Francisco: El Sínodo no es un parlamento donde se negocia

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Duración lectura: 6m. 59s.

“El Sínodo no es un parlamento donde, para alcanzar un consenso o un acuerdo común, se recurre a la negociación, al pacto o a los compromisos”, ha dicho el Papa en la apertura de las sesiones del Sínodo de la Familia. Ayer, en la misa inaugural, el Papa Francisco pidió poner los valores de la unión conyugal por delante de los legalismos e intereses egoístas.

Francisco se ha dirigido a los padres sinodales esta mañana para subrayar la finalidad y el método de la asamblea.

La Iglesia, “fiel a su naturaleza de madre”, está en el deber de sanar y acoger a las parejas heridas

El Sínodo es, ha dicho, para “el bien de la Iglesia, de las familias y de la suprema lex, la salus animarum” (la salvación de las almas). La asamblea sinodal es una expresión de “la Iglesia que camina, todos juntos, para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios”. Para ello, “la Iglesia se interroga sobre su fidelidad al depósito de la fe, que para ella no representa un museo para contemplar y tampoco solo para salvaguardar, sino una fuente viva donde la Iglesia bebe para dar de beber e iluminar el depósito de la vida”.

Por eso, ha añadido Francisco, “el único método del Sínodo es abrirse al Espíritu Santo, con coraje apostólico, con humildad evangélica y con oración confiada”.

El coraje apostólico supone no dejarse “atemorizar ni por las seducciones del mundo, que tienden a apagar en el corazón de los hombres la luz de la verdad sustituyéndola por luces pequeñas y efímeras, y tampoco por el endurecimiento de algunos corazones que –pese a sus buenas intenciones– alejan de Dios a las personas”.

La humildad evangélica es necesaria para escuchar a los otros padres sinodales, sin “señalar con el dedo a los demás para juzgarlos”, sino tendiéndoles la mano. La tercera actitud que el Papa propuso a los obispos participantes, la oración confiada, permite “escuchar la suave voz de Dios”. Pues “sin escuchar a Dios nuestras palabras serán solo palabras que no sacian y no sirven”.

“El matrimonio no es una utopía de adolescente”

El día anterior, durante la eucaristía inaugural del Sínodo, habló del sentido y la misión de la familia. El sueño de Dios para el ser humano, dijo, es la plena realización de este “en la unión de amor entre hombre y mujer; feliz en el camino común, fecunda en la donación recíproca”, una unión a la que la Iglesia habrá de acompañar, animar y defender, así como servir de “hospital de apoyo”.

El ser humano va “tras los amores temporales, pero sueña el amor autentico; corre tras los placeres de la carne, pero desea la entrega total”

En su homilía, el Pontífice se remontó al plan divino sobre la unión de hombre y mujer, y a cómo Jesús, ya en su tiempo, debió “corregir el tiro” a los que pretendían hallar nuevas lecturas al matrimonio. “Jesús –apuntó el Santo Padre–, ante la pregunta retórica que le habían dirigido, probablemente como una trampa para hacerlo quedar mal ante la multitud que lo seguía y que practicaba el divorcio como realidad consolidada e intangible, responde de forma sencilla e inesperada: restituye todo al origen de la creación, para enseñarnos que Dios bendice el amor humano; es Él quien une los corazones de dos personas que se aman y los une en la unidad y en la indisolubilidad. Esto significa que el objetivo de la vida conyugal no es solo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y originante”.

Así, al recordar la enseñanza de Jesús en el evangelio –“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10,9)–, el Papa llamó a todos los creyentes a dejar de lado el individualismo y el andar buscando fórmulas legalistas para satisfacer un egoísmo mezquino que desfigura el verdadero significado de la pareja y de la sexualidad. El Papa señaló asimismo que, para Dios, el matrimonio “no es una utopía de adolescente”.

Muchos placeres, mucha soledad

Hablando de la soledad de Adán, antes de que Dios le diera a Eva, el Papa subrayó el problema de la soledad que aflige a muchos en nuestros tiempos: ancianos abandonados por sus hijos, viudos y viudas, mujeres y hombres dejados por sus cónyuges, emigrantes, refugiados… y todo ello en un mundo de “tantas casas de lujo y edificios de gran altura”, pero con cada vez menos calor de hogar y familiar.

Hay, según explicó, “muchos proyectos ambiciosos, pero poco tiempo para vivir lo que se ha logrado; tantos medios sofisticados de diversión, pero cada vez más un profundo vacío en el corazón; muchos placeres, pero poco amor; tanta libertad, pero poca autonomía… Son cada vez más las personas que se sienten solas, y las que se encierran en el egoísmo, en la melancolía, en la violencia destructiva y en la esclavitud del placer y del dios dinero”.

En el Sínodo, “la Iglesia se interroga sobre su fidelidad al depósito de la fe, que para ella no representa un museo para contemplar y tampoco solo para salvaguardar, sino una fuente viva”

La paradoja, ante este “triunfo” de la soledad y de sus consecuencias, es que el proyecto para evitarlas: la conformación de matrimonios y familias sólidas, resulta en muchas ocasiones ridiculizado y desata un miedo que “paraliza” el corazón del ser humano contemporáneo, a pesar de que se siente atraído por el amor auténtico, sólido y fecundo.

“Lo vemos ir tras los amores temporales, pero sueña el amor autentico; corre tras los placeres de la carne, pero desea la entrega total”, apuntó

En ese sentido, citó al cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa emérito Benedicto XVI, quien en un libro publicado en 1989 habló de “la tristeza de este mundo”, una vez que el ser humano ha ido tras la promesa de las libertades ilimitadas y comprobado que estas no le satisfacen plenamente: “Los placeres prohibidos perdieron su atractivo cuando han dejado de ser prohibidos. Aunque tiendan a lo extremo y se renueven al infinito, resultan insípidos porque son cosas finitas, y nosotros, en cambio, tenemos sed de infinito”.

La Iglesia, una madre que acoge y sana

Quizá como recordatorio de que la doctrina de Cristo no es veleta que gire según la dirección de los “nuevos vientos” en materia sexual y familiar, el Papa precisó que un contexto tan difícil la Iglesia ha de vivir su misión en la fidelidad a las enseñanzas de su Maestro, con apego a la verdad y siempre solícita en la caridad.

En tal sentido, expresó que a la Iglesia le corresponde defender el amor fiel, la sacralidad de la vida –“de toda vida”–, y la unidad e indisolubilidad del vínculo entre los esposos, signo de la gracia de Dios, y al mismo tiempo animar “a las numerosas familias que viven su matrimonio como un espacio en el cual se manifiestan el amor divino”.

Esta misión habrá de llevarse adelante con la bandera de la verdad, “que no cambia –aseguró– según las modas pasajeras o las opiniones dominantes. La verdad que protege al hombre y a la humanidad de las tentaciones de autorreferencialidad y de transformar el amor fecundo en egoísmo estéril; la unión fiel, en vínculo temporal”.

Y por otra parte, ha de hacerlo con la caridad, sin señalar con el dedo. La Iglesia, apuntó, es “fiel a su naturaleza de madre”, por lo que se siente en el deber de ir a por las parejas heridas y sanarlas “con el aceite de la acogida y de la misericordia”, y de ser “hospital de campaña” para una humanidad necesitada de ser guiada hacia la fuente de la salvación. “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos”, citó a Jesús.

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