No hay progreso sin ocuparse de los más débiles

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El abarrotado plenario de la Asamblea General de la ONU en Nueva York se ha mostrado abrumadoramente de acuerdo con el Papa Francisco durante su alocución de este viernes 25 de septiembre: los problemas de la humanidad, setenta años después de la fundación de la ONU, siguen siendo graves, pero sin toda la actividad de esta organización a favor de la paz y la cooperación internacional, “la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades”.

Por eso, el Pontífice quiso subrayar la importancia que concede la Iglesia a la existencia de dicha institución y la esperanza que pone en sus actividades, y sumarse al aprecio mostrado por sus predecesores, que se hizo patente en la visita de Pablo VI a la Asamblea General, las dos que efectuó Juan Pablo II y la del hoy Papa emérito Benedicto XVI.

“En las guerras hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, que sufren y mueren”.

La ONU, según Francisco, es la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de instancias y fronteras, y de cualquier límite natural a la afirmación del poder. “Una respuesta imprescindible –añadió–, ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades”.

“Un daño al ambiente es un daño a la humanidad”

En la sede del organismo internacional, y como prólogo a la Cumbre sobre Desarrollo Sostenible, el Papa desarrolló dos temas que ocupan de modo privilegiado su agenda: la inclusión de los más excluidos y el cuidado del medio natural. En referencia a ellos, pidió a los organismos financieros internacionales que velen por el desarrollo sostenible de los países y “la no sumisión asfixiante de estos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia”.

En tal sentido, llamó a detectar y respetar los límites del poder: “Dar a cada uno lo suyo significa que ningún grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y derechos de las demás personas singulares o de sus agrupaciones sociales”.

Desafortunadamente, según explicó, en el panorama mundial se constata el ejercicio de muchos “falsos derechos”, y a la vez, de grandes sectores indefensos, víctimas de un mal ejercicio del poder. Sí existe, en cambio, un verdadero “derecho del ambiente”, porque el ser humano es parte del ambiente y vive en comunión con él. La persona “solo puede desarrollarse si se preserva el ambiente. Un daño al ambiente es un daño a la humanidad”.

Las armas nucleares como elemento disuasorio y sostén de la paz, constituyen un fraude

En este punto, subrayó el punto de contacto entre el cristianismo y otras religiones monoteístas, que confiesan que el mundo proviene de la decisión de amor de un Creador, que permite al hombre servirse racionalmente de la creación para su bienestar, pero no autoriza a abusar de esta, pues ello conlleva un imparable proceso de exclusión de los más débiles, y “la exclusión económica y social de nuestros semejantes es una negación total de la fraternidad”.

La educación, en la base de la Agenda 2030

El Papa llamó asimismo a los líderes mundiales a trabajar para combatir eficazmente las consecuencias de la ambición de poder, que se traducen visiblemente en flagelos como la trata de seres humanos, el comercio de órganos y tejidos humanos, la explotación sexual de niñas y niños, el trabajo esclavo, incluida la prostitución, el tráfico de drogas y de armas, el terrorismo y el crimen internacional organizado. Ante la magnitud de vidas inocentes que estos fenómenos se están cobrando, “debemos –señaló– evitar la tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en la conciencia”, y pidió que las instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra estas lacras.

“No hay que perder de vista que la acción política y económica solo es eficaz cuando se entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia, y que no pierde de vista que antes y más allá de los planes y programas hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan, sufren y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente privados de cualquier derecho”.

La defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen reconocer la ley moral inscrita en la naturaleza humana, “que comprende la distinción natural entre hombre y mujer, y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones”

Una de las vías fundamentales, sino la que más, para superar la pobreza extrema, es la educación –“también de las niñas”, acotó, suscitando la ovación de todos, incluida Malala Yousafzai, la adolescente paquistaní atacada por un terrorista por exigir ese derecho para las menores de su país.

Añadió el Papa en este punto que la educación es una prerrogativa que supone el respeto al derecho primario de la familia a educar, y el de las Iglesias y las agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijos. “Así concebida, la educación es la base para la realización de la Agenda 2030, y para recuperar el ambiente”.

