Atraído por la verdad

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 3m. 22s.

Charles Moore, director de Sunday Telegraph, escribió un testimonio sobre su conversión al catolicismo, publicado en dos entregas por el semanario Catholic Herald (25-III y 1-IV-94). Traducimos algunos párrafos.

Es verdad que todos los cristianos dan culto al mismo Dios, y ésta es una razón para la caridad recíproca; pero no es verdad que den lo mismo las doctrinas de unos que las de otros. Para los cristianos, afirmar eso sería como si unos médicos se reunieran alrededor de un paciente y dijeran: “Bueno, todos queremos que mejore, así que todos los diferentes tratamientos que propongamos serán igualmente buenos”. No necesariamente: dar con el tratamiento correcto puede ser cuestión de vida o muerte.

Una Iglesia es la única defensa contra esta confusión. Algunos dicen que esto lleva a la extinción de la libertad de pensamiento. Por mi parte, me parece el único modo de hacer que el pensamiento tenga sentido. Mediante la tradición y la costumbre; preservando, desarrollando y ordenando lo que durante casi dos milenios han enseñado hombres sabios y santos, la Iglesia dice la última palabra en estas cuestiones, las más difíciles de todas.

[Moore explica luego que fue sintiéndose cada vez más incómodo con la falta de claridad doctrinal que mostraba la Iglesia de Inglaterra, hasta que se convenció de que no podía continuar en ella, y añade:] Pero una cosa es descubrir que no se puede mantener la propia posición, y otra muy distinta adoptar una nueva. Miré a Roma, pero sin mucho entusiasmo ni conocimiento del catolicismo.

Ahora creo que la falta del primero ha sido, paradójicamente, una ayuda. Como soy una persona demasiado influida por consideraciones estéticas, muy fácilmente podrían haberme cautivado la belleza y el sentimiento, lo que habría podido llevarme a despreciar las dificultades intelectuales. Casi estoy agradecido por haber encontrado tan poca belleza. La liturgia católica moderna en lengua vernácula es tan fea como el Libro Anglicano Alternativo de Celebraciones. Los cantos son deplorables, y se cantan deplorablemente. Casi todas las iglesias de Inglaterra son de mediocre factura y están pobremente decoradas. Durante el último año y medio he asistido a decenas de misas y sólo en dos ocasiones (…) me han proporcionado algún placer estético.

Esta fealdad no puede ser buena en sí misma, y ahora que me he hecho católico, estoy seguro de que la lamentaré; pero al menos esto ha hecho posible que, en vez de exclamar: “¿No es maravilloso esto?”, me preguntase: “¿Es esto verdadero?”.

(…) Parecía claro que hacerse católico no era una cuestión de decidir si uno estaba de acuerdo con una serie de proposiciones. La pregunta clave que había que hacer no era: “¿Qué dice la Iglesia católica sobre x e y?, sino: “¿Es la Iglesia lo que dice ser?”. Si uno pudiera aceptar que es la verdadera Iglesia, todo lo demás vendría solo. Algunas doctrinas -la condena del aborto, por ejemplo- me atraían. Otras no. La mayor parte de la doctrina católica sobre la Virgen María me parecía más bien lejana, y todavía no he comprendido bien, aunque me la han explicado, la importancia central de la devoción mariana.

Pero ninguna doctrina es imposible en sí misma (después de todo, ¿qué es más difícil que la idea de la Resurrección, común a todos los cristianos?) si se admite que la Iglesia tiene autoridad para enseñarla. El Papado es el instrumento necesario y la expresión histórica de esa autoridad. Sobre esa base lo acepto, con respeto, pero sin fervor. No estoy obligado a creer que los Papas, en cuanto individuos, tienen siempre razón, ni siquiera que son buenos. No me siento muy “papista” ni muy “romano”, y no tengo necesidad de dejar de ser inglés. Basta -y no es poco- ser dócilmente católico.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares