientos de renovación del siglo XIX, que hacen surgir, con el impulso de nuevas congregaciones religiosas, una multitud de escuelas, obras asistenciales o de promoción de la mujer…

Para salir del “ghetto”

Tales iniciativas empezaban a cerrar la fractura entre Iglesia y civilización, y con ellas entronca el Concilio Vaticano II. Pero todavía eran, en gran medida, influjos exteriores, aunque benéficos, a la sociedad civil. El Concilio, con su reflexión sobre el misterio de la Iglesia, y en particular con la proclamación de la vocación y misión específicas de los laicos, es el que llega a la raíz. El creyente es fermento llamado a dignificar el mundo; lo cristiano y lo humano están en íntimo acuerdo; la fe no se reduce a cultura, pero el fiel, al impregnar la cultura con su fe, humaniza la sociedad.

El Concilio declaró llegada la hora, señala Ratzinger, de “acabar con todas las mediocridades, limitaciones y miedos que se habían venido creando en la época del ghetto, para llegar a una nueva libertad y generosidad de la fe, que participase plenamente en el fluir de la cultura general hasta fundirse con ella”. Esa era la esperanza que transmitió el Concilio, expresada en el “abrir ventanas” de Juan XXIII: una vitalidad, extraída por la Iglesia de sus mismas raíces evangélicas, que no quedaría encerrada en los confines eclesiásticos.

Si, por dar la clave histórica, la aplicación del Concilio define el actual pontificado, quizá se puede decir que la singularidad de Juan Pablo II consiste en que es “el Papa adecuado”. Frente a la misión de un Pontífice, es verdad, no importa mucho la persona; pero la providencia no descuida las causas segundas, y sabe preparar a la “persona adecuada” con la “mentalidad adecuada”.

Un hombre del Concilio

La vida de Karol Wojtyla parece pensada para entrar en sintonía con el Vaticano II. Su formación abarca mucho más de lo que puede ofrecer una “carrera eclesiástica”. Autor y actor de teatro, fue siempre amante de la literatura. Profundo conocedor de la filosofía contemporánea, en su pensamiento confluyen la fenomenología alemana y el personalismo francés. Trabajó de obrero en una fábrica. Cuando empezó a prepararse para ser sacerdote, no se separó de la cultura y el ambiente seculares, y después siguió presente en la universidad. Durante sus años de ministerio pastoral en Cracovia, se mantuvo en contacto con estudiantes, obreros, campesinos…; su familiaridad con los problemas e intereses de los matrimonios es evidente en Amor y responsabilidad.

Por eso conectó espontáneamente con el Vaticano II: la apertura al mundo y la vocación laical no le resultaban ajenas. Él mismo cuenta en Don y misterio: “Me ha acompañado siempre la profunda conciencia de la urgente necesidad del apostolado de los laicos en la Iglesia. Cuando el Concilio Vaticano II habló de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, no pude menos que sentir una gran alegría: lo que el Concilio enseñaba respondía a las convicciones que habían guiado mi acción desde los primeros años de mi ministerio sacerdotal”. Esta actitud, junto con la conocida intervención de Mons. Wojtyla en el Concilio, especialmente destacada en la redacción de la programática constitución Gaudium et spes, justifican que se le pueda llamar “un hombre del Concilio”.

Actos de gobierno

Si hiciera falta probar que Juan Pablo II ha aplicado el Concilio, bastaría señalar los actos de gobierno con que ha ido dando vida a las reformas prescritas por el Vaticano II. El nuevo Código de Derecho Canónico y el Código de las Iglesias Orientales, que han impreso en la legislación de la Iglesia el tono pastoral que pedía el Concilio, y definen los derechos y deberes fundamentales de los fieles, son monumentos bastantes para que un Papa pase a la historia. Otra línea de actuación destacada es el refuerzo de la colegialidad, mediante el impulso dado a los Sínodos (aparte de seis generales, Juan Pablo II ha convocado uno especial para cada continente y otros para varios países) y distintas reuniones con los obispos con ocasión de visitas ad limina, viajes pastorales del Papa o circunstancias particulares, así como la reciente regulación de las Conferencias Episcopales. Ha hecho del impulso al ecumenismo uno de los rasgos característicos de su pontificado.

Además, el Papa ha alentado la acción evangelizadora de la Iglesia con numerosas disposiciones pastorales. Ha impulsado los movimientos; ha sostenido a los sacerdotes, deteniendo el flujo de secularizaciones y favoreciendo los seminarios; ha dado nuevas normas para las universidades católicas; ha promovido la cristianización del pensamiento, con las instituciones pontificias para la cultura, la ciencia o la vida, o la revisión del caso Galileo; ha multiplicado las causas de canonización…

Sintonía con la cultura contemporánea

La revitalización de la Iglesia buscada por el Concilio, el nuevo clima que había de poner fin al ghetto, no entra en las estadísticas, pero es perceptible en este pontificado: la apertura es una realidad cada vez más clara.

“El Papa -dice Ratzinger- viaja incansablemente por todo el mundo (…); se entrega, sin reservas, para franquear las puertas a Cristo y abatir las barreras de las que se rodea el hombre. Juan Pablo II se acerca a los poderosos y a los desheredados, a los ricos y a los pobres (…), siempre para llevar a Cristo en medio del mundo. Misas con asistencia masiva son celebradas en las plazas mayores de las ciudades, y la Palabra de Dios es predicada ‘sobre los tejados’ (Mt 10, 27). (…) Son muchas las puertas que han ido abriéndose, a pesar de que parecían cerradas para siempre” (1).

“En este final de siglo secularizado, el hombre más popular del mundo habla desde un altar”, escribió hace años el periodista estadounidense George F. Will. No es una paradoja, al menos para Juan Pablo II. Él sabe que el Evangelio conecta con las aspiraciones del ser humano. Lo que pone de su parte es fidelidad al Evangelio y su propia sintonía con el hombre de hoy. “Juan Pablo II es, clara y netamente -ha escrito José Luis Illanes, de la Facultad de Teología de Navarra-, un hombre de nuestro tiempo, un hombre que sintoniza, desde lo más profundo de su ser, con la coyuntura cultural contemporánea” (2).

Predicador de la dignidad humana

Esa sintonía se manifiesta en sus escuchadas palabras sobre los problemas del desarrollo, la ecología, la condición de la mujer… y, ante todo, sobre los derechos humanos. En ellos tiene Juan Pablo II su principal punto de encuentro con los hombres de toda cultura o religión.

La sintonía es profunda, primero, porque es sincera: todos pueden advertir que la firmeza del Papa en esos temas es por completo desinteresada y procede de la atenta escucha a la verdad. No es Juan Pablo II un líder acomodaticio que module su discurso según las encuestas y los índices de audiencia. Se atreve a ser exigente, porque la dignidad humana no pide menos y porque no habla en nombre propio, sino con la autoridad de la verdad.

Hay otra clave de su sintonía. Es profunda, porque es una sintonía en la fuente. Juan Pablo II apela a la verdad común, reconocible por todos. Fundamento de su predicación a todos es la dignidad de la persona. Su fuerza de convicción en este tema viene también de su propia conducta. Los testigos son concordes en que la prioridad que otorga a la persona, a cada persona -principio de su enseñanza-, es a la vez rasgo característico de su trato. Y es difícil no escuchar al que muestra que no le eres indiferente.

Así ha realizado Juan Pablo II la apertura de la Iglesia al mundo reclamada por el Concilio. Este es tal vez el mayor fruto del pontificado y, desde luego, un dato imprescindible en el balance de los pasados veinte años. Los obstáculos y contradicciones que ha encontrado el Papa no son tampoco despreciables, pero sobre todo prueban que su mensaje y su actuación no son insignificantes. Además, su sentido de la historia le hace consciente de que él es “sólo” el Papa de este tiempo, y otro después de él proseguirá la tarea, que tampoco el sucesor acabará. Por eso mismo, Juan Pablo II nunca la dará por concluida: terminará su misión en la historia ocupado, como desde el principio, en llamar a las puertas que todavía han de abrirse a Cristo.

Algunos documentos clave del pontificadoEncíclicas

Juan Pablo II ha publicado doce encíclicas:

· Tres dedicadas a la Trinidad, que desarrollan las claves del pontificado: Redemptor hominis (1979), Dives in misericordia (1980) y Dominum et vivificantem (1986).

· Una sobre la Virgen María, Redemptoris Mater (1987), que prolonga las anteriores en algunos aspectos.

· Tres encíclicas sociales: Laborem exercens (1981), sobre el trabajo; Sollicitudo rei socialis (1987), sobre el desarrollo, y Centesimus annus (1991), que examina la situación tras la caída del comunismo en Europa.

· Otras tres tratan de temas eclesiológicos: Slavorum apostoli (1985), sobre la tradición oriental de la Iglesia; Redemptoris missio (1990), sobre la acción misionera, y Ut unum sint (1995), sobre el ecumenismo.

· Dos sobre ética: Veritatis splendor (1993), que expone los fundamentos de la teología moral, y Evangelium vitae (1995), acerca del respeto a la vida humana.

Exhortaciones apostólicas postsinodales

Juan Pablo II ha publicado los documentos que recogen las conclusiones de las cinco asambleas generales ordinarias del Sínodo de los obispos que ha convocado (1980, 1983, 1987, 1990 y 1994), y la correspondiente al último Sínodo presidido por Pablo VI (1977):

· Catechesi tradendae (1979), sobre la catequesis.

· Familiaris consortio (1981), sobre el matrimonio y la familia.

· Reconciliatio et paenitentia (1984), sobre la penitencia.

· Christifideles laici (1989), sobre la vocación y la misión de los laicos.

· Pastores dabo vobis (1992), sobre los sacerdotes.

· Vita consecrata (1996), sobre los religiosos.

Cartas apostólicas

Entre la treintena de documentos de esta clase publicados por el Papa se pueden destacar:

· Dominicae cenae (1980), sobre la Eucaristía.

· Salvifici doloris (1984), sobre los enfermos y el sentido cristiano del dolor.

· Euntes in mundum (1988), sobre el milenario de la cristianización de Rusia.

· Mulieris dignitatem (1988), sobre la mujer, tema al que en 1995 dedicó una Carta a las mujeres.

· Ordinatio sacerdotalis (1994), en que confirma el carácter definitivo de la doctrina por la que se reserva el sacerdocio a los varones.

· Tertio millennio adveniente (1994), como preparación del Jubileo del año 2000.

· Carta a las familias (1994).

· Orientale lumen (1995), sobre las Iglesias orientales.

Constituciones apostólicas

· Pastor Bonus (1988), que reformó la curia vaticana.

· Ex corde Ecclesiae (1990) da las normas fundamentales por las que se rigen las universidades católicas.

· Universi dominici gregis (1996) establece un nuevo procedimiento para la elección del Papa.

· Con las correspondientes constituciones apostólicas, Juan Pablo II ha promulgado el nuevo Código de Derecho Canónico (1983), el Código de Cánones de las Iglesias Orientales (1990) y el Catecismo de la Iglesia católica (1992).

Documentos de congregaciones vaticanas

· Congregación para la Doctrina de la Fe: instrucciones Libertatis nuntius (1984) y Libertatis conscientia (1986), sobre la teología de la liberación; declaración sobre la eutanasia del 5-V-1980; instrucción Donum vitae (1987), sobre la procreación artificial; instrucción Donum veritatis (1990), sobre la misión de los teólogos.

· Congregación para la Educación Católica: Orientaciones educativas sobre el amor humano (1983).

· Congregación para los sacramentos y el culto divino: instrucción Inaestimabile donum (1980), sobre el culto eucarístico.

· Carta de los derechos de la familia (1983).

Viajes: dónde no ha estado

En sus veinte años de pontificado, Juan Pablo II ha realizado 84 visitas apostólicas fuera de Italia. Por eso, quizá sea más fácil decir dónde no ha estado.

África. Sólo 12 de las 52 naciones africanas no han recibido visita de Juan Pablo II: Argelia, Comores, Egipto, Eritrea, Etiopía, Liberia, Libia, Mauritania, Namibia, Sierra Leona, Somalia y Yibuti.

América. Visitada Cuba, sólo faltan las Guayanas.

Asia. Aquí son mayoría los países que no ha visitado. Ha estado en Bangladesh, Corea del Sur, Filipinas, India, Indonesia, Japón, Líbano, Pakistán, Singapur, Sri Lanka y Tailandia.

Europa. Ha visitado casi todo el continente, incluidas Islandia y Turquía. Las excepciones son países de mayoría ortodoxa: Bulgaria, Grecia, Macedonia, Rumania y Serbia, además de Rusia y las demás repúblicas ex soviéticas. Sí ha estado en los tres países bálticos.

Oceanía. Le faltan por visitar seis países pequeños. Ha estado en los otros cinco: Australia, Fidji, Nueva Zelanda, Papúa-Nueva Guinea y Salomón.

Rafael Serrano_________________________(1) Joseph Ratzinger, “Un Papa mariano, realizador fiel del Concilio”, en Del temor a la esperanza, vol. 3, pp. 230-233 (ver servicio 69/93).(2) José Luis Illanes, “Veinte años de pontificado de Juan Pablo II”, en Nueva Revista (Madrid, octubre 1998).

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