El extremismo hinduista pone en peligro la armonía comunitaria

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Duración lectura: 14m. 36s.

La India sufre la mayor crisis desde su independencia
Aunque no siempre es noticia en las primeras páginas de los periódicos, la India está viviendo la que puede considerarse la mayor crisis desde su independencia en 1947. Aquel año, la partición del subcontinente asiático abrió con un baño de sangre una rivalidad India-Pakistán, que está lejos de haber concluido. Otros problemas se arrastran desde tiempo atrás, como la pobreza de una gran parte de la población, la corrupción generalizada entre políticos y funcionarios o las luchas separatistas en Cachemira, Punjab o el Noreste… Pero quizás el problema más preocupante sea el enfrentamiento entre hindúes y musulmanes, víctimas estos últimos del deseo secular de venganza de un nacionalismo hinduista que desearía acabar con el Estado laico fundado en 1947 por Jawaharlal Nehru.

El 6 de diciembre de 1992 una noticia sobresaltó al mundo. Amparadas en la oscuridad de la noche, miles de personas destruyeron la mezquita Babri en Ayodhya, en el Estado de Uttar Pradesh. Este fue el último acto de una tragedia cuyos orígenes se remontan al siglo XIX, cuando los británicos pusieron fin al imperio musulmán del Gran Mogol. Los hinduistas justificaron siempre la hostilidad a la mezquita alegando que ésta se construyó sobre un templo hindú del siglo XI, que señalaba el lugar del nacimiento del dios Rama 1.500 años a.C.

La mezquita de la discordia

Durante casi siglo y medio el emplazamiento de la mezquita sería objeto de litigio ante los tribunales y origen de violencias. Tampoco hacía presagiar nada bueno que el principal partido de la oposición, el nacionalista Bharatiya Janata (BJP), apoyara abiertamente la construcción de un templo a Rama a escasos metros de la mezquita.

Da la impresión de que los fundamentalistas hindúes intentan vengar en los musulmanes de hoy lo que les hicieron los musulmanes de ayer. Es cierto que numerosos templos fueron destruidos por algunos emperadores mogoles. Pero ¿qué podría suceder si los integristas se empeñaran en afirmar que las actuales mezquitas de Nueva Delhi, Kasti o Benarés, e incluso el Taj Mahal, han sido construidos sobre templos del hinduismo?

La prudencia de los musulmanes

De entre una población total de 867 millones de personas, los musulmanes de la India suman 125 millones. Esto supone la cuarta población del mundo islámico, después de Indonesia, Bangladesh y Pakistán. La formación del Estado pakistaní en 1947 no sirvió para que todos los musulmanes del Indostán se establecieran en él, dejando así la India sólo para los hindúes.

En todas estas décadas la comunidad musulmana en la India se ha movido bajo el signo de la prudencia. La dinastía Nehru-Gandhi y su Partido del Congreso, de ideales laicos, buscó siempre el apoyo musulmán. Esto explica que habitualmente el puesto de presidente de la República fuera desempeñado por un musulmán y que siempre hubiera un porcentaje de puestos reservados a los musulmanes en la función pública y en las universidades.

Pese a todo, los musulmanes de la India nunca constituyeron una unidad y tampoco se agruparon en un partido político. Además, en contra de lo que afirman los hinduistas, pocos de ellos se sienten tentados a mirar hacia Pakistán. Es un hecho que los musulmanes acomodados, enriquecidos gracias al comercio, no ven en la república islámica de Pakistán un modelo, pues se sienten más satisfechos con el Estado laico indio. Distinta podría ser la actitud de los musulmanes de condición modesta, que viven en el campo o en los barrios más miserables de las grandes ciudades. Este puede ser el terreno más abonado para el integrismo islámico. Pero a decir verdad, éste todavía no se ha manifestado de forma ostensible. ¿O fueron sus primeros signos las diez bombas que en marzo pasado destruyeron diversos edificios en Bombay causando la muerte a 300 personas?

Sea como fuere, los musulmanes siempre están expuestos a llevar la peor parte. Primero, porque son minoritarios; y segundo, porque la policía, mayoritariamente hindú, no siempre adopta actitudes neutrales cuando estalla alguna revuelta. Asimismo, esta policía no posee demasiados medios para prevenir los disturbios.

