El racionalista y el creyente

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Duración lectura: 3m. 57s.

El pensador polaco Adam Michnik, antiguo miembro de Solidaridad y actual redactor jefe del diario Gazeta Wyborcza, señala que el racionalista y el creyente pueden discutir en un clima de respeto mutuo, sin ver en el otro una amenaza (El País, 5-III-94).

El racionalista laico es alguien a quien me siento cercano. Cuando polemizo con él, discuto con una parte de mí mismo, con una fragmento de mi propia biografía. Comprendo al racionalista cuando dice al obispo católico: non serviam. Comprendo su aspiración de libertad en nombre de un ateísmo heroico que hace del hombre el amo de la creación, el timón, el navegante y el navío. (…)

Pero creo que un racionalista se niega conscientemente a comprender el fenómeno de la religión y de la Iglesia cuando lo reduce a oscurantismo medieval y a opio del pueblo. La creencia en un mundo sin Dios, en un universo guiado por una razón ilustrada y perfectamente racionalizado, un universo programado como en un laboratorio y purgado de religión; esta creencia es un absurdo utópico y peligroso. Utópico, porque no confirma ninguna experiencia histórica; el laicismo y la secularización llevan a una modificación del papel de la religión, pero no conducen a la supresión de la necesidad de la religión. Pero es además un absurdo peligroso.

Al fomentar la convicción de que la religión y la Iglesia no son más que hábiles mistificaciones inventadas en aras de las necesidades de los funcionarios de Dios, se vuelve tentador adherirse a las opiniones de quienes quieren liberar a la población de esas mistificaciones. ¡Me dirijo a ti, racionalista! ¿No sientes ningún miedo ante un mundo en el que todo sea moralmente neutro? ¿No es la destrucción de todas las fronteras que separan la moral tradicional de la razón soberana el anuncio de una catástrofe?

Para el racionalista, el eje principal de la visión católica del mundo pasa “entre la persona humana desamparada, encerrada en su sentimiento de culpabilidad, y la autoridad que la controla”. Yo pienso de otro modo: el eje de la visión católica del mundo es la persona, investida por Dios de tal dignidad que no se le permite arrodillarse más que ante Dios mismo. Pero el confesonario es un lugar de remordimiento de conciencia que todo el mundo necesita. Unos se arrepienten en un confesonario, los otros en otra parte, pero todos deben respetar la opción del prójimo. El racionalista ve en la historia del pastor y de su rebaño la renuncia consciente del católico ante la libertad. Yo pienso de otro modo: el católico sabe que el hombre es libre de seguir a Dios y de respetar los mandamientos de Dios, en la medida en que es libre de tomar sus propias decisiones. Por eso el católico debería optar siempre por la libertad frente a la alienación. (…)

Es falso decir que lo único que amenaza la democracia polaca es el integrismo católico. El nihilismo sin-religión la amenaza igualmente. Me da miedo un mundo en el que gobiernen la moralidad sin límites y la cultura sin lo sagrado. Porque será un mundo sin moralidad y sin cultura. Es un miedo ante la lógica de la guerra fría religiosa que quieren imponer los extremistas de ambos lados de la barricada.

A fin de cuentas, como racionalista, se puede (…) no ser un asiduo de los santuarios y al mismo tiempo comprender a la Iglesia. Se puede hacer el esfuerzo de ver, detrás de las palabras y las instituciones, a personas dignas de respeto, convencidas de que Cristo les ha concedido la gracia de la fe y las ha invitado a una vida responsable y misericordiosa, una vida de dignidad y de esperanza.

(…) Parece absurdo, pero creo que el conflicto entre el integrista religioso y el nihilista sin religión puede transformarse en una especie de acuerdo ecuménico. La razón vendría a ser el garante del rechazo a las exigencias de las doctrinas políticas que, en nombre de la solidaridad étnica, social o religiosa, incitan a una obediencia absoluta. Será un recurso permanente contra los charlatanes políticos, pero no contra el Evangelio. En este mundo que se acerca peligrosamente al borde de la locura colectiva, hay que proponer más bien al obispo católico y al racionalista una doble compatibilidad especial: exígete a ti mismo todo lo que puedas; perdona a los demás todo lo que puedas. La religión y el pensamiento racionalista laico tendrán que cohabitar.

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