El candidato al sacerdocio debe tener madurez psicológica y estabilidad afectiva

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Duración lectura: 3m. 20s.

No todos los candidatos al sacerdocio son necesariamente aptos para recibir el sacramento del orden. Un documento de la Santa Sede recuerda que corresponde a la Iglesia discernir esa idoneidad, pues el ministerio sacerdotal reclama unas cualidades humanas y espirituales que algunas disposiciones personales y cierto clima social pueden hacer más difíciles.

El documento, publicado el pasado 30 de octubre por la Congregación para la Educación Católica, señala que el obispo y los responsables de la formación de los candidatos pueden solicitar, como ayuda en su labor de discernimiento, los servicios profesionales de especialistas en psicología. Pero se trata de una colaboración que se prestará sólo “en algunos casos” y bajo determinadas condiciones (entre ellas, la visión antropológica cristiana del psicólogo o el consentimiento libre y explícito del interesado).

A pesar de que fue presentado por buena parte de la prensa como un documento para descartar a candidatos homosexuales, las quince páginas del texto ofrecen una propuesta que va mucho más allá. En realidad, el mismo organismo vaticano ya había publicado en 2005 una instrucción sobre la admisión al seminario de personas con tendencia homosexual (cfr. Aceprensa 136/05). El nuevo documento menciona el equilibrio sexual como una característica dentro de un conjunto más amplio. Y repite que las tendencias homosexuales fuertemente arraigadas, incluso en los casos en los que no haya una actividad homosexual, indican falta de idoneidad para el sacerdocio, pues “la castidad por el Reino es mucho más que la simple carencia de relaciones sexuales”.

La finalidad del documento es la que enuncia en su título: ofrecer “Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio”.

Los candidatos al sacerdocio necesitan “capacidad de relacionarse de forma madura con otras personas o grupos de personas; un sólido sentido de pertenencia, fundamento de la futura comunión con el presbiterio y de una responsable colaboración con el Obispo; la libertad de entusiasmarse por grandes ideales y la coherencia para realizarlos en la acción diaria; el valor de tomar decisiones y de permanecer fieles; el conocimiento de sí mismo, de las propias capacidades y límites, integrándolos en una buena estima de sí mismo ante Dios; la capacidad de corregirse; el gusto por la belleza, entendida como ‘esplendor de la verdad’, y el arte de reconocerla; la confianza que nace de la estima por el otro y que lleva a la acogida”.

El documento subraya que corresponde a la Iglesia discernir la vocación e idoneidad de los candidatos al ministerio sacerdotal. En este sentido, constata que entre los que piden entrar en el seminario actualmente están presentes algunas dificultades propias del contexto socio-cultural en el que vivimos: los efectos de una mentalidad caracterizada por el consumismo, por la inestabilidad en las relaciones familiares y sociales, por el relativismo moral, por visiones equivocadas de la sexualidad, por la precariedad de las opciones, por una sistemática labor de negación de los valores.

De ahí que, junto a dificultades ordinarias, se puedan presentar en los candidatos otros problemas que no les hacen idóneos para el sacerdocio. Se mencionan, entre otras, la excesiva dependencia afectiva, una agresividad desproporcionada, la dificultad para mantener relaciones serenas, la identidad sexual confusa, la falta de lealtad, la incapacidad de respetar las responsabilidades asumidas.

La idea de partida del texto es que la dimensión humana es el fundamento de toda la formación y que es preciso valorar con antelación tales disposiciones: “discernirlas a tiempo evitará muchos dramas” a los propios interesados, a los fieles y a la Iglesia. Ejemplos negativos no han faltado, en efecto, en los últimos tiempos. Aunque el texto no lo dice, parece obvio que la escasez de candidatos al sacerdocio que se observa en algunos países no puede ser una excusa para disminuir esas exigencias.