Esperanza cristiana y progresismo utópico

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Duración lectura: 5m. 14s.

En una entrevista concedida a Le Figaro (París, 29-XII-98), el Card. Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, habla del sentido de la esperanza cristiana a la vista del milenio que termina y del Jubileo del año 2000.

– ¿La esperanza cristiana es el antídoto contra el miedo?

– No hay que confundir la esperanza cristiana con los tranquilizantes, que, al dominar los mecanismos psíquicos del miedo, alteran la relación con la realidad. La “bienaventurada esperanza”, por usar las palabras de San Pablo, designa la realidad de Cristo resucitado y de nuestra propia resurrección. Esta esperanza liga nuestra vida con lo que es más real para un ser humano. Tener esperanza no es imaginarse que al final todo se arreglará: es creer en la vida divina, más fuerte que la muerte.

– La Iglesia católica habla de un Jubileo para el año 2000. ¿De qué hay que alegrarse?

– Este aniversario es una oportunidad para la humanidad. La Iglesia nos pide que la aprovechemos. El Papa, en su mensaje para la Jornada de la Paz, el 1 de enero de 1999, lo recuerda con fuerza. Hacer balance del milenio que acaba no es llevar a juicio a las generaciones pasadas, sino trabajar para hacer desaparecer, hoy y mañana, los motivos de resentimiento y de odio.

No es un sueño, sino un proyecto propuesto a los hombres. (…) Invitar a los dirigentes, a los pueblos, a la conciencia de cada ser humano a cambiar de conducta, a no resignarse a lo peor: ese es el deber de los cristianos. No es que pretendamos dirigir los asuntos mundiales, sino que damos testimonio del destino espiritual de los hombres. La única fuerza capaz de cambiar el curso del mundo no es el poder de las armas o del dinero, sino la libertad de los hombres, a condición de que decidan abrirse al Amor que nos anuncia el Evangelio de Cristo. Jubileo del año 2000, sí: hay que alegrarse de que los hombres hayan recibido el poder de ser hijos de Dios, como dice el Prólogo de San Juan. (…)

– En el siglo XX, ¿está muerta la idea de progreso? ¿En qué sentido puede un creyente creer aún en el progreso?

– El progreso es una idea cristiana, a condición de no enloquecerla. El cristiano cree que la vida humana tiene un significado, un sentido y, por tanto, una meta: la comunión de los hombres entre sí y con Dios, por medio del Cristo-Mesías, presente en sus hermanos hasta el fin del mundo. (…)

El progreso, tal como lo imaginaba el siglo XIX, se aplica a ciertos segmentos de la actividad humana. Hoy sabemos que estos progresos son ambivalentes: los hombres pueden también autodestruirse. Esa es la gran lección de la ecología. La libertad humana no está nunca mecánicamente en progreso. Todo hombre es siempre capaz de lo mejor y de lo peor. Su grandeza consiste en que puede escoger el amor y rechazar el odio, en que puede decidir construirse en vez de destruirse. ¿Es esto pesimismo? No, es tener una visión realista del hombre.

La esperanza utópica en el progreso destruye el progreso. El realismo de la esperanza refuerza las posibilidades de progreso, al invitar a los hombres a ser dueños de su capacidad de progresar.

– Para no ofender a nadie, algunos museos de Estados Unidos fechan sus obras de arte omitiendo toda referencia cristiana. ¿Qué piensa Ud. de esta prudencia “políticamente correcta”?

– ¿Y si se omitiera decir que Miguel Ángel nació en Italia, por temor a molestar a los alemanes? ¡Esto muestra hasta dónde puede llegar nuestra estupidez!

Es imposible entender nuestro tiempo si se rehúsa ver el papel de la Revelación bíblica. No se trata de obligar a adherirse a ella. No se puede omitir, más que mutilando la historia, la fuerza espiritual de renovación, o de conmoción de la condición humana debida a esta Palabra transmitida de un siglo a otro. Las ideas de la sociedad contemporánea -los derechos humanos, por ejemplo- se desmoronarían si fueran privadas de su cimiento: el hombre posee una dignidad imprescriptible porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

(…) Pretender desarraigar de la historia humana la tradición bíblica y la esperanza cristiana supone herir a todos los hombres, y no sólo a los cristianos. Lejos de no respetar a los no cristianos, es quitarles algo de un universo al que pertenecen y que les pertenece.

– ¿Los distintos actos de arrepentimiento o de purificación de la memoria son un síntoma de la culpabilidad inveterada de los católicos?

– Quien reconoce sus errores y se abre a la verdad escapa a la culpabilidad. La culpabilidad se encierra en la autodestrucción o en la mentira. La verdad “nos hace libres”; la mentira aprisiona. Abrirse a la verdad -por el arrepentimiento y la purificación de la memoria- es también pedir perdón. Es, por tanto, hacerse libremente responsable; es, sobre todo, volverse hacia el futuro con una mirada más lúcida, para evitar repetir la misma falta, si la hubo.

– ¿La proliferación de nuevos movimientos religiosos sectarios y de miedos milenaristas es síntoma de un fracaso de las Iglesias históricas, o de un reproche contra ellas?

– No, pero es síntoma de una sociedad que se descompone y va perdiendo su cohesión, de la que forma parte la religión predominante en un país. ¿El cristianismo ha contribuido a la cohesión de las sociedades de Europa occidental? Sí, sin duda. Pero el cristianismo no es sólo un principio de cohesión social. Lo comprobamos siempre que las sociedades humanas experimentan una transformación extremadamente rápida. ¿Se puede evitarla? ¿Hay que temerla? La respuesta cristiana es anunciar la Buena Nueva, y no pretender mantener inmóviles las cosas.

(…) Las sectas y los miedos milenaristas abundan siempre que una sociedad está en trance de descomponerse. Es un fenómeno conocido. La fe cristiana no se alinea con las sectas. Anuncia el Evangelio que llama a los hombres a asumir libremente su vocación.

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