Bauman: Benedicto XVI y el «amor líquido»

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«Creo que el Papa ha dado en el blanco con su llamamiento al amor total en una sociedad que por definición evita los lazos duraderos y exclusivos», afirma a propósito de la encíclica «Deus caritas est» Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos más conocidos, en declaraciones al diario «Avvenire» (2 febrero 2006).

Bauman ha estudiado precisamente lo que llama el «amor líquido», la fragilidad de los vínculos humanos en el mundo de hoy.

La dificultad de «amar para siempre» en la sociedad actual la atribuye este sociólogo al síndrome consumista: «El consumo como metro de todas nuestras acciones no favorece la lealtad y nuestra dedicación al otro. Al contrario, está pensado para pasar de un deseo al otro, para apagar rápidamente los viejos y dejar sitio a otros nuevos. La cláusula de la sociedad de consumo ‘si no queda satisfecho le devolvemos el dinero’ se ha convertido en el paradigma de toda relación».

¿Pero no proporciona esto más libertad? Esta promesa de liberación individual ha resultado ser falsa, dice Bauman. «Algunos creen erróneamente que la cantidad compensaría la falta de calidad. Como toda relación es débil, tratemos de tener cuantas más mejor, de modo que podamos encontrar aquí y allí algo que nos satisfaga, comprensión o simpatía. Pero el hecho es -como recuerda Benedicto XVI en la encíclica- que esto no funciona así. Más bien al contrario. Cuanto más fáciles de romper son las relaciones, cuando se convierten en relaciones de usar y tirar, menos razones hay para combatir las dificultades que comporta cada cierto tiempo el seguir juntos».

Benedicto XVI dice que es posible un amor pleno, al que están llamados el hombre y la mujer. Bauman piensa que esto depende «de los valores que se atribuyen al estar juntos. En último término, depende de la fuerza del amor que hace del sacrificio por el bien del amado algo natural, alegre y gozoso, en vez de un yugo pesado como algunos creen. ‘Agapé’, es decir, el verdadero amor, aquel que todos soñamos y del que todos tenemos necesidad para sentirnos salvados en un mundo caracterizado por su inseguridad, no puede ser más que altruista e incondicionado. Por ambas partes. Y el esfuerzo para llegar a esto tiene que partir siempre de mí. Es lo contrario de lo que sucede tantas veces hoy, cuando se vive con el temor de que el otro decida romper el lazo unilateralmente, porque no se considera satisfactoria la relación o simplemente porque se quiere experimentar emociones nuevas».

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