La necesidad de reconocer los límites éticos

La educación, según el Obispo de Roma, integra un número de derechos que, en lo espiritual, abarca prerrogativas como la libertad religiosa y otros derechos cívicos, y que en lo material constituyen un “mínimo absoluto” con tres nombres: “techo, trabajo y tierra”, bienes necesarios para que las personas puedan ejercer su dignidad y formar y mantener una familia, “célula primaria de cualquier desarrollo social”.

Debe respetarse el derecho primario de la familia a educar, y el de las iglesias y las agrupaciones sociales a sostener y colaborar con ellas en este objetivo

En relación con todos pilares, citó el que es su fundamento común: el derecho a la vida, “el que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana”, una existencia que la crisis ecológica puede poner en peligro.

Sobre este punto, el Papa destacó que justamente el derroche de la creación “comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos”, por lo que subrayó que la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la naturaleza humana, “que comprende la distinción natural entre hombre y mujer, y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones”.

“Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables, y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de salvar a las futuras generaciones del flagelo de la guerra y de promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad, corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable”.

El acuerdo nuclear iraní, un paso satisfactorio

Respecto al fenómeno de las guerras, las definió como “la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente”, por lo que reclamó que se asegure “el imperio incontestable del derecho y el recurso a la negociación”.

En tal sentido, manifestó su satisfacción por el reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear iraní, si bien no mencionó explícitamente a la nación persa, y citó el arreglo como una prueba de las posibilidades que se concretan cuando se ejercen el derecho y la buena voluntad con paciencia y constancia. “Hago votos por que sea un acuerdo duradero y eficaz”, añadió.

En el mismo tema de las armas nucleares, y ya de modo general, lamentó la tendencia siempre presente a la proliferación de este tipo de medios de exterminio, y precisó, en alusión no explícita a la conocida doctrina de la “destrucción mutua asegurada”, que una ética y un derecho basados en esa amenaza son “contradictorios y un constante un fraude a la construcción de las Naciones unidas, que pasarían a ser naciones desunidas por el miedo y la desconfianza”.

El abarrotado plenario de la Asamblea General de la ONU en Nueva York se ha mostrado abrumadoramente de acuerdo con el Papa Francisco durante su alocución de este viernes 25 de septiembre: los problemas de la humanidad, setenta años después de la fundación de la ONU, siguen siendo graves, pero sin toda la actividad de esta organización a favor de la paz y la cooperación internacional, “la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades”.

Asimismo, y en una época en que ciertas decisiones bélicas unilateralmente emprendidas para solucionar un problema han acabado acarreando problemas aun mayores, afirmó que la Carta de la ONU ha de aplicarse de modo transparente y sincero, y no debe ser instrumentalizada para disfrazar intenciones espurias. “Cuando se confunde la norma con un instrumento para utilizar al antojo, se abre una caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente a las poblaciones inermes, el ambiente cultural, e incluso el ambiente biológico”.

A los líderes mundiales, un examen de conciencia

Antes de concluir, Francisco tuvo palabras precisamente para los que sufren hoy el resultado de guerras cuyo agravamiento algunos no previeron. “Aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África, de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales y étnicos, incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes, y han sido puestos en la disyuntiva de huir o pagar su adhesión al bien y a la vida con la esclavitud”.

En tal sentido, instó a los responsables políticos, “a quienes están a cargo de los asuntos internacionales”, a hacer un examen de conciencia y poner los medios para detener los conflictos que hoy asolan sitios tan disímiles como Ucrania, Siria, Iraq, Libia, Sudán del Sur, y la región de los Grandes Lagos.

“Hay rostros concretos, antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas que sufren y mueren”, les recordó.

De igual modo, les alertó sobre las dimensiones que ha alcanzado otro hiriente fenómeno: el narcotráfico, que se cobra la muerte de millones de personas y contra el que se libra una guerra “asumida y pobremente combatida”. Apuntó además algunas realidades que acompañan al tráfico de drogas, como la trata de personas, el lavado de activos, el tráfico de armas, la explotación infantil “y otras formas de corrupción, que ha penetrado distintos niveles de la vida, social, política, militar, artística y religiosa”.

Ante este destructivo panorama, Francisco presentó a sus oyentes inmediatos, y a todo el orbe, otra perspectiva posible: que la casa común de todos los hombres se edifique sobre una recta comprensión de la fraternidad universal, sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, y sobre el uso prudente y respetuoso de la Creación.

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