Ascenso del integrismo hinduista

Es sabido que el Mahatma Gandhi fue asesinado en 1948 por un militante hinduista y que el Estado laico de los Nehru-Gandhi siempre ha estado en el punto de mira del nacionalismo hindú. La raíces de ese nacionalismo exaltado están en grupos como el RSS (Rashtriga Swayansevak Sagh), los cuerpos de voluntarios nacionales, fundados en 1925 y a los que pertenecía el asesino de Gandhi. Los fundadores del RSS reprochaban a sus correligionarios tener una mentalidad de raza conquistada y envidiaban el factor de cohesión que suponía el Islam entre los musulmanes. Para ellos, el musulmán era su enemigo secular, y la no violencia de Gandhi, un concepto extraño a las tradiciones guerreras del hinduismo.

En las elecciones de 1984, el BJP obtuvo sólo dos escaños, pero sus resultados posteriores mostraron un progresivo ascenso: 88 escaños en 1989 y 119 en 1991. Precisamente, este último año el BJP alcanzó el gobierno de Uttar Pradesh, además de otros tres Estados. Pero, tras la destrucción de la mezquita de Ayodhya, el gobierno de Nueva Delhi se hizo cargo de esos Estados de forma provisional. Se tiene la impresión de que el BJP ha jugado el papel de aprendiz de brujo al desatar una marea extremista que es incapaz de controlar. Yal Krishna Advani, líder del BJP, niega que su partido sea antimusulmán y considera que su único adversario es el gubernamental Partido del Congreso, al que acusa de haber sacrificado la identidad hindú con el fin de asegurarse el apoyo electoral de la minoría musulmana. En caso de llegar al poder, Advani ha prometido respetar la Constitución laica de 1950, lo que no agrada a los extremistas ni convence a los moderados, que siempre desconfían del BJP.

Fin de una experiencia socialista

Tras el asesinato de Rajiv Gandhi en mayo de 1991, Narasimha Rao tomó las riendas del Gobierno y del Partido del Congreso. Este abogado y lingüista tenía pensado retirarse de la política y asumió el poder en medio de una gran expectación, pero su popularidad ha caído en picado tras los sucesos de Ayodhya. Su formación intelectual le inclina a ser un hombre de decisiones sosegadas, pero quizá no es esto lo más deseable en unos momentos en los que la India vive una gran crisis. Se acusa a Rao de falta de decisión y firmeza frente a la violencia de los hinduistas, o más bien, de ingenuidad por confiar en la palabra de unos dirigentes políticos que le aseguraron que nadie tocaría la mezquita.

El estado de gracia de Rao ha durado poco tiempo. El hombre de la apertura a las inversiones extranjeras, de la ampliación de las relaciones con Estados Unidos o de la democratización interna del centenario Partido del Congreso, parece estar desbordado por los acontecimientos. Y no resulta, por ello, nada sencillo salir de esta situación con una convocatoria de elecciones, que muy presumiblemente reducirían la mayoría gubernamental y aumentarían el número de escaños del BJP.

Decía recientemente Rao que “este país saltará en pedazos si abandonamos la vía del secularismo”. Y algún editorial de la prensa hindú llevaba este significativo título: “El fin del sueño laico”. ¿Significa esto que la India de Nerhu toca a su fin? Al producirse la independencia, Jawaharlal Nerhu asumió la jefatura del gobierno de un país en el que creía haber hallado el laboratorio ideal para aplicar sus ideas sobre democracia y socialismo. Este socialismo se inscribía en la corriente del llamado socialismo fabiano, que Nerhu asimilara en sus años de estudio en Gran Bretaña y que en vez de revoluciones violentas preconizaba grandes dosis de utilitarismo y burocratismo.

Es posible que Nerhu confiara más en Bernard Shaw que en Gandhi, porque la India que contribuyó a crear poco tenía que ver con los ideales pacifistas del Mahatma. Era una India llena de contradicciones, que pretendía ser una superpotencia mundial dotada de la bomba nuclear, y al mismo tiempo era incapaz de abolir el sistema de castas, pese a las proclamas de la Constitución de 1950. La crisis del socialismo hindú, marcada por los acontecimientos exteriores y por la corrupción institucionalizada del clientelismo político, ha favorecido el ascenso del integrismo hinduista, cuya violencia puede llevar al despertar de otro integrismo: el musulmán.

Revuelta en Cachemira

Otro problema aún no resuelto de la Unión India es el de los separatismos. Algunos de ellos, como el sij o el tamil, costaron la vida a Indira y Rajiv Gandhi, y son un constante factor de inestabilidad para el Estado federal más poblado del mundo, que de vez en cuando tiene que aplicar su mano de hierro sobre los Estados en revuelta.

Se da la circunstancia de que los Estados de mayor agitación son los situados en las zonas fronterizas con Pakistán y Bangladesh, ambos países musulmanes. Estados como Cachemira apenas han conocido la paz desde que salieron de allí los británicos. La reivindicación de Cachemira llevó en 1948 y 1965 a dos guerras entre India y Pakistán. De hecho, la partición del territorio, efectuada en 1949 bajo los auspicios de la ONU, no ha servido para resolver nada. Entonces Pakistán recibió un tercio de Cachemira y la India el resto. Pero resultó ser un regalo envenenado para Nueva Delhi, ya que la población del Estado es mayoritariamente musulmana.

Hubo una relativa calma en Cachemira durante los años setenta y ochenta, pero la violencia brotó de nuevo en 1990. Su origen indirecto puede estar en el apoyo que muchos habitantes de Cachemira dieron a la rebelión musulmana en Afganistán contra los soviéticos. A su vuelta, estos afganos -algo similar sucedió en Argelia y Libia- venían armados hasta los dientes, e iban acompañados con frecuencia de otros combatientes originarios de países islámicos. La inconsciencia de la clase hindú en Cachemira hizo todo lo demás. Actualmente, hay dos grupos que lideran la revuelta: el JKLF (Frente de Liberación de Yammu y Cachemira), que preconiza la independencia del Estado; y el Hezbul Mudjahidin, fundamentalistas islámicos que defienden la unión con Pakistán. El Gobierno de Nueva Delhi tuvo que hacerse cargo de la administración del Estado, pero sus indecisiones y la explosión del integrismo hinduista no auguran una salida fácil a un conflicto que ya se ha cobrado más de diez mil vidas.

Por el momento, Pakistán adopta una actitud más o menos expectante y trata de ganarse el apoyo de la comunidad internacional denunciando constantemente la actuación en Cachemira del ejército hindú. Sin embargo, los independentistas del JKLF, que actúan desde territorio pakistaní, están resultando ser también una preocupación para Pakistán, que en 1992 ya tuvo los primeros enfrentamientos armados con ellos. Las implicaciones internacionales de la cuestión de Cachemira van más allá del referéndum que preconizara la ONU y que ha sido aplazado sine die. Estados Unidos empieza a sentirse incómodo con los aliados islámicos que en su día combatieron al comunismo en Afganistán. Las coordenadas estratégicas son hoy muy distintas y la India ya no es un amigo del viejo enemigo soviético.

Del Punjab al Assam

En los años ochenta, los sijs del Punjab empuñaron las armas por la independencia, pero el panorama de los noventa es un tanto diferente. La mayoría de los veinte millones de habitantes del Punjab está cansada de una revuelta que en una década ha producido veinte mil muertos. Las recientes elecciones municipales han tenido un alto grado de participación y la floreciente clase media no ve con buenos ojos la pasada proliferación de actos terroristas. No quiere decir que éstos hayan desaparecido. Pero su violencia parece haber disminuido, también por la mayor eficacia policial.

En otros casos, las concesiones en forma de creación de nuevos Estados o de una redefinición de los límites de los ya existentes, han dado algún resultado. El Noreste de la India es un ejemplo de ello. Desde 1963, y de lo que era Assam, han salido siete Estados, una medida de prudencia estratégica en una zona fronteriza con China. En el Noreste, el adversario no es tanto el gobierno central como las poblaciones que acuden al valle del Brahmaputra o al pie del Himalaya, procedentes sobre todo de Bengala, Bangladesh o Nepal. Los habitantes originarios de estas tierras, como los advasis, son en su mayoría cristianos o animistas, y soportan mal que los inmigrantes ilegales hayan destrozado bosques en la zona para instalarse como agricultores. La guerrilla del Frente Unificado para la Liberación de Assam, muy activa en los ochenta, reclama nuevamente la independencia tomando como chivo expiatorio a los inmigrantes bengalíes. Los enfrentamientos armados se dan asimismo en el Estado de los nagas (Nagaland), donde la guerrilla del Consejo Socialista Nacional de Nagaland encuentra refugio en la vecina Birmania. Nueva Delhi se niega a nuevas particiones, pero los grupos étnicos del Noreste esperan, como en anteriores ocasiones, que ésta no sea la última palabra.

