El Cónclave en la prensa

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Duración lectura: 6m. 1s.

Aunque el Cónclave ha atraído una atención mediática nunca alcanzada, lo que realmente sucede dentro quizá no tiene mucho que ver con lo que los comentarios periodísticos sugieren.

Ya durante las congregaciones generales previas al Cónclave, el cardenal Dolan, arzobispo de Nueva York, afirmaba en su blog que los asuntos tratados eran mucho más amplios que los que ocupaban la mayor cobertura de la prensa:

“Le podrá sorprender oír que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo discutiendo temas como la predicación, la enseñanza de la fe, la celebración de los siete sacramentos; cómo invitar a volver a aquellos creyentes que han abandonado; al servicio de los enfermos y los pobres; (…) Esos son los ‘grandes temas’. Puede resultar difícil creerlo, pues lo que ‘se dice en la calle’ es que todos hablamos de corrupción en el Vaticano, de abusos sexuales, de dinero. ¿Salen a relucir estos temas? ¡Sí! ¿Son dominantes? ¡No!”.

Diego Contreras, en su blog La Iglesia en la prensa, advierte también sobre la imagen distorsionada que trasmiten algunos análisis:

“Leyendo algunos textos periodísticos sobre lo que habría que cambiar en la Iglesia, me ha dado la impresión de que los católicos fueran prisioneros en espera de ser liberados. Gente que necesita ser rescatada para poder usar anticonceptivos, practicar el aborto, elegir libremente cuando morir, hacer a las mujeres libres de ser ordenadas sacerdotes y a los sacerdotes libres para casarse…”

“He repasado un estudio que hice sobre la cobertura en la prensa internacional de los tres días del cónclave de 2005 y me encuentro que las mismas cuestiones ocuparon ya amplio espacio en los comentarios de aquellos días. Pero también redescubro el gran protagonismo que tuvo la gente normal que estaba a la espera de la mítica fumata: personas que –por lo que publicaban los propios diarios- no daban en absoluto la impresión de ser prisioneros o pobres coaccionados”.

“A propósito de la adhesión de la Iglesia a las modas de cada época, descubro la explicación que hacía en la prensa de aquellos días el historiador Giorgio Rumi, ya fallecido: “Yo no quiero una Iglesia que sea nacional-burguesa en el ochocientos, después fascista, más adelante antifascista… La propuesta de la Iglesia no puede depender del equilibrio socio-político del momento. Sé que ha atravesado también el feudalismo, pero no quiero una Iglesia feudal. En mi opinión, la Iglesia es como un peregrino que se empapa, toma el sol, tiene hambre, pero no “es” del sol o de la lluvia”.

La lógica del Cónclave
Alguien que conoce bien el modo de hacer las cosas en el Vaticano, como es Joaquín Navarro-Valls, ex director de la Sala de Prensa con Juan Pablo II, explica en La Repubblica (12-03-13) la actitud de los cardenales en un Cónclave. A solas con su conciencia, asumirán la responsabilidad de “encontrar” (y no es casual el verbo) la figura del nuevo jefe de la Iglesia. Lo decisivo no vendrá de la personalidad del nuevo Papa ni del consenso que por sí solo pueda obtener antes o después frente a los mass media. Lo que preocupa a los cardenales y a la Iglesia en su conjunto es “encontrar la personalidad más adecuada para custodiar y gobernar la Barca de Pedro, sobre todo comunicando al mundo el Evangelio, que es la primera e insustituible riqueza que tiene la Iglesia”.

Navarro-Valls no desdeña la importancia de la capacidad comunicativa de ese testigo por excelencia del cristianismo que es el Papa, para lo que será una ayuda que hable varias lenguas y tenga una edad que le otorgue suficiente vigor. Pero la tarea esencial de los cardenales en el Cónclave será “elegir aquel de entre ellos que posea las mejores características personales indispensables para convencer humanamente al mundo entero del hecho de que el hijo del carpintero judío y joven, muerto como un delincuente hace dos mil años, no era solo un hombre bueno y no solo un gran sabio, sino Dios hecho hombre”.

El objetivo no tiene nada que ver con el de un consejo de administración de una multinacional que elige al consejero delegado o a un parlamento que negocia la elección del nuevo jefe de gobierno. El objetivo del colegio de los electores es “verificar cuál es la personalidad que mejor puede representar actualmente en el mundo la verdad eterna de la Iglesia universal que es Jesucristo”.

Sería absurdo, dice Navarro-Valls, pensar que “el Cónclave seguirá lógicas políticas o combinaciones de intereses”. No hay nada en el que cuente menos lo personal. “Llegar a ser Papa es morir al instante a uno mismo. Es aceptar que uno ya no es portador de proyectos personales propios, sino que se ha convertido en el que sostiene a toda la Iglesia para siempre y debe encarnar definitivamente la voluntad de Dios”.

El Espíritu Santo en el Cónclave
En un artículo para la revista Time (11-03-2013), el sacerdote jesuita James Martin –editor del semanario católico America explica, con unos razonamientos accesibles también para los no creyentes, cuál es la manera en que se puede entender esa actuación, y cómo es compatible con la “falibilidad” de los cardenales.

Recogiendo unas palabras sobre el papel del Espíritu Santo pronunciadas en 1997 por el entonces cardenal Ratzinger, y aplicándolas al cónclave, Martin señala que Dios supervisa la votación “pero, como buen pedagogo que es, nos deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos nunca”. Para Martin, el Espíritu Santo no actúa en los cardenales de forma esencialmente distinta a como lo hace en la vida corriente de los católicos: “los católicos creemos que guía nuestras acciones y que nos ayuda a tomar buenas decisiones”. En primer lugar, señala Martin, actúa a través de las Escrituras; también a través de la tradición de la Iglesia. Por eso “una conciencia formada” no es simplemente la que está libre de prejuicios, sino la que ha sido alimentada con las Escrituras y la tradición”.

En resumen, Martin argumenta que la capacidad de discernimiento es más un arte que una ciencia. La espiritualidad cristiana siempre ha creído que una persona puede ir reconociendo poco a poco la voz del Espíritu Santo en su vida, siempre y cuando quiera hacerlo. Martin asume que los cardenales, como cualquier cristiano, no son conductores perfectos de la gracia, y que el colegio cardenalicio, como institución humana, tiene un aspecto “político”. Pero al mismo tiempo recuerda que todos los electores del Papa “quieren lo mejor para la Iglesia”, lo que deja a Dios la vía libre para actuar a través de sus decisiones: “Todo lo que sé es que cuando empiecen a cantar el Veni Sancte Spiritus (¡Ven, Espíritu Santo!), realmente se creerán lo que están diciendo. Y yo estaré cantando con ellos, y rezando para que en efecto venga”.