El Estado Islámico redescubre la esclavitud

“Despojos de guerra”. Así denomina el periódico Dabiq, el medio en lengua inglesa del Estado Islámico (EI), a los miles de mujeres yazidíes que mantiene como esclavas sexuales tras invadir hace un año la montaña de Sinjar, en Iraq. Lejos de considerarlo una perversión, el grupo terrorista señala que el concubinato forzoso es una práctica religiosa santificada por el Corán. Curiosamente, el autor del artículo es… autora. Según refiere The Economist, se nombra Umm Sumayyah, y celebra el resurgimiento de los mercados islámicos de esclavos. “Yo y los que me acompañan en casa nos postramos ante Alá en agradecimiento por el día en que llegó a nuestra casa la primera chica esclava”, escribe.

Este mismo año, un grupo de 140 predicadores musulmanes han protestado contra esta práctica en una carta abierta dirigida al jefe del mencionado grupo terrorista, Abu Bakr al-Baghdadi: “La reintroducción de la esclavitud es prohibida por el Islam; fue abolida por consenso universal. (…) Habéis tomado a mujeres como concubinas, y eso ha revivido la corrupción y la obscenidad en la tierra”.

La condena es directa, pero la desembozada práctica de la esclavitud por parte de estos terroristas no es la única manifestación del fenómeno en el mundo islámico. Hay otras realidades en sus países sobre la que los expertos musulmanes no se pronuncian, como el trabajo forzado o la explotación sexual.

La tradición islámica

Los académicos islámicos están divididos sobre el tema. Los defensores afirman que, como concesión a su época, Mahoma toleró la esclavitud, pero –según el teólogo norteamericano Yais Qadhi– lo hizo a regañadientes y abogó por la abolición. Varias veces en el Corán, el profeta llama a la manumisión de los esclavos y a la liberación de los cautivos. (…) Su mensaje fue de liberación de la opresión terrenal”, afirma Qadhi.

Otros expertos insisten, sin embargo, en que el tratamiento que dispensa el EI a los yazidíes es congruente con la tradición islámica. “Están en perfecta sintonía con la concepción coránica de los primeros tiempos (…) Lo que el profeta ha permitido, los musulmanes no pueden prohibirlo”, acota Ehud Toledano, académico de la Universidad de Tel Aviv, especializado en esclavitud islámica. Los llamados del profeta a liberar a los esclavos solo eran para renovar la búsqueda de nuevos cautivos, mientras el imperio se extendía, llevado por el comercio, desde el África subsahariana hasta el Golfo Pérsico.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la presión de las potencias militares de Occidente llevó a la abolición de la esclavitud en África del Norte y Medio Oriente. Por casi un siglo, al menos en el papel, Oriente Medio estuvo libre de esclavos, y la Declaración de Derechos Humanos en el Islam, proclamada en El Cairo en 1990, afirmó: “Los seres humanos nacen libres, y nadie tiene el derecho de esclavizarlos, humillarlos, oprimirlos o explotarlos”. Algunos movimientos yihadistas, autodenominados como de “liberación nacional”, siguieron la tendencia y rechazaron la esclavitud.

Impunidad para los transgresores

No obstante lo anterior, el Global Slavery Index (GSI) precisa que de los 14 estados en que un 1% de la población permanece bajo ese régimen de opresión, más de la mitad son musulmanes. Y ocurre tanto en la paupérrima Mauritania como en la ampulosa Qatar.

Ninguna práctica laboral ha desatado más críticas internacionales que el sistema de kafala, que ata a los trabajadores inmigrantes a sus empleadores, y no es un modelo impuesto por el Estado Islámico. Los migrantes llegan voluntariamente, animados por la riqueza de los países del Golfo, y muchos pasan a vivir en campamentos en el desierto. No lo tienen mejor las 2,4 millones de empleadas domésticas: muchas no disfrutan de la menor protección bajo las leyes laborales y están sometidas a atropellos, lo que ha llevado a varios gobiernos asiáticos a prohibir a las mujeres de su país ejercer trabajos domésticos en el Golfo.

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