La India no es Yugoslavia

¿Puede darse en la India una explosión del tipo yugoslavo? Romila Thapar, una de las mejores especialistas en Historia antigua de la India y autora del primer volumen de la completísima A History of India (Penguin Books), respondía en unas declaraciones a Le Monde (11-III-93) que el nacionalismo yugoslavo fue eminentemente una creación serbia, artificial e impuesta desde arriba. No es este el caso de la India, donde lo más artificial fue la división del subcontinente en 1947. Por ello, Thapar no duda en afirmar que “si las relaciones entre India y Pakistán resultaran más fáciles, el fundamentalismo perdería su virulencia. Si las fronteras se abrieran, el eslogan hinduista de ‘Todos los musulmanes a Pakistán’ ya no tendría ningún sentido”.

Thapar advierte que “el hinduismo ha sido desviado por intereses políticos. Los extremistas han puesto el acento en una supuesta estructura eclesial pan-india del hinduismo, que no existe. Esas gentes pretenden hablar en nombre de los hindúes, cuando no son más que políticos sin ninguna legitimidad”. Y así se corre el riesgo de abrir la caja de Pandora.

Antonio R. RubioLa Iglesia católica en la India

El cristianismo en la India se remonta, según la tradición, a la predicación del apóstol Santo Tomás. Actualmente los católicos son 14 millones. Además del rito latino que comenzó en la India con los portugueses en el siglo XVI, hay que distinguir otros dos grupos rituales: la Iglesia católica Siro-Malabar, con 21 diócesis y 3 millones de fieles; y la Iglesia Siro-Malankar, unida a Roma en 1930, con tres diócesis y 300.000 fieles.

Uno de los indicadores de la vitalidad de la Iglesia en la India es el número de vocaciones sacerdotales y religiosas. En 1988, fueron ordenados 331 sacerdotes.

El Estado de Kerala, en la costa suroeste, tiene el porcentaje más alto de católicos -aproximadamente, el 25%-. Allí el rito siro-malabar es el más fuerte. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa son muy numerosas en esta zona y desde esta región van a otros puntos del país.

La Iglesia católica en la India es especialmente respetada por los servicios que presta en los campos de la educación y la sanidad. No es raro que entre los hindúes y musulmanes mejor educados muchos hayan estudiado en las escuelas católicas, donde sólo el 5% de los alumnos son católicos.

Ha habido pocas conversiones al cristianismo entre hindúes y musulmanes. En cambio, se calcula que en los últimos quince años han abrazado la fe un millón de personas de las tribus que habitan al pie del Himalaya, que no tienen una tradición religiosa propia; aunque no se habla mucho de cifras por temor a suscitar recelos. Según datos del anuario estadístico de la Iglesia católica, en 1989 hubo 49.321 bautismos de mayores de 7 años.

El menor porcentaje de católicos en la India se encuentra en la zona noreste del país. Allí el hinduismo es militante, y las instituciones de la Iglesia, como las escuelas, sufren constantes presiones.

Se puede decir que en la India el espíritu cristiano no ha llegado a permear la sociedad. Hay muy pocos católicos que ocupen puestos importantes en la vida pública, en la economía o en el campo profesional. Según la opinión de un destacado eclesiástico, el incremento del apostolado de los laicos podría ayudar a cambiar esta situación.

Los datos actuales sobre el catolicismo en la India son:

Católicos: 14 millonesDiócesis: 122Sacerdotes diocesanos: 8.600Sacerdotes religiosos: 6.500Religiosos: 2.700Religiosas: 62.000Seminaristas diocesanos: 7.366Seminaristas religiosos: 7. 082

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