El grito de Asia Bibi desde la cárcel de Pakistán

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Duración lectura: 5m. 21s.

En noviembre de 2010 la cristiana paquistaní Asia Bibi fue condenada a morir en la horca, por blasfemia contra Mahoma. Su caso provocó muchas protestas, dentro y fuera de Pakistán, y ha encontrado defensores que alertaron a la oponión pública internacional. A algunos de sus valedores, partidarios de reformar la ley de la blasfemia, la defensa de Asia Bibi les ha costado la vida. El gobernador Salman Taseer –musulmán defensor de la libertad religiosa– o el entonces ministro para las minorías, Shabhaz Bhatti, católico, fueron asesinados.

Asia (o Assiya) Bibi está recluída desde hace dos años en una oscura cárcel del Punjab. El único delito que ha cometido Asia Bibi es su lealtad a la fe cristiana, en medio de un ambiente musulmán francamente hostil, que utiliza esos preceptos del código penal para destruir arbitrariamente a personas que de ningún modo son enemigas del Islam.

Para dar a conocer su caso, se ha publicado un libro-testimonio realizado en prisión junto con la periodista francesa Anne-Isabelle Tollet. El libro ha tenido mucho eco en Gran Bretaña, Francia e Italia, pero apenas es conocido en España. La edición francesa se presentó en mayo, con el título Blasphème (Oh Éditions, 181 pp., 16,90 €). Acaba de aparecer también la traducción italiana (Mondadori).

En el libro se pueden leer párrafos como los que siguen:

Escribo desde el rincón de mi cárcel, en Sheikhupura, Pakistán (…) Temo por mi vida, por la de mis hijos y mi marido, que están sufriendo: con mi condena ha sido condenada toda mi familia.

Pero mi fe es fuerte y le pido a Dios misericordioso que nos proteja. ¡Cuánto deseo que vuelva la sonrisa a sus labios! Pero estoy segura de que no viviré lo suficiente para ver ese día. Los extremistas no nos dejarán nunca en paz.

Nunca he matado, ni robado… Pero, para la justicia de mi país, he cometido lo peor. Me acusan de blasfemia, el crimen de los crímenes, el ultraje supremo. Se me acusa de haber hablado mal del Profeta. Una acusación con la que se puede quitar de en medio a cualquier persona, sea cual sea su religión o sus ideas. (…)

¡Nunca he blasfemado! ¡Soy inocente! Estoy sufriendo sin haber cometido el menor acto criminal.

Quiero decir al mundo entero que respeto al Profeta. Soy cristiana, creo en mi Dios, pero cada uno debe ser libre para creer lo que quiera.

Llevo dos años en prisión, y se me ha arrebatado el derecho a hablar. Querría poder explicarme. Gritar la verdad.

Salman Taseer, gobernador de Punjab, y Shahbaz Bhatti, el Ministro para las minorías, murieron por haberme apoyado. Fueron asesinados por fundamentalistas. Ha sido horrible: no se llega a tanta crueldad ni cuando se mata a animales. Pienso en sus familias, y se me saltan las lágrimas.

Como dijo Salman Taseer, “en el Pakistán de nuestros padres fundadores, no existía esta ley de la blasfemia”.

Gracias a Ashiq, mi querido esposo, gracias a los abogados dela Fundación Masihi, que se ocupan de mí con peligro para sus vidas, gracias a personas que por razones de seguridad deben permanecer en el anonimato, estoy ahora en condiciones de escribir, desde la celda donde me han enterrado viva. Lo hago para pedir que me ayuden, no me abandonen. Les necesito.

Desde hace dos años no veo las estrellas. Los primeros meses no advertía lo que me faltaba. Pero después caí en la cuenta de que no era natural estar privada de las estrellas o de la luna. Me faltan, casi tanto como la luz del día, el sol, los árboles, los pájaros. En mi celda tengo la impresión de estar en un pozo sin agua. Me gustaría poder saludar a la luna o al sol, aunque sea solo una vez, para asegurarme de que no los han colgado también. Me gustaría ver las pequeñas joyas de la noche, como hacía con mis hijos las noches de verano, tendidos sobre el charpai (como llamamos al lecho de paja trenzada), en el patio.

Tengo miedo. Después del asesinato del Ministro tengo un miedo infinito. Espero el momento en que Dios me acogerá, como se espera un oasis en pleno desierto. Estoy exhausta. Necesito descansar. Pero, a pesar de todo, no creo que los hombres puedan reemplazar a Dios y decidir la hora de la muerte de otro ser humano. Lo único que me permite resistir, a pesar de todas las privaciones, opresiones y acosos sin tregua, es la certeza de mi inocencia. La certeza de ser víctima de una injusticia. Y la voluntad de dar testimonio, de contribuir a que mi lucha ayude a otras personas. No tengo instrucción, he llevado siempre una vida sencilla, pero ahora me digo que tal vez mi vida pueda influir en la de mi país.

Desde la muerte de Shahbaz Bhatti, tengo miedo todos los días de ver entrar en mi celda a la persona que me llevará a la muerte. Ya no está el ministro que me protegía con su benevolencia. Pero sé que otros han tomado el relevo. No sólo extranjeros preocupados por mi suerte, también hombres de mi país. Me repito estas cosas, para darme fuerzas. Me aferro también a la imagen de mi familia. A mi esposo, sentado a mi lado. A mis hijos…, mis tesoros, a los que no he visto desde hace mucho tiempo. Saber que están vivos, a pesar de las amenazas que reciben, me alegra el corazón. Yo daría mi vida diez veces si tuviera la certeza de que podía salvar la suya. Quiero que sean felices y recuperen la paz que les fue arrebatada con mi encarcelamiento. Pase lo que pase, me gustaría transmitirles todo el amor que siento por ellos. Son como semillas de esperanza y de amor, de la que surgirá, eso espero, un jardín florido.

Ahora que me conocéis un poco mejor, contad a los que están a vuestro alrededor mi historia. Dadla a conocer. Creo que es mi única esperanza de no morir en el fondo de esta fosa. ¡Les necesito! ¡Salvadme!

Prisión de Sheikhupura, abril de 2011