Juan Pablo II escribe una carta muy personal a los ancianos

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Duración lectura: 8m. 40s.

Programa para una vejez bien vivida

“Al dirigirme a los ancianos… hablo a los de mi edad; me resulta fácil, por tanto, buscar una analogía en mi experiencia personal”. A sus 79 años, Juan Pablo II escribe en un tono de confidencia una “Carta a los ancianos”, a quienes la ONU ha dedicado este año del fin de siglo. El Papa, que está viviendo su vejez con evidentes limitaciones físicas y a la vez lleno de proyectos, ofrece un programa para envejecer bien y para que la sociedad sepa aprovechar las cualidades de los ancianos.

No es la primera vez que el Papa se dirige a una categoría de personas en un documento de tono menos solemne, como ya lo hizo en sus cartas a las familias, a las mujeres, a los jóvenes o a los artistas. Pero al escribir en este caso a sus coetáneos, no duda en aludir a su propia experiencia de la vejez, lo que le da un enfoque especialmente entrañable.

Lejos de un tono crepuscular, Juan Pablo II está viviendo su vejez lleno de amor por la vida. “A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello”. Y es que el don de la vida “es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él”.

Una edad con sentido propio

En la vejez, es tentador renegar del presente y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Juan Pablo II no cae en este tópico. Al evocar el siglo que le ha tocado vivir, recuerda que ha sido pródigo en guerras y violaciones de los derechos humanos, que han provocado daños inauditos. Pero subraya también que “ha visto surgir múltiples aspectos positivos”, como el creciente reconocimiento de los derechos humanos y de la dignidad de la mujer, el diálogo entre las religiones, la caída de los regímenes totalitarios, la mayor sensibilidad ecológica o el progreso de las ciencias.

Pero la carta es sobre todo una enseñanza sobre el valor de una vejez bien vivida, “época privilegiada de la sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia”. La vejez es una etapa de la vida con sentido propio, pues “cada edad tiene su belleza y sus tareas”. Apoyándose en las figuras elocuentes de ancianos del Viejo y del Nuevo Testamento (Abraham, Moisés, Simeón, Ana, Isabel…), y aprovechando también la sabiduría de Ovidio y Virgilio, hace ver que la vejez “forma parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en que todo confluye, permitiéndole de ese modo comprender mejor el sentido de la vida y alcanzar la sabiduría del corazón”.

Al analizar la actitud ante los ancianos en nuestro tiempo, constata que en algunos pueblos -“pienso en particular en África”-, “la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio”. En otros, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad. “Especialmente en las naciones desarrolladas, parece obligado un cambio de tendencia para que los que avanzan en años puedan envejecer con dignidad, sin temor a quedar reducidos a personas que ya no cuentan nada”.

Esto conduce al Papa a reafirmar que la eutanasia, aunque movida por una compasión mal entendida, es una ofensa a la dignidad de la persona; y a la vez recuerda que la ley moral “exige sólo aquellas curas que son parte de una normal asistencia médica”, sin incurrir en ensañamiento terapéutico.

Una misión que cumplir

Con una perspectiva meramente terrena, la vejez se presenta como decadencia. Pero Juan Pablo II invita a considerarla desde una perspectiva adecuada, la de la eternidad, que nos hace verla como “acercamiento prometedor a la meta de la plena madurez”. “La ancianidad tiene una misión que cumplir en el proceso de progresiva madurez del ser humano en camino hacia la eternidad”.

Y de esta madurez se beneficia todo el cuerpo social. “Los ancianos -recuerda el Papa- son depositarios de la memoria colectiva y, por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de una modernidad sin memoria”.

Con una mentalidad asistencialista, podría pensarse que bastante hace el Estado del Bienestar con garantizar la pensión y cuidados médicos a los viejos. Juan Pablo II pide más. “Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades”. Con su experiencia, los ancianos “pueden ofrecer apoyo a los jóvenes que en su recorrido se asoman al horizonte de la existencia para probar los distintos caminos”.

El Papa reconoce que los ancianos pueden aportar también mucho a la comunidad cristiana: “¡En cuántas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe!”. Igualmente, “¡cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono!”.

Plantearse las preguntas radicales

¿Cuál es el mejor ambiente para transcurrir la ancianidad? El lugar más natural “es el ambiente en el que el anciano se siente ‘en casa’, entre parientes, conocidos y amigos, y donde puede realizar todavía algún servicio”. A veces las circunstancias exigirán el ingreso en una residencia de ancianos, “instituciones loables que pueden dar un precioso servicio”, sobre todo cuando se presta una atención afectuosa.

A los ancianos que sufren por su precaria salud u otras circunstancias, Juan Pablo II les recuerda que cuando Dios permite nuestro sufrimiento “nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrificio del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico”.

Aunque hoy muchos lleguen a una edad avanzada en buena forma física, no se puede perder de vista que la vejez es “un tiempo favorable para la culminación de la existencia humana”. En este punto, Juan Pablo II aborda explícitamente la cuestión de la angustia ante la muerte, que necesariamente nos entristece. “Aun cuando la muerte sea comprensible bajo el aspecto biológico, no es posibble vivirla como algo que nos resulta ‘natural’. Contrasta con el instinto más profundo del hombre”. “El hombre está hecho para la vida”, mientras que la muerte no estaba en el proyecto original de Dios, sino que entró por el pecado.

El dolor no tendría consuelo si la muerte fuera la destrucción total. Por eso, “la muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido mismo de la vida”, sobre qué hay más allá de la muerte. La respuesta, dice Juan Pablo II, viene de Cristo, que, “habiendo cruzado los confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquel ‘territorio’ inexplorado por el hombre que es la eternidad”.

“La fe ilumina así el misterio de la muerte e infunde serenidad en la vejez”, afirma Juan Pablo II, como preparación para el destino eterno. “Un periodo que se ha de utilizar de modo creativo con vistas a profundizar en la vida espiritual, mediante la intensificación de la oración y el compromiso de una dedicación a los hermanos”. Por eso, el Papa alaba “todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de relación, ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros su tiempo, sus capacidades y su experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto por la vida, don fundamental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vida no contrarresta el deseo de eternidad, que madura en cuantos tienen una experiencia espiritual profunda”.

Desde la vida a la vida

Con esta advertencia, Juan Pablo II parece salir al paso de un riesgo en el modo de plantearse hoy la vejez. Ciertamente, con la prolongación de la esperanza de vida, se han multiplicado las iniciativas para la tercera edad. Pero, a falta de una auténtica función social para la vejez, existe el peligro de considerar como un ideal el tener entretenidos a los viejos -televisión, diversiones, viajes…-, con una falsa imitación de vivencias juveniles. Esto puede anestesiar su búsqueda de una madurez espiritual, que es lo más característico de esa etapa de la vida. E incluso robarles la preparación necesaria para afrontar la propia muerte, pues a veces los parientes procuran que den ese paso casi “sin darse cuenta”.

Desde una perspectiva cristiana, Juan Pablo II recuerda que “el ocaso de la existencia terrena tiene los rasgos característicos de un ‘paso’, de un puente tendido desde la vida a la vida, entre la frágil e insegura alegría de esta tierra y la alegría plena que el Señor reserva a sus siervos fieles: Entra en el gozo de tu Señor”. Juan Pablo II confiesa cómo vive ese paso. “Es hermoso poder gastarse hasta el final por la causa del Reino de Dios. Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en que el Señor me llame: ¡de vida a vida!”.

Pero a Juan Pablo II se puede aplicar lo que él mismo dice en su carta sobre la perenne juventud a pesar de los años: “El espíritu humano, aun participando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido permanece siempre joven si vive orientado hacia lo eterno”.

Esta orientación le lleva a concluir su carta con una oración llena de esperanza: “Cuando venga el momento del paso definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Ti, después de haberte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, junto con quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la esperanza”.

Juan Domínguez

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