¿Fundamentalismo o lucha por el poder?

William Pfaff comenta en International Herald Tribune (10-X-97) que “fundamentalismo” no es un término adecuado para hablar del conflicto de Argelia o de la situación de otros países árabes.

Al hablar sobre las relaciones entre Occidente y el Islam, en particular en los países mediterráneos, en interés de la claridad deberíamos prescindir de las palabras “fundamentalista” y “fundamentalismo”. Su uso promueve estereotipos y malinterpreta las luchas políticas como si fuesen conflictos religiosos.

(…) En un congreso que tuvo lugar en Padua, organizado por la Comunidad de San Egidio, el profesor estadounidense Thomas Michel advirtió que, como fenómeno religioso, el fundamentalismo es específicamente norteamericano. Su origen es un movimiento protestante, surgido en Estados Unidos a principios de siglo como reacción contra la teología liberal y contra la influencia del secularismo y el darwinismo sobre el protestantismo. Este movimiento sostenía, y sigue sosteniendo, una interpretación literal de la Biblia. Los movimientos musulmanes llamados fundamentalistas son teocráticos. Pretenden instalar gobiernos regidos por interpretaciones estrictas de las enseñanzas del Corán. (…)

Entre los ponentes de Padua había un argelino, profesor de doctrina islámica en la Universidad de Rabat (Marruecos), así como otros colegas del mundo islámico y de Europa. Todos coincidieron en la necesidad de llamar a las cosas por su nombre. Un asesino es un asesino, y un terrorista es un terrorista. Un terrorista actúa por razones políticas. Su motivación es el poder, no la religión. Puede ser un fanático religioso, pero el fanatismo no es religión.

La complejidad de la terrible lucha que tiene lugar en Argelia ha horrorizado al mundo, pero también le ha llevado a pensar que lo que está pasando es incomprensible y de algún modo colectivo. La culpa recae sobre “Argelia”, o sobre el Islam. Se trata de una fatalidad cultural o nacional.

Sin embargo, las personas que ordenan y cometen esas atrocidades obran por motivos políticos. Tratan de hacerse con el poder, o conservarlo. Algunos actúan incluso por una razón más básica, la codicia. Argelia es rica en petróleo y gas natural. El gobierno controla esos recursos. La lucha es por la riqueza. (…)

Cuando se explican los conflictos de Yugoslavia, Ruanda, Somalia y otros lugares, la gente imputa una difusa responsabilidad a la etnia, a la historia o a la cultura. Si estos problemas se pueden atribuir a odios ancestrales, rivalidades étnicas, al temperamento nacional o incluso a una supuesta predisposición islámica a la violencia (difícil de sostener, cabría pensar, a la vista de la historia de la Europa cristiana en este aspecto), ya no hemos de pensar más en ellos. No hay nada que intentar, pues nada se puede hacer